¿Había dinero o no?

El presidente Díaz Canel visitó el barrio La Guinera días después de las protestas masivas. Foto: granma.cu

Por Ronal Quiñones

HAVANA TIMES – Uno de los efectos de las protestas masivas del pasado 11 de julio y otras que esporádica y aisladamente se han repetido desde entonces en diferentes puntos de Cuba, es la desenfrenada carrera de la máxima dirección del país por intentar satisfacer añejas demandas.

Por supuesto que esto es loable, y uno de los objetivos que siempre se buscan cuando existe una manifestación, aunque en este caso la principal exigencia nunca se va a cumplir bajo este régimen.

Las máximas autoridades nacionales han estado en los últimos dos meses visitando lugares álgidos, de esos que han preferido mirar de soslayo por décadas, y desde donde nacieron precisamente varios focos especialmente violentos del 11 de julio.

En La Habana el caso más evidente es el del barrio de La Güinera, marginal de toda la vida, y de donde procedía el único fallecido oficialmente reconocido a raíz de las protestas.

Siempre ha sido un barrio marginal, donde viven personas muy humildes, otras procedentes del interior del país, todos en condiciones bastante lamentables, sobre todo desde el punto de vista de vivienda, con núcleos familiares numerosos conviviendo bajo el mismo techo, y casi nula privacidad, tanto dentro de las propias casas como en las cuadras.

Gente por lo general de bajo nivel cultural y estridente en su comportamiento, pero muy trabajadora y dispuesta a echar para adelante, como se dice en buen cubano, sin pedir mucho a cambio.

Ese tipo de personas fue el motor impulsor de las manifestaciones en esa zona, y a ellos han acudido por fin los decisores.

Claro, cuando visitan la zona se aseguran que quienes vayan a su encuentro sean los militantes del Partido y otros “revolucionarios”, que, igualmente, seguro muchos de ellos salieron a las calles hace dos meses, pero son propensos al diálogo y son más proclives a dejarse convencer.

Ahí, y en otros puntos similares en Las Tunas, Camagüey o Santiago de Cuba, por solo mencionar algunas provincias, han aparecido en las últimas semanas, ya sea el presidente Miguel Díaz-Canel, el vicepresidente Manuel Marrero o el responsable ideológico del Comité Central, el exministro de Salud, Roberto Morales.

Han llegado de la mano de inversiones solicitadas por décadas en cada Asamblea de rendición de cuentas de los delegados locales, y respondidas siempre de la misma manera: el país no tiene recursos para asumirlas.

Sin embargo, por obra y gracia de la Divina Providencia, ahora sí hay recursos para acometerlas, precisamente cuando más se ha arreciado el bloqueo de Estados Unidos, el salvavidas eterno de la retórica oficialista.

Lo mismo pasó el año pasado con la reforma salarial. Miles de cubanos se retiraron, y algunos murieron, esperando porque les subieran sus ingresos, y la respuesta siempre era que no se podía. No se sabe de dónde, de pronto sí había dinero para multiplicar por cinco todos los salarios estatales.

Esto es igual. Ahora sí hay cemento, ladrillo, cabilla y arena para darle una vivienda digna a muchas personas que llevan más de la mitad de sus vidas malviviendo en albergues con condiciones deplorables, y donde han nacido sus hijos.

De pronto, las no sé cuantas medidas tomadas por la Administración Trump para arreciar el cerco económico no impiden que se echen a andar las concreteras, aparezca el asfalto y cambie la imagen del barrio.

Entonces la pregunta es: ¿realmente no había dinero para hacer eso antes?, y es evidente que el dinero siempre ha estado ahí, porque en los últimos dos años es cuando menos ha aportado el pueblo al presupuesto del país, como consecuencia de la pandemia, al igual que en todo el mundo.

Sencillamente nunca fue prioridad esto. Para sostener privilegios de una elite (viajes al extranjero, hoteles de lujo, vacaciones en Varadero a precios irrisorios, etc) o para realizar actos multitudinarios (con el correspondiente costo en combustible y otros recursos) sí había presupuesto, pero si hay que invertir en transporte público o vivienda, entonces se sacan las cuentas a punta de lápiz y se acumulan las insatisfacciones.

Claro, pero en algún momento ese volcán estalla, como hizo el 11 de julio luego de comenzar sus erupciones el pasado año con la gente de San Isidro (cuya represión ha sido especialmente violenta) y el Ministerio de Cultura.

Mientras con estas acciones se intenta aplacar la lava, por otra parte, se dictan leyes que restringen aún más las casi nulas libertades cívicas de los cubanos, y eso va a dejar el volcán humeante, a la espera de un nuevo estallido.

El problema de fondo sigue ahí, porque el grito escuchado en toda Cuba 60 días atrás era mucho más profundo que una remesa, una casa o un módulo de alimentos.

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