EL caso Anya

María Matienzo Puerto

Cine El Megano, La Habana.  Foto: Caridad
Cine El Megano, La Habana. Foto: Caridad

“Yo me llamo Anya y no tengo otro interés que trabajar.  Mi historia es como la de tantas mujeres que hemos aprendido a sentir que lo esencial para vivir está entre las cuatro paredes de la casa.  Allí se encuentran los hijos y el marido. Para qué pedir más.

“Mi madre, mi abuela y mis tías vivieron así toda su vida y duraron unos cuantos años.  Eso me demuestra que ese sistema funciona.  Que puede ser que los maridos salieran de vez en cuando a verse con otras mujeres, ¿y qué?  Al final siempre regresan.

“La única que se atrevió a estudiar fue mi prima Olguita, y mírala como está no le dura un marido ni siquiera cinco minutos.  A todos les halla un montón de defectos y con eso de que quiere mantener su independencia, no ha tenido ni hijos.

“Siempre lo dije: lo que le espera a ella es la locura o la soledad.  Porque ¿qué hombre aguanta a una mujer así, con tantas leyes?  Al menos eso pensaba hasta hace unos años atrás, antes de que Alberto me dejara. Yo que nunca había trabajado, tuve que salir para la calle.

“Él se desentendió de nosotros.  Imagínate, con una jovencita por mujer tenía que dejarlo todo para poderla mantener.  Aunque Alberto siempre fue el que mejor comía, el que más dormía y el que se compraba las mejores ropas, porque como el trabajaba en la calle, tenía que estar presentable.

“El caso es que, no manda ni para sus hijos. Las veces que me lo encontré de casualidad y le reclamé, me decía en tono de burla, que fuera a un abogado.  Y así lo hice, pero me imagino que haya sido por gusto porque del dinero para los niños, nada.  Y como aquí no pasa lo que en las novelas que los maridos adúlteros siempre terminan manteniendo a la familia que abandonó, tuve que ponerme para las cosas.

“No me tiré para la carretera a ver que daban por mí, porque la vergüenza después iba a ser más grande, o porque con la barriga que tengo y los muslos llenos de celulitis me iban a pagar una miseria. Así que acepté un trabajito en la cocina de una fábrica.  Allí lo mismo fregaba que ayudaba al cocinero.  Además del salario, que a veces se montaba en trescientos pesos, me llevaba una cantina de comida y no tenía que pensar en qué iba a cocinar cuando llegara a la casa

“Todo iba de maravillas hasta que empezó la persecución.

“Tenía que tener noveno grado de escolaridad para fregar en ese lugar. Y lo intenté. Comencé la Facultad Obrero- Campesina (así es como le dicen en Cuba a la escuela para adultos) pero me di cuenta que era bruta y que no me interesaba estudiar.

“No por gusto dejé la escuela con trece años y me las ingenié para que nadie me obligara, hasta que apareció Alberto, nos cazamos y, entonces, ya era él quien no quería que estudiara.  Así que a mis treinta y cuatro me interesa muchísimo menos.

“A cada rato me avisan de un trabajo limpiando el piso en un banco o en una tienda y voy esperanzada, pensando que  las cosas pueden haber cambiado y que alguien inteligente se dio cuenta de que para limpiar no hace falta saber escribir. Por gusto. Siguen pidiendo el maldito nivel de escolaridad.

“Por eso sobrevivo vendiendo lo que me pongan en la mano: lo mismo dulces caseros o maní que ropa o zapatos.     ¿Qué tengo que esconderme de la policía porque lo que hago es ilegal? Es verdad. Pero mis hijos y yo no dejamos de comer, y mal que bien, no andamos desnudos.”

Maria Matienzo

Maria Matienzo Puerto: Una vez soñé que era una mariposa venida de África y descubrí que estaba viva desde hacía treinta años. A partir de entonces construí mi vida mientras dormía: nací en una ciudad mágica como La Habana, me dediqué al periodismo, escribí y edité libros para niños, me reuní en torno al arte con gente maravillosa, me enamoré de una mujer. Claro, hay puntos que coinciden con la realidad de la vigilia y es que prefiero el silencio de una lectura y la algarabía de una buena película.



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Cabo San Lucas, Baja California, México. Por Ray McCloud Hensley (EUA). Cámera: Google Pixel

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