Una experiencia desagradable al comenzar mi año en Cuba

Luis Rondón Paz

HAVANA TIMES — “¡Qué manera de comenzar el año!”, reflexionaba encerrado en casa minutos después de experimentar uno de los eventos más amargos de mi vida.

No hay palabras para describir lo desagradable que es tolerar un escándalo en la puerta de tu casa… En mi caso, estuve preparado para defenderme, pero por respeto a otra persona que estuvo presente no reaccioné. ¿O quizás fue porque sentí temor? No por mi vida, más bien por todos los proyectos que tengo planteados para mi futuro, no podía permitir que una persona desconocida fastidiara mi existencia…

En cierto modo, la presión de sus palabras amenazantes logró descontrolar mi estabilidad emocional. Porque no es fácil que una persona que se supone sea fiestera y chévere te salga con esa carta bajo la manga. Ahí me acorde de una canción rap de Los Aldeanos que dice que “la gente cambia de la noche a la mañana”.

No podía dormir, no lograba entender por qué esa persona se  proyectó hacia mí de esa manera, prohibiendo que me quejara de cualquier acción proveniente de su casa que atentara contra mi tranquilidad…

Por un momento pensé que estaba protagonizando una película donde hay mafiosos con el poder de hacer lo que les place pasando por encima de la ley. O peor, en uno de los barrios más agresivos del país –y mira que he visitado barrios de cero tolerancia, pero jamás me señalaron con el dedo. Hasta este día, supongo que para todo hay una primera vez. ¡Y qué primera vez!

Lo más traumático para mí era tener que acatar al pie de la letra lo que el agresor me gritaba:

– Te quedas callado mientras estoy en Cuba. ¡Cero tolerancia! No quiero saber de quejas por la música alta… Vecino, callado – advirtió el agresor –.  Cuida bien lo que vas a decir. ¡Qué te despingo…!

Si hay algo que no soy capaz de obedecer, son las órdenes que van en contra de los principios y valores que forman mi estilo de vida y posición política, en mi desempeño cotidiano como activista y promotor de derechos  humanos de las personas, donde quiera que estén…

“Ahora tengo que terminar de hacer los arreglos de mi casa con más celeridad y buscar una buena permuta que facilite salir de este infierno”, pensé.

La ansiedad comenzó a llenarme la cabeza de cosas sin sentido, pero no tan irracionales:

“El nivel de fatalidades por violencia ha crecido en el Municipio Boyeros, hace veinte días hubo una bronca cerca de mi casa donde hubo arma de fuego (tiroteos). Y se comenta que hace menos tiempo un muchacho murió desangrado en el policlínico, víctima de una puñalada en una pelea de vecinos. ¡No puedo permitir que eso me suceda a mí!”

Pero tampoco podía bajar la cabeza y permitir que una persona, con dos brazos y dos piernas igual que yo, se sienta con el derecho de privarme el derecho de quejarme por invadir y agredir mi espacio.

“No puedo seguirle el juego con violencia. No eres violento Luisito, tú te sabes defender, pero si algo te enseñaron es a no usar la violencia física. La ley está ahí para defenderte ante cualquier tipo de agresión, se civilizado…  ¿Y si la ley no funciona? ¿Y si después que haga la denuncia toman represalias?” las reflexiones eran constantemente afectadas por mi ego paranoico, no lograba lucidez.

Le conté a una amiga a través de un SMS lo que me atormentaba, incluso envié una copia por SMS a mi cuenta en Twitter denunciando el incidente. Algo aparentemente tonto, porque no tengo Internet en el celular, pero consideré importante hablar de lo que me estaba sucediendo en Cuba.

La amiga del mensaje me respondió al momento, sugirió cerrar bien la casa y por si acaso llamara a la policía.

Pensé hacerlo, aunque a esa hora de la mañana dudaba mucho que fuera a servir de algo.

Telefoneé al celular de mi hermano ya con un nivel de estrés acumulado bastante alto. Me sentía literalmente al borde del desequilibrio, por lo que traté por todos los medios de hacer terapia ocupacional, y así mantenerme lo más objetivo y calmado posible.

Cuando mi hermano finalmente atendió al teléfono y escuchó mi historia dijo que en cuanto amaneciera estaba en la casa conmigo para ir los dos juntos a la estación de policía a denunciar al sujeto.

–Eso es amenaza, él tiene que pagar por violar la ley, no tiene derecho de agredirte de esa forma – dijo.

Amaneció.

Apenas había podido dormir: temía por mi seguridad, temía que hiciera algo contra mi casa, porque vivimos pared con pared. Una situación incómoda para mí, muy incómoda…

Finalmente llegó mi hermano y nos dirigimos a la estación de policía donde haría la denuncia.

En el trámite estuvimos desde las nueve de la mañana hasta las doce, cuando terminé la primera parte del proceso…

Por suerte, en la estación estaba un amigo de la familia que nos reconoció enseguida y nos ayudó en todo el trámite legal, me hizo más llevadera aquella situación tan traumática en la que me encontraba. No era la primera vez que prestaba declaración por algún hecho delictivo, pero en este caso la víctima era yo y tuve que revivir aquel momento más de seis veces.

La última  fue cuando presentaron al susodicho frente a mí.

“Supongo que es un procedimiento básico, el careo entre la víctima y el agresor para detectar la gravedad del asunto y veracidad de la acusación”, pensé.

A pesar de lo afectado que me sentía, busqué en mi mente las herramientas que estaban a mi alcance para mantener la calma y conducir mis palabras de forma coherente. Aunque si todo se ponía más tenso y no me sentía en capacidad de expresarme correctamente, tenía una carta a mi favor:

El incidente estaba grabado. Tuve esa idea (muy genial) antes de enfrentar el sujeto agresor. Esta información fue escuchada por la persona tomó mi declaración y por un amigo que trabaja en la estación de policía. Además, dejé copia de esta a dos personas más en formato digital, por si algo sucedía en mi casa, Una vez más me vino a la mente eso de que la paranoia es lo único que tengo, argumento válido para alguien estrechamente vinculado con el activismo.

Durante el careo, el agresor dijo que estaba de tragos (como si eso le fuera a librar de lo que hizo) y usó en su defensa como argumento que siempre estaba quejándome y buscando problemas, que vivía en ese lugar hace poco tiempo. Que ellos llevaban treinta años viviendo en ese sitio, por lo que él se cansó y decidió intervenir con violencia…

¿Como si el vivir más tiempo en un lugar le diera más derecho sobre el resto de las personas? ¿La ley de la selva? Me parece que no.

El mediador (el policía) le llamó la atención porque ese no era el modo de proyectarse con ninguna persona, que para eso existía la comunicación, y que hay un Código Penal y un Código de Familia que regulan la convivencia entre vecinos, y recalcó que la música debe ponerse moderada a la hora que sea y que no debe molestar al vecindario.

Cuando me tocó hacer la versión de la historia, una vez  más tuve que explicar al mediador lo que sucedió, pero con el agresor frente a mí, me sentí muy incómodo:

En mi mente, los prejuicios cuestionaban mi masculinidad y la posición de “macho, varón masculino”. Estaba declarando ante la policía una agresión y amenaza de otro “macho”, como si el otro varón fuera superior. Los machos resuelven las cosas entre ellos, a machetazos o a los golpes, como los animales.

Todos esos pensamientos pasaron por mi mente como un rayo, y mi pobre ego luchaba por mantener esos criterios machistas y sexistas allá en el subconsciente. ¿Nací con ellos? Sé que existen, están en mi mente. Sé que son irracionales y constantemente adquiero herramientas para deconstruirlos y lidiar con ellos en la vida cotidiana…

En este momento me tocó empoderarme y poner en práctica lo aprendido: Usar los canales adecuados para evitar un mal mayor, acudir a la Ley, que es la que da solución a los problemas que pueden surgir entre las personas. Porque ningún ser humano tiene derecho de  agredir  o amenazar a otro ser humano, ni siquiera la ley está por encima de ello. Como tampoco te exime de ella su desconocimiento.

Finalmente, sobre las cinco de la tarde, el veredicto fue el siguiente: El agresor fue multado por el delito de “Agresión y Amenaza”.

Además,  se le adjuntó a su expediente una carta de advertencia, que se hace extensiva hacia sus familiares y o cualquier persona relacionada con él que pudiera tomar represalias en contra de mi persona. En caso de que algún daño se me hiciera, él automáticamente sería deportado y perdería el derecho de entrar al país por tiempo indefinido.

Esta vez se hizo justicia.

Una amiga me felicitó por hacer ejercicio de mi derecho como ciudadano cubano y como ser humano, y deseó que la ley se cumpliera del mismo modo ante hechos de violencia por razones de género (violencia de género). A lo cual le respondí (bromeando) que mi caso de cierto modo fue violencia de género, porque el agresor es significativamente mayor que yo en físico, solvencia económica y edad. Yo solo soy un cubano de a pie, estudiante universitario, trabajador y activista empoderado. Creo que eso último es lo que no esperaba el agresor, que yo conociera mis derechos y la ley.

De todos modos me recomendaron ser prudente y pasarme un tiempo fuera de casa para evitar roces con el sujeto o su familia. Eso hice, a pesar de que en la estación me aseguraron que la sanción es vigente para este caso por cinco años, que podía estar tranquilo, que no me va a pasar nada y si alguna cosa, por lo más más mínima sucediera, les llamara ipso facto…

De todos modos me tomé unas vacaciones, es mejor prevenir que lamentar, necesitaba desintoxicar mi cuerpo de todo ese ambiente en el que estuve inmerso. Fue demasiado, muy intenso, estresante, agobiante, sofocante…

Lo que me consuela es que la ley jugó su papel y garantizó el derecho a defenderme. Espero poder dormir tranquilo cuando regrese a mi casa. Aunque pienso que será algo incómodo tener que ver todos los días o casi todos los días a esas personas desde el patio de mi casa, o pretender que no existe nadie en la puerta de al lado porque para mí, después de este incidente, ya no existen.

Espero que aprendan del error y no se atrevan a violar la ley, que está ahí disponible para sancionar con toda su fuerza a quienes se crean con el poder de actuar impunes.

Mi hermano dijo que este año la ley venía con mucho más rigor que los anteriores, y dijo además, que si venía con fuerza para terminar con todos los comportamientos que atenten al bienestar y armonía de la sociedad cubana, pues que así sea. Si necesitamos una dictadura que eduque a las personas que se creen con el control del país por su dinero, pues que ella caiga con todo el poder sobre sus hombros, concluyó.

2 thoughts on “Una experiencia desagradable al comenzar mi año en Cuba

  • el 8 enero, 2014 a las 11:05 am
    Permalink

    En eso estoy, de todos modos en la policía está archivada la denuncia, y la advertencia. Off the records, no creo sea necesario acudir a un abogado disedente para evacuar este incidente. saludos desde Cuba.

  • el 7 enero, 2014 a las 12:56 pm
    Permalink

    Luis,

    Si te amenazaron y tienes testigos deben presentar una denuncia ante el juez. No se trata simplemente de ir a la policía, sino de presentar una denuncia. En Cuba, al igual que en el resto del mundo, tienen obligación de tramitar esa denuncia y dejar que te escuche un juez. Te recomiendo que contactes con un abogado disidente para que te oriente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *