Las manos mágicas de Pía

Fotos y texto: Pedro Manuel González Reinoso

Pia
Pia

HAVANA TIMES — Se llama Esperanza Conde, pero todo el mundo la conoce por Pía. Nació en Seibabo (Yaguajay/Santi Spíritus), pero hace mucho que se mudó al distrito de Yagüey y luego a Dolores (Caibarién/Villa Clara), donde ha crecido una familia de 2 hijos y un esposo que, en conjunto, cultivan, además de la amistad y el arte, la tierra. Ronda esta guajira los 50 años.

A Pía la sedujeron los colores naturales que nos circundan, cuando se dio cuenta que podía usarlos. Observó detenida –antes de decidirse– el polen, la polvareda, algunas flores y frutas secas, el barro, ciertos peciolos que al hidratarse destilaban tonos, y el carbón vegetal que dejaba rastros alucinantes a la vera del camino desteñido por donde solía pasar, en especial, cuando los restregaba sobre insólitas superficies o los exponía al sol, el viento, la lluvia, y se ofrecían a la vista en bárbaros matices.

Un día cualquiera, hace más o menos una década, el hijo menor regresó de la escuelita y contó a todos en casa que había visto ¡un ángel colgado del tabique del aula! Ella, creyéndolo aparición divina y no una imagen religiosa tal cual era, le respondió que sabría hacerle mejor cosa parecida. Y oronda, en su papel de propietaria de gran descubrimiento, dispuso manos a la obra.

Asniel, que así se llama quien desde entonces se burla sonoramente de su madre, apodándola como “Kacho”, soltó unas carcajadas que se apagaron tan pronto la progenitora se dispuso a horcajadas sobre el piso, para intentar garabatearle –en un papel–  su versión personal de aquel angelote, y así acallarlo, pero sin revelar la dote a nadie.

obras-2Lo que resultó fue un soberano reguero de colorines –un “atollo” como nombra a sus atestadas impresiones plásticas–, dentro del cual podía apreciarse rostro difuso, pegajoso, pero templado de una inusual mezcla de todas las razas. A partir de ahí, durante cada día de este mundo  –es decir: cada noche, porque tiene la pulsión de hacerlo cuando los demás duermen– sobre materiales regalados, que varían desde una sábana vieja, ripios de cortinas, la propia pared o un pedazo de cartón, y con pinturas que se inventa siempre con lo que raspe, arañe, raye, cubra, tiña, motee, manche o tizne, esta persona medio analfabeta que poco ha salido de casa y mucho se ha escabullido de todos los espacios para refugiar la timidez dentro del rancho, se vuelca a desfogar lo que le ordenen sus dedos, en insólita abstracción creativa, improvisando un atollo por día, el que jamás retoca. (O por noche, que hay que recalcar el desafío perenne del insomnio).

Los mejunjes/emplastos que prepara para esas lides, noctámbulas de antemano, los denomina: mis “chapapoticos”, y pueden contener tales mixturas variedad de químicos, óleos, pigmentos machucados (hasta de cocina), crayolas derretidas, tintas de imprenta, minas de lápices rotos, fangos, cales y temperas. Por supuesto que también montañas de cenizas de los cigarros que fuma, uno tras otro, y que espolvorea –queriendo o no– encima de la obra interminada, como para darle pátina de falsa antigüedad.

En el evento plástico la acompañan los grillos y el silencio, titilando apenas un quinqué (cuando no hay luz) o el pálido bombillo amortiguado de la sala, para no molestar a los que duermen. Ella, bajo los efectos alucinantes de un carajal de cafeína, levita de felicidad. Y así está: a una obra por día, digo, por noche. A veces, cuando concluye, alta ya la madrugada, le es difícil recuperar el ausente sueño. A las 7 se irá sin falta a los verdes campos.

En casi cada una de estas alucinaciones hay una matriz que se repite: el cuerpo humano estilizado, elastizado, flexible. Y los rostros duros, de mirada pétrea. No abundan las sonrisas entre esta gente retratada por Pía. Prefiere acaso las solemnidades de la cavilación al entusiasmo pueril. Y como empeño mayor que impera, los dedos, de manos alargadas y sinuosas, tentaculares, húmedos. Esos que marcan el ímpetu laborioso con que emprende cada faena siempre.

obras-6En una ocasión, durante la cosecha del tomate, tropezó en la guardarraya con una raíz negra de árbol fulminado por un rayo, y, creyendo adivinar un rostro en esa corteza, se obsesionó con tallarlo. Soltó la canasta donde recolectaba, desoyó a la familia que la increpaba, apresuró machetes y cuchillos para desbastar –sin saber que existían en el universo artefactos dables como gubias/lijas/sacabocados, etc.–, y terminó sorprendiéndose de lo bien que le quedó (rústicamente hablando) aquello que bautizó como “su primer santico”. Y para atenuar la deserción hecha en plena zafra a los parientes enojados, bendijo con él a la tomatera, frente al posible arrastre de las próximas crecidas. Desde ese momento descendieron los niveles de las burlas, no así el de las aguas, porque nunca la tomaron –desde lo alto o lo bajito– demasiado en serio.

Es que la Pía no solo dibuja, talla o labra sus entornos y apariciones con ese embrujo inefable que es ya vox populi allende el poblado, donde barruntan o ensalzan sus misterios, sino que además “sana”: a los vecinos del territorio y de más allá, preguntando a sus santos humanoides. Con esas destrezas dispuestas para las pinturas, las gestiones domésticas, empleadas también en el toma-daca diario, y las maniobras muchas, signadas van sobre todo –sin obstar el desgaste natural de los años de empleo o la nula retribución– a hacer el bien común. Sin distingos.

Cuando escuché que hacían colas a la puerta del bohío los enfermos que venían –como fuera– para ser consultados por Pía “Somatón”, mi desconcierto creció. Porque ya me había probado sin saberlo del carisma creador y el don-regalón que la excedían.

Existe el testimonio vivo, de muchos con los que hablé, de gente consultada que Pía remitió corriendo al médico con un diagnóstico certero y oportuno. Lo más curioso es que sin haber terminado la Enseñanza Primaria, esta mujer pueda escribir correctamente, con ojos cerrados, lo que le deletrean al oído en su cuartico-consultorio, palabras tan ignotas u omniscientes como “mieloma múltiple” o “sarcoma”.

obras-16Despejar –si la farmacia anda pelada de curaciones o ha fallado un preparado– una persistente cefalea migrañosa, con suave oscilación de la mano, es tarea frecuente, y quien titubee con un empacho o tenga animales por desparasitar, se queda de una pieza ante el resultado. Eso, sin verla aliviar dolores terminales usando el masaje a mano pelada, porque ya atestiguan allí cualquier otra sorpresa que provenga esos miembros milagrosos.

La mamá es su primera y más devota seguidora. Padece de neuralgias. Frente a frente, cuando ni a regañadientes quiere revelarle su “gracia” por testaruda, la pone a gravitar, haciendo girar a la anciana sobre sus pies que casi despegan del suelo, toca su frente y cae en trance. Más tarde despertará sosegada, urdiendo designios cuestionadores con la mirada.

Publicar estas experiencias debe suscitar lógicas dudas entre incrédulos, es decir: devenir sorna de la mayoría que también integro por ser un desconfiado/agnóstico o creerlo quizá suerte de promoción que no necesita esta artista/sanadora, a quien en verdad nada le es demasiado importante: ni cobra por consultas y ofrece absolutamente todo lo que posee, de manera que no se justifican las suspicacias. No le va ni le sienta, siendo ya reconocida por tales mañas, exhibir en parte alguna del mundo sus invaluadas[1] creaciones plásticas ni la fama de humanista consagrada por naturaleza al prójimo. Como bien repite ella: “Me importa un pito”.

Cuando ha tenido cuadros en cantidades asfixiantes dentro del cuartico y no queda nadie a quien donar, los ha reducido –cantando– a colorido fuego. Por falta de espacio, explica. Total, al par de semanas ya tiene nuevo lote amontonado, la paredes repintadas con cenefas y murales de a pulgada de espesor, el refrigerador, los muebles (incluidos los sanitarios), todo consecuencia de esa diaria e imparable manifestación que en breve también combustionará.

obras-22La Galería Provincial villaclareña inauguró el pasado año –en su sala Pedro Osés dedicada a los ingenuos/brutos/no-académicos/auténticos pintores populares – una breve e iniciática exposición de algunas obras salvadas de las llamas por gente cercana a Pía, intermediando amigos/promotores culturales y el conocimiento de primera mano.

Estuvo expuesta durante un mes y fue posible gracias al empeño del especialista Danilo Vega, entusiasmado por el desvelamiento social de ser tan generoso, quien alertado por la quema periódica a la que somete su bagaje nuestra admirada, se desperezó y pudo rescatar milagrosamente de la pira lo curable para su muestra. Sucesos que a ambos colmarían de gusto y que enaltecerían a Samuel Feijoó y José Seoane Gallo, folcloristas-recetólogos, compiladores consumados.

También, con ganas de iluminar –a los que aún tanteamos en penumbras un significado útil para nuestras vidas opacas–, se nos invita a apreciar, a través de la imagen ordinaria y tierna, símbolo de lesa humanidad, a esta persona singularísima e incomparable que es Esperanza Conde,  quiero decir, Pía.

***

en-su-bohio-gente-a-consulta-6[1] El importe de unas manos talladas que fueron vendidas por una parienta suya que reside en Austria, y por las que recibió 600 euros de un coleccionista, fueron convertidas en casucha emergente, la que luego regaló a persona enferma quien osó elogiarla. Arte y espacio vitales (palabras prohibidas en el claustro habitacional, porque no puede Pía dejar de entregar en el acto lo que le celebren, por razones místicas) son interdependencias supra vivenciales. No fue la vez primera que se quedó en la calle con su familia, sin techo siquiera donde pernoctar, también hubo renunciado antes a todas las pertenencias terrenales que –dice indiferente– le regaló el cielo. Y se quedó desnuda en medio del campo.

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3 thoughts on “Las manos mágicas de Pía

  • Tremendo el talento natural de Pia!, Kcho va a tener que llegarse por Caibarien a ver si aprende un poco con ella. Muchas gracias, el artículo lo disfruté.

  • Este buenísimo artículo, por ejemplo, me gustaría compartirlo en página de Facebook, pero no hay enlace.

    Muchas gracias!!!!!!

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