Los cubanos prefieren las viviendas de ‘construcción capitalista’,

y los dirigentes solo aceptan vivir en ellas

Panadería y edificios ‘socialistas’ en Alamar, La Habana. Foto: Diario de Cuba

Es inaudita la cantidad de reparaciones que necesitan los apartamentos que hace la Revolución…

Por Diario de Cuba

HAVANA TIMES – Cuando un cubano común quiere vender o permutar su casa, para valorizar la propiedad, en caso de que pueda, especifica que es “de construcción capitalista”. Probablemente Cuba sea el único lugar del mundo donde las construcciones con más de 62 años de antigüedad son preferidas a las de nueva terminación. Se da por sentado que esas antiguallas siguen siendo mejor que cualquier vivienda que haya hecho el Ministerio de la Construcción (MICONS) de Fidel Castro.

No es que tras enero de 1959 los arquitectos y albañiles cubanos hayan olvidado súbitamente cómo levantar un edificio en condiciones, sino que el sistema monopólico-estatal castrista, que todo lo acaparó, tampoco en esto puede más que ofrecer un producto terminado de pésima calidad a un costo astronómico.

La estandarización de los materiales llevó a la estandarización de las construcciones, la racionalidad y el realismo socialista trasplantados desde la URSS erigieron apabullantes, laberínticos y deprimentes barrios que son cuarterías verticales de sádicos diseños, como Alamar o Mulgoba, donde, alejados de todo servicio básico y mal comunicados con el resto de la ciudad, solo habitan los que no han podido escapar aún.

La indiscutible anticalidad de los “logros del MICONS” está a la vista de todos, sin embargo, el precio de fabricar tanta bazofia —que en algún momento habrá que demoler— jamás lo sabremos; en Cuba las cuentas públicas son secretas. Pero el obvio coste ha sido que desde que Castro monopolizó todo lo relacionado con la construcción, se han edificado muy pocas cosas mínimamente interesantes o con una calidad cercana a lo que hacían “los malos” antes del triunfo de la Revolución.

El MICONS es uno de esos ministerios —como los de Agricultura o Cultura— que existen exclusivamente para controlar y entorpecer el libre desarrollo de la sociedad. Su actual titular, René Mesa Villafaña, compareció recientemente en televisión para explicar las estrategias del organismo para “no” encarecer en demasía los precios de los materiales de construcción tras el inicio de la Tarea Ordenamiento.

Reconoció Mesa Villafaña que las autoridades están reduciendo personal “indirecto” y haciendo un “redimensionamiento de las estructuras empresariales” —eso que el castrismo llama “neoliberalismo” cuando lo hacen otros—, reajustes que están sucediendo en todo el sector estatal de la economía, aunque el Gobierno se limite a dar los datos de las personas que contrata, sin decir nada de las que despide, o de los muchos cuentapropistas y cooperativistas a los que les ha cancelado contratos.

Además, se va a “reorganizar la vinculación de las tiendas de materiales a los centros productivos para, siempre que sea posible, disminuir las distancias de tiro de la transportación”, según palabras de Mesa Villafaña, quien dice que así están “buscando tener lo más cerca posible las tiendas de los centros productivos y suministrar esas y disminuir en costes del transporte”.

Se esperaría que un ministro cubano de la Construcción supiera que lo que sus fábricas producen no tiene como destino las tiendas, sino que su fin estará allí dondequiera que estén las obras que, efectivamente, van a usar esos materiales. Ahora cada una de ellas tendrá que contratar un transporte para ir a buscar los materiales a las tiendas más cercanas al productor, pero más lejanas del cliente final.

¿Comprenderá el ministro que todo lo que el MICONS ahorre en transportación de materiales lo tendrán que gastar la población u otras instituciones transportando esos materiales hasta su destino final, y que, por lo tanto, no hay tal ahorro y sí un probable aumento del gasto de combustibles? ¿Lo comprenderá Díaz-Canel?

La mentalidad burocrática es congénita al castrismo y, aunque permite que este exista, impide que avance, es una contradicción irresoluble dentro de todo totalitarismo.

Aun con todas las “geniales” estrategias antiinflacionarias del ministro, como las tiendas estatales cubanas están vacías, en el mercado negro un saco de cemento gris, si se encuentra, no baja de 1.200 pesos, una cabilla supera los 800 pesos y una puerta de madera con su marco y cerradura de seguridad alcanza 17.500 pesos. Una puerta vale tres meses de trabajo de un cirujano.

Y es inaudita la cantidad de reparaciones que necesitan los apartamentos que hace la Revolución. Son nuevos, sí, pero desde que el “afortunado” propietario pone un pie en ellos debe comenzar a repararlos, son árbol que nace torcido.

Pero, aunque los burócratas comunistas de alto rango puedan ser tildados de obtusos, nadie podrá dudar jamás de su buen corazón… Son tan bondadosos que se sacrifican y viven en barrios burgueses como Siboney, Atabey, Kholy o Miramar. Ninguno vive en un edificio construido por el MICONS. Esos, con todo su amor, los dejan para el pueblo.

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