Mas allá de una explosión en el Hotel Saratoga

Por Javier Herrera

HAVANA TIMES – El viernes 6 de mayo del 2022, alrededor de las 11:00 am quedaba destruido uno de los hoteles más emblemáticos y céntricos de la capital cubana: el hotel Saratoga.

El hotel Saratoga nació en la década de los 70 del siglo XIX, fundado por el acaudalado

propietario habanero y natural de Santander, Gregorio Palacios. La edificación fue concebida para albergar en su planta baja almacenes de tabaco, tiendas y los zaguanes de acceso a las cuatro viviendas ubicadas en el 2do piso. En el 3er piso se ubicaría el hotel propiamente dicho, con 43 habitaciones y un comedor.

Localizado en sus inicios en la calle Monte, en 1933 fue trasladado a su sede actual, en la calle Prado, o Paseo de Martí, esquina a Dragones, teniendo su entrada principal por Prado, de frente a la representativa Fuente de la India o de la Noble Habana, y a unos escasos 60 metros del Capitolio Nacional.

Desde 1935 el Hotel Saratoga era incluido en las guiás turísticas como una de las principales atracciones de la Habana. En su marquesina se daba cita la sociedad habanera para deleite de todos y en ella se exhibían las principales orquestas nacionales, siendo de destacar que en estos predios tuvieron su inicio Las Anacaonas, primera orquesta musical cubana integrada exclusivamente por mujeres.

El hotel se mantuvo en constante funcionamiento, con cortos periodos de inactividad, hasta la década del 80 del siglo XX, fecha en que un incendio de moderadas proporciones y el deterioro de la edificación dictaron su cierre definitivo.

Luego de un intenso trabajo de remodelación, donde solo se mantuvo su fachada en el estado más parecido posible al original, el hotel reabrió sus puertas al turismo internacional en el 2005. El céntrico y flamante hotel contó en esta ocasión con 96 habitaciones, tres bares, dos restaurantes, piscina, centro de negocios y demás comodidades.

Con una fachada eminentemente representante de la época colonial y con una arquitectura ecléctica repleta de hermosos mármoles cubanos y carpintería francesa, el hotel alcanzó la 5ta categoría. Por sus lujosas y caras instalaciones desfilaron, en los últimos años celebridades de la talla de Madonna, Bellonce y hasta un jeque árabe con séquito incluido.

Transcurría plácidamente la mañana del viernes 6 de mayo y el trabajo no se detenía en el interior del hotel, alistándose para su reapertura el día 15 del mismo mes, luego de dos años sin funcionar por cuenta de la pandemia de Covid que detuvo al mundo.

El reloj marcaba las 10.56 am cuando una explosión estremeció gran parte de La Habana. El epicentro de la deflagración se ubicó en el 2do piso del Saratoga, y se sintieron sus efectos a más de un kilómetro de distancia, rompiendo vidrieras y ventanas incluso a más de 250 metros.

Una nube de polvo envolvió todas las calles aledañas. Gritos, pavor y miedo se adueñaron del transeúnte. Las primeras acciones de rescate fueron emprendidas por vecinos, que a despecho de sus vidas y en medio de la nube de polvo brindaron sus manos solidarias para rescatar heridos sin más medios que su valor personal. Ejemplo de ello son Adrian Salazar Peña y Oscarito Rodrígues (el fígaro), teniendo este último que, sin potestad alguna, orientar y organizar a los policías que llegaban a la escena.

En un principio los policías, provenientes de una estación distante solo 70 metros, fueron incapaces de entender lo que sucedía y por lo mismo de emprender acciones de rescate de afectados o contención del público. Los bomberos más cercanos, distante su cuartel apenas 250 metros del siniestro, aparecieron en escena pasados 20 minutos del desastre.

El hotel quedó destruido casi en su totalidad y de su añeja fachada apenas sobrevivió nada. La escuela vecina fue dañada severamente. El emblemático teatro Martí, a escasos 50 metros, perdió su bello enrejado, así como puertas y otras instalaciones de su exterior. La manzana donde se ubica el hotel resultó gravemente dañada, siendo demolido por la explosión el edificio colindante por la calle Prado. Por la calle Dragones, la vivienda aledaña resultó totalmente destruida y sepultada bajo los escombros. La iglesia bautista El Calvario, ubicada en la misma calle Dragones, sufrió grandes daños en su estructura, con derrumbes en varias de sus instalaciones como el auditorium.

Los edificios de la calle del fondo no corrieron mejor suerte y resultaron muy dañados por la fuerte explosión, al punto que uno de ellos fue demolido totalmente y el otro parcialmente, por el peligro que representaban.

Con millones de pesos perdidos por la economía nacional, familias desplazadas a la fuerza, destrucción de patrimonio, 22 heridos y la nada despreciable cifra de 47 muertes, fue saldada la mayor explosión ocurrida en La Habana después de la del vapor La Coubre.

Apenas dos horas después del desastre se personó en el lugar el Señor Miguel Diaz Canel Bermúdez, Presidente de la República de Cuba, y cual perito avezado dictaminó que la causa de la explosión había sido un accidente mientras se trasegaba gas para el tanque de reserva del hotel. De más esta decir que las palabras de Miguel Diaz Canel se convirtieron en la versión oficial y perdura hasta el día de hoy.

Muchas preguntas sin respuestas

A cuatro meses del desastre quedan muchas preguntas por responder, preguntas que se hacen los afectados y otros ciudadanos preocupados por la verdad:

¿Cómo podía saberse la causa de la explosión apenas dos horas después de la explosión, cuando aún los equipos de rescate no habían ingresado al recinto, y ni siquiera habían comenzado las labores de rescate?

¿Por qué tanta premura en cerrar el caso?

¿Alguna vez se emitirá un dictamen técnico, avalado por peritos expertos, sobre las causas de la explosión?

Si realmente fue una explosión de gas, ¿cuáles fueron las causas del accidente, y qué medidas se han tomado para que no se repita?

¿Es posible una explosión de gas de tamaña magnitud, sin llama, hollín u olor a gas?

¿Si no fue gas lo que produjo el desastre, cuál fue el origen de la debacle y quién o quiénes los responsables?

¿Qué será de la suerte de los damnificados, habitantes hoy de un hotel en las afuera de la ciudad?

¿Serán indemnizadas las familias de los fallecidos en el siniestro y los afectados que hoy ven sus vidas desarraigadas de su comunidad?

¿Acaso hay más de lo que se ha hecho público?

Estas y muchas interrogantes corroen hoy los pensamientos de damnificados y vecinos. Ante el silencio oficial no queda otra opción que darse uno mismo las respuestas. Vecinos que declaran haber sentido olor a pólvora o explosivo, dudan de la versión oficial y crean o repiten teorías que, a falta de pruebas, pueden ser tildadas de conspiratorias.

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