Yunior Smith: apuntes sobre un mea culpa fallido

Yunior Smith en el noticiero estelar de Cuba.

Por Dario Alejandro Alemán (El Estornudo)

HAVANA TIMES – Yunior Smith no escribió un mea culpa, o no el que muchos han querido ver. En su último post, extenso y al límite del melodrama, no aceptó responsabilidad alguna ni, por tanto, la existencia de agraviados. Las diatribas contra el opositor José Daniel Ferrer y el apoyo a la violencia policial ejercida contra los manifestantes del 11-J gravitan sobre sus palabras, pero no terminan de aterrizar; son elipsis. A las puertas de Estados Unidos, cerca del fin de su “camino a la libertad”, Yunior Smith ofrece excusas, no disculpas. En su historia, parece decir, no hay más víctima que él.

La única falta reconocida abiertamente por el ex locutor del Sistema Informativo de la Televisión Cubana resulta ser también su justificación. Sin embargo, ningún “error” se absuelve a sí mismo. Esta contradicción responde a la falta de sentido de su alegato, que solo sigue, al final, la lógica de un cliché: el del “convencido y romántico del sistema”, el de la “vista nublada” que descubrió tardíamente las gafas.

Si algo decepciona de Yunior Smith, es la facilidad con que se aferra a este relato desgastado. Hasta hace unos pocos años, el ex locutor estudiaba en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, donde coincidió con muchos de los periodistas que poco después comenzaron a ser hostigados y violentados por la policía política cubana. Algunos de esos jóvenes, con los que se cruzó en un pasillo o compartió en espacios de la Universidad o conoció porque eran amigos de sus amigos, más tarde fueron detenidos, llevados a interrogatorios policiales, sitiados en sus casas y obligados a emigrar. Esos jóvenes fueron también los “cubanos indignos” contra los que él, de traje y corbata, arremetió en televisión nacional.

En su texto saca a la luz que es hermano de Kesell Rodríguez, opositor que fue encarcelado en 2016 y liberado tras realizar una huelga de hambre de 50 días. La revelación, inevitablemente, recuerda aquella escena final de la película Un hombre de éxito, cuando el arribista Javier Argüelles, en la madrugada del 1 de enero de 1959, retira de su despacho el retrato de Fulgencio Batista para colocar el de su hermano, mártir del Movimiento 26-7. Sin embargo, a diferencia de Argüelles, Yunior Smith no usa a su familiar de aval redentor, sino como justificación de su miedo.

Si atendemos a su confesión, Kesell Rodríguez, de manera ejemplarizante, le mostró qué puede sucederle a quien se opone a la dictadura. Y he aquí otra contradicción: ¿Yunior Smith actuó por convencimiento y fidelidad al régimen o por miedo? Por simple lógica, apostaría por la versión del miedo, a no ser, claro está, que realmente creyera que su hermano era un “lacayo del imperio” que bien merecía la cárcel.

Las parrafadas del otrora vocero de la dictadura dejan contradicciones en el aire y unas pocas preguntas: ¿De qué se arrepiente Yunior Smith? ¿Cuál es el verdadero sentido de su mea culpa?

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No creo que Yunior Smith deba ser linchado ni redimido. Es innecesario convertirlo en un caso modélico que sirva para medir hasta dónde puede llegar el rencor o la misericordia del llamado exilio. Lo que sí defiendo es la necesidad de comprenderlo, lo cual, de ninguna manera, significa justificarlo. Las razones del cambio discursivo del ex locutor bien podrían servirnos para entender mejor la Cuba de hoy y también a nosotros mismos.

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Volvamos: ¿De qué se arrepiente? ¿Cuál es el verdadero sentido de su mea culpa? Para responderlas, debemos partir de una realidad: Yunior Smith es el prototipo moral del cubano promedio, solo que cometió un pequeño error.

Yunior se sabe no muy distinto a la mayoría de los que, sintiéndose con la autoridad de funcionarios de migración, piden que le deporten, ni de quienes piden recibirlo con mimos porque es una víctima más de la dictadura. Sabe también que casi todos los que hoy viven fuera del país sobrevivieron alguna vez de la misma forma en que lo hacen quienes todavía están en Cuba: sin cuestionar, obedeciendo, pasando desapercibidos, haciendo silencio para “no buscarse problemas”. Lo único que lo diferencia es un pequeño error de cálculo, la única falta que en verdad acepta: haber querido destacar.

En la universidad era consciente de su potencial de locutor y por eso se esforzó para entrar al Sistema Informativo de la Televisión Cubana, quizás la plaza más codiciada y disputada entre los estudiantes de Periodismo. En el texto alude a esto varias veces, sobre todo cuando habla de su “deseo de ser diferente” y de cómo se esmeró en “ser de los mejores”.

En este punto, Yunior Smith recuerda al Julian Sorel de Stendhal, quien se dejó llevar por la ambición sin calcular los riesgos del ascenso para, llegado el momento de la caída, aferrarse a la idea de que en realidad siempre ha sido un rebelde movido por el deseo de señalar la podredumbre del sistema. De la misma forma en que Sorel, ahora orgulloso, se niega al indulto por su crimen, el locutor rechaza sentar cabeza en Miami para “hablar de régimen y dictadura”, así como el perdón o las acusaciones de los demás. Su deserción, quiere hacernos creer, es pura.

Moralmente, Yunior no es muy distinto de la mayoría de los cubanos, solo que su falta de principios, montada sobre su ambición, se hizo más visible. Juzgarlo sin tener en cuenta esto es seguir creyendo que Cuba es un país de millones de personas sin voluntad, completamente dominadas por una reducida cuadrilla de sátrapas que manda y se molesta en hacer el trabajo sucio. Y eso no es del todo cierto, aunque durmamos mejor pensando que sí. 

Deberíamos todos decirle: “Gracias, Yunior, por ponernos otra vez delante del espejo”

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Cabe preguntarse cómo una persona con ambiciones termina por abandonarlas, tomar un rumbo totalmente distinto y echar por la borda lo alcanzado. No tengo idea. Sin embargo, las ambiciones no suelen abandonarse: son cortadas. A veces basta ser práctico y advertir que hay una barrera infranqueable, un techo que otros te han colocado mucho más bajo de lo que esperabas, para rendirse.

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Yunior Smith no fue un represor en toda la regla, o no que sepamos. Quienes se incomoden con su presencia en Estados Unidos deberían pensar que los hay peores que él. Que existen, por ejemplo, quienes no prestaron su rostro y su voz al régimen, pero sí sus puños y sus pequeñas dosis de poder, quienes se cuidaron de esconder su identidad con nombres falsos y quienes solo se valieron de un susurro para destruir la vida de muchos. Hoy, tal vez, uno de esos sea el amable coterráneo que tenemos detrás en la fila del cajero del supermercado.

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¿Qué pasará con los Yunior Smith que queden en Cuba, con aquellos que no aprendieron a obedecer sin resaltar, una vez caiga el régimen?

Hay quienes fantasean con un ajuste de cuentas humillante. Otros, más medidos, con un Núremberg caribeño. Sin embargo, lo más probable es que ambos grupos se queden con las ganas y tengan que soportar cómo los entonces ex voceros del régimen cambian su pasado hasta convencerse a sí mismos de que no fueron cómplices de una dictadura o, en el peor de los casos, con total cinismo conviden a lanzar la primera piedra, sabiendo que casi todos son pecadores. Lo mejor, y lo más probable, es que hagan como Yunior Smith ahora y se aferren a la idea de que hay solo un puñado de culpables y que todos los demás somos víctimas.

Hace unos años pude conversar con una experimentada periodista latinoamericana, quien no se guardó los detalles que vivió en prisión cuando aún era joven y en su país gobernaba una dictadura sangrienta. Había leído sobre los miles de muertos y desaparecidos que pesaban sobre aquel régimen militar, pero ninguno de esos libros me impactó tanto como el testimonio de una sobreviviente. Le pregunté cómo era posible que, tras la caída de la dictadura, los agraviados no salieran a las calles a cobrar venganza, que ella misma no hubiese incendiado las casas de los viejos represores con ellos dentro. “Teníamos muy pocas opciones: el ajuste de cuentas y el caos o el resentimiento y el progreso”, me dijo. Hasta que dejé de verla tuve la sensación de que hablaba con el resentimiento de quien no consumó su deseada venganza ni alcanzó el progreso tal y como se lo prometieron.

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