Alexander Londres

Carnicería El Rápido.  Foto: Juan Suárez

HAVANA TIMES — Mucho se ha hablado últimamente de la lucha en Cuba. De esa que no está relacionada con el deporte ni con asuntos políticos o militares. Al respecto, no son pocos los que –sin ser científicos ni especialistas- teorizan y opinan; analizan con peculiar sentido de la crítica, las diversas aristas de uno de los fenómenos más llevados y traídos en el entramado social de la Isla.

Entre las numerosas acepciones callejeras asociadas al término lucha, -que según el DRAE es un “esfuerzo que se hace para resistir una fuerza hostil o a una tentación, para subsistir o para alcanzar algún objetivo”- destacan en la cultura popular las que confluyen haciendo referencia al trabajo autogestionado, realizado al margen de la legalidad, generalmente con ánimo de lucro, y en determinados casos a expensas de una mediación institucional.

Está de más decir que la lucha, fruta ¿podrida? del árbol del comercio y resignificada en el cubaneo a través del devenir de generaciones, no es una manifestación nueva, sino lo contrario, cuajada e instituida en la idiosincrasia nacional desde quién-recuerda-cuándo.

Tan profundo arraigo llega a tener su particular significación cubanizada, que ante el típico saludo de ¿cómo estás? a menudo unos cuantos solemos responder: Ahí, ya tú sabes, en la luchita, como alusión semántica de consabida resistencia a las dificultades diarias.

Y si hay lucha, hay luchadores. Hombres y mujeres entregados por igual a las diversas expresiones de ese fenómeno social en Cuba.

Vendiendo lo que aparezca

Una tienda clandestina de ropa usada. Foto: Raquel Pérez Díaz

Principalmente los espacios urbanos son los escenarios de operación de varios tipos de luchadores -¿debería decir emprendedores?-, cuya figura más reconocida es, indudablemente, la que se relaciona con el trasiego (venta y reventa) de mercancía de diversa índole.

A algunos de esos mercachifles, los vendedores de productos importados, se los puede encontrar apostados estratégicamente en aceras y esquinas de las zonas más concurridas, escondidos a plena luz, hasta que, al paso de algún peatón con pintas de cliente potencial, espetan su pregón susurrado:

Tengo jeans, shorts, pulóveres, camisas, calzoncillos… buena ropa…  zapatos de marca… relojes… todo fashion y a buen precio.

Una especie de asedio pro ventas que, si bien puede resultar abrumador para quien no busca nada, puede ser una valiosa opción para los que sí procuran algo diferente a lo que se oferta en las tiendas recaudadoras de divisas(TRD).

La presencia de esos personajes públicos se hizo más notable desde la puesta en vigor en 2013 de la prohibición a particulares, de vender ropa y calzado importado en las conocidas “perchas”, vitrinas o tendederas de exhibición al aire libre, colocadas en los portales o el interior de ciertas casas con locación privilegiada.

A partir de ahí, digamos que, como nueva alternativa para la continuidad del negocio, esos “gestores de venta” autodidactas -los mismos que proponen o que por momentos casi obligan a comprar los productos a los transeúntes en la calle- empezaron a hacer de las suyas por detrás del telón, asociados a aquellas casas de venta que sobrevivieron a las prohibiciones y que, casi 4 años más allá de la legislación, florecen como pequeñas distribuidoras de ropa, calzado y otros artículos de los que pueden importarse al país.

Calle Consulado.  Foto: Juan Suárez

En su mayoría jóvenes y con fresca lozanía, cuando el caminante penetra en su radio de acción, puede también escucharlos ofrecer: celulares, cargadores, baterías, audífonos… covers y micros… buena marca y mejor precio…

“Lo que busques, lo encuentras con ellos, porque tienen de todo, para todos los gustos y todos los bolsillos, mientras que en establecimientos estatales la provisión de productos es bastante escasa -dice Aymara Naranjo, joven arquitecta-. Una vez más que otra yo les he comprado a ellos, pero la verdad es que a veces te asedian tanto, que se vuelve realmente molesto”.

Sería muy pretensioso hablar de cifras exactas, pero ciertamente son muchos los que como Aymara, diariamente entablan -o alguna vez lo han hecho- relaciones comerciales con esos individuos para adquirir lo que desean. Una evidencia cotidianamente palpable, de algunos derroteros y especificidades de “la lucha”.

Y la lucha continúa

Hay muchas otras y diversas maneras de “luchar” en este país. Entre ellas la de los jubilados, adultos mayores que subsisten de la venta al menudeo de periódicos, cigarros, fósforos, cucuruchos de maní, rositas de maíz, y de otros enseres menores.

Pero, aunque algunas de las más populares formas de “lucha” casi se equiparan al trabajo por cuenta propia, los “luchadores” más tristemente célebres son trabajadores de cuello blanco o azul, que se desempeñan en el sector estatal. Los que “matan la vaca” y los que “le amarran las patas”. Entiéndase los que se ensucian las manos y los que, sin pararse de detrás del buró, reciben gruesos beneficios monetarios.

Asumen roles protagónicos en los escenarios sociales cubanos. Personajes archiconocidos que forman parte de una lista bien extensa. Son sus nombres los que resuenan cuando hay un “explote”, o sea, cada vez que las inspecciones y el trabajo de los auditores se hace como se debe, sin perderse en alguna parte del proceso.

Bodega. Foto: Juan Suárez

El bodeguero, que altera la balanza medidora siempre a su favor, sabiendo que grano a grano se llena el saco; el almacenero que desvía los productos para dar vida al mercado negro y, de paso, nutrir sus bolsillos; el constructor que de puñado en puñado desaparece los materiales de una obra activa para sacarles provecho; los funcionarios públicos que, pago mediante, resuelven trámites y acortan el tiempo de duración de procesos burocráticos, consiguen pasajes -a la Luna si es preciso- y turnos médicos sin espera.

Asimismo, gerentes, administradores, carniceros, trabajadores de servicio en centros asistenciales, dependientes de la red gastronómica, choferes de ómnibus…todos ellos se auto-reconocen como luchadores.

A pesar de las críticas adversas, de lo desdeñables que suelen lucir ante gran parte de la opinión pública, esas figuras, cada vez más comunes en nuestra contemporaneidad, permanecen afianzadas en su “lucha”, sacando provecho de lo que tengan a su alcance.

Onel Balart, “luchador” asegura que “la lucha es algo que va mucho más allá de lo que se piensa. Desde que se cayó el campo socialista, el cubano ha empezado a modificar su pensamiento y ha tenido que modificar su sistema de vida, la situación económica y social lo ha obligado. La lucha es una carrera más de la vida; hasta los supuestamente más acomodados tienen que luchar, ir con la jaba en el bolsillo. Del 90 en adelante, la juventud ya viene con eso en su mente. En la escuela enseñan Matemáticas, Español y Física, pero también se aprende a luchar. No hay cubano sobre esta Tierra que no haya tenido que hacerlo.

Ancianos en la luchita. Foto: Juan Suárez

Dado que en el mundo del criterio hay tantas tendencias como realidades, tal cual sucede en cualquier ámbito, están los que los aplauden y los que los rechazan. Ese es el caso de Boris Tornés, trabajador del sector turístico, quien refiere que para él “la palabra lucha es un eufemismo que en el gran saco epistemológico sustituye a la de robo; es decir, que la han torcido tanto para no decirle abiertamente ladrones descarados a esos individuos”.

Para Edilberto Juárez, profesional de la Cultura, esta tipología de lucha “es parte del deterioro ético y moral de la sociedad. Vemos y aceptamos impasiblemente cómo los recursos que se asignan a empresas e instituciones se pierden, son robados en ese puente entre sociedad y Estado que es el aparato de dirección de la entidad -los factores-, a quien la sociedad legitima y aplaude sus fechorías porque son luchadores”.

Siendo así entonces, ¿quién le podría poner el cascabel a semejante gato? ¿Cómo sería posible frenar el desarrollo y la permanencia en el tiempo de un fenómeno que, concepciones éticas aparte, se erige como alternativa de sobrevivencia y que, mucho más allá de un modus operandi, ha llegado a establecerse como un modus vivendi?

Mientras en el panorama cubano sigan influyendo factores como la necesidad, la precariedad y la escasez, va a ser muy difícil voltear la moneda.

9 thoughts on “La lucha o el pan nuestro de cada día

  • La diferencia es que en Cuba, aún teniendo trabajo, tampoco comes.

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