Quién necesita que Cuba sobreviva

Foto: Cubadebate

Solo importan los suyos, importan sus agendas, hasta el punto de justificar posiciones éticamente injustificables.

Por Hilda Landrove (El Estornudo)

HAVANA TIMES – “Nosotros necesitamos que Cuba sobreviva”. Pocas veces esto, que encierra la lógica por la que Cuba ha terminado convirtiéndose en el parque temático favorito para un sector de la izquierda mundial, es enunciado con tal claridad. La frase proviene de una entrevista a Manolo de los Santos, codirector del People’s Forum, en la revista Alma Mater. Allí, explica:

    “Creo que mi acercamiento a Cuba no va tanto por la solidaridad, sino porque pertenezco a una generación de jóvenes que, en Estados Unidos y también en otras partes del mundo, cada vez más nos involucrábamos en luchas políticas muy importantes en nuestros países, de mucha connotación social […]. Era un mundo donde cada vez más había menos referencias o alternativas y Cuba deja de ser una cuestión afectiva o emotiva, un afiche de solidaridad, y comienza también a permitir preguntarse o imaginarse un futuro con otro tipo de sociedad. No solo pensándola como ejemplo o modelo, sino como referencia de la posibilidad de un proyecto socialista en el resto del planeta.”

Este segmento, cuya lógica constitutiva se repite una y otra vez con ligeras variaciones, suele ser leído como una reivindicación de Cuba, un reconocimiento de su valor más allá de su existencia concreta hasta alcanzar la dimensión abstracta del referente, del símbolo.

La sobrexplotación de tal fórmula muestra algo con mucha claridad; una falla fundamental. La dimensión simbólica ha terminado por ser usada como excusa para todo lo que está mal en la realidad. Lo simbólico no excede aquí la realidad material en el sentido de que la contenga y la expanda; más bien la elimina de la ecuación. El valor simbólico de Cuba funciona en ausencia de la Cuba real: negándola.

El nosotros desde el que se expresa esa necesidad de que Cuba sobreviva, es también muy claro. No es el de los cubanos que habitan la isla, ni quisiera los de la diáspora; ese “nosotros” son los luchadores, políticos y activistas sociales afiliados a causas de izquierda para quienes Cuba no es realmente Cuba, sino la imagen de una alteridad llena hasta el tope de fantasías anticapitalistas. Un espejismo que demanda, escandalosamente, no ser contrastado con la realidad, porque podría deshacerse.

Hace varios meses, cuando la directiva de Black Lives Mater firmaba una carta en apoyo al régimen cubano sin considerar la existencia de las víctimas negras de ese régimen —aun cuando la población que se lanzó a las calles el 11 de julio de 2021 era mayoritariamente de raza negra, de origen humilde, objeto de asimetrías marcadas por un racismo que tiene puntos comunes con el que ese movimiento conoce de primera mano—, tuve una discusión con un intelectual norteamericano, quien durante varios días intentó convencerme —invitándome a leer varios artículos— de que había razones legítimas por las cuales Black Lives Mater se alineaba, cuando de Cuba se trataba, con el Poder y no con sus víctimas.

Su intención no era llegar a un juicio ético sobre la situación. Ojalá se hubiera tratado de una valoración ética, porque las razones prácticas, o de cualquier otra índole, no eximen de la responsabilidad ética. Lo dicho: mi interlocutor se limitaba a defender que tales razones eran suficientes para dar por bueno un pronunciamiento que eliminaba del escenario a las personas concretas, muchas de ellas negras y víctimas de la represión estatal en Cuba.

Entre esas razones había mucho de la historia que BLM reconoce para sí misma como fundacional: por ejemplo, varios miembros de los Panteras Negras habían encontrado refugio en Cuba y, bajo el amparo del gobierno de la isla, habían reiniciado allí sus vidas. Tenían una deuda de gratitud, directa o indirecta, por el apoyo que habían recibido en un momento muy difícil. Alguno de los artículos que leí a propósito del tema profundizaba en el reto que significó ser recibidos en un país que, además de un entendimiento diferente del problema racial —mientras Cuba se aplicó el modelo del mestizaje en Estados Unidos la cuestión fue tratada de forma abiertamente segregacionista—, pregonaba que el problema racial había sido resuelto definitivamente.

La gratitud es entendible, por supuesto. Es la misma que impide criticar al gobierno cubano a los hijos de exiliados de las dictaduras latinoamericanas que pudieron hacer sus vidas en Cuba tras escapar del horror en sus países de origen. La misma que, en otra dirección, paraliza a los exiliados cubanos que reconstruyeron sus vidas en Estados Unidos cuando se trata de criticar al país que los acogió.

Probablemente los primeros dirían que la gratitud de estos últimos no resulta tan entendible, porque se transforma en muchas ocasiones en posturas ultraconservadoras. Pero algo así podría decirse también de quienes, en nombre de la gratitud, desconocen los reclamos y las razones cada vez más audibles de los ciudadanos en Cuba; de quienes, apoyando un ideal que ya no existe más que en los panfletos propagandísticos, renuncian a escuchar las voces de las víctimas.

Debo reconocer que no fue ahí, en aquella discusión, que reconocí el problema de fondo porque, en efecto, no siempre es tan explícito como en esa frase: “Nosotros necesitamos que Cuba sobreviva”. Pero es lo mismo. Las únicas razones que de ninguna manera entraban en la ecuación de BLM eran las de los propios cubanos.

Estos son meros ejemplos de una actitud que sobrevive, incólume, incluso a algo como el 11-J.  Una actitud que niega a los cubanos mismos en su condición de subalternos de un gobierno totalitario, dictatorial y represivo. Según esta visión, el único subalterno es el gobierno cubano, situado convenientemente al interior del viejo tablero geopolítico de la Guerra Fría. Se trata de una actitud difícil de desestabilizar porque se reproduce gracias a una lógica circular en que la alteridad, el “otro”, no es reconocida en sí misma sino en la medida en que es reprocesada al servicio de posicionamientos fijos y tendencialmente retrógrados.

El apoyo de BLM a un gobierno que ha mantenido y agravado condiciones estructurales de desigualdad racial, y que ha reprimido a población afrodescendiente cuando esta ha elegido el camino de la protesta pública, es políticamente reaccionario. Como lo es que una serie de intelectuales norteamericanos de izquierda se manifiesten contra “el bloqueo estadounidense” sin hacer el más mínimo esfuerzo para sortear la ecuación totalitaria que iguala al pueblo con el gobierno cubanos, a la nación con el régimen político actual, y al control de un partido único con la “democracia participativa”.

El problema de fondo aquí es la autorreferencialidad inescapable de intelectuales que, cegados en su antimperialismo, apoyan todo aquello que pregone oponerse al imperio que ellos critican, el de Estados Unidos, a menudo como si no hubiera otros imperialismos (por ejemplo, el ruso, que desde hace meses persiste en su invasión a Ucrania), o como si oponerse al imperialismo yanqui (o decir que se oponen) bastara para excusar a cualquier régimen político por los crímenes que cometa. Hay allí una manera de relacionarse con la alteridad que también está marcada, aunque pretenda que va en la dirección opuesta, por un profundo sesgo imperial y colonial.

El intelectual de que hablamos no solo no piensa en los sujetos concretos de los que, sin embargo, extrae capital simbólico para sí mismo, sino que contribuye activamente a silenciar sus voces y sus reclamos porque, en el fondo, valen menos, son menos importantes. Solo importan los suyos, importan sus agendas, hasta el punto de justificar posiciones éticamente injustificables.

Hay dos modos de relacionarse con la alteridad. Uno es el que se constituye sobre la empatía y el reconocimiento pleno de la vida del otro, y que, en el reconocimiento de la dignidad que le corresponde por derecho, no se coloca nunca del lado de quienes provocan sus miserias y sus dolores. El otro es el que hace posible la existencia de un antimperialismo que apoya imperialismos; el que se constituye como un sometimiento a los propios propósitos de la realidad de la vida de los otros.

En este segundo modo de relación, el otro termina siendo una imagen idealizada necesaria para orientar ciertas agendas y no requiere, por tanto, ser contrastado con la realidad. Sobre ese otro también se proyectan deseos. Cuba puede ser así lo mismo un paraíso ecológico que un país vanguardia en la lucha contra el COVID-19 que el faro luminoso de todas las luchas anticapitalistas. Lo que sea, no importa. La Cuba real ha dejado de importar para convertirse no ya en un símbolo desligado de su base, sino en una pantalla vacía que puede llenarse con todos los contenidos que se le antojen al proyeccionista. No importa si los cubanos pasan hambre, si se rebelan, si gritan a los cuatro vientos que no son eso; ahí estarán siempre esos “antimperialistas” dispuestos a repetir lo que necesitan para su propia lucha.

Cuba es para cierta izquierda lo que los pueblos indígenas son para ciertos antropólogos y practicantes del esoterismo de la nueva era. Imágenes ideales que sirven para demostrar, por contraste, la podredumbre de los mundos que ellos mismos —esos militantes de izquierda, antropólogos, practicantes del esoterismo— habitan. Y en esa visión, los otros no podrían ser otra cosa —aun sin serlo— que antimperialistas indómitos que han apostado a la utopía de la justicia social, o bien amantes de la naturaleza siempre en equilibro con su entorno. Y hasta pueden deprimirse y caer en shock cuando la realidad no se parece a sus idealizaciones. Ha de ser una horrible experiencia tropezar con la realidad cuando se va por la vida intentando descubrir El Dorado en cada recodo pretendidamente fuera del sistema-mundo y sus imposiciones occidentalizantes.

El apoyo a los autoritarismos se sustenta siempre en este tipo de idealizaciones. Pensemos en China y cómo durante los primeros meses de la pandemia se convirtió —vía propaganda— en un ejemplo de cómo específicamente el socialismo proveía el mejor modelo para enfrentar la pandemia; algo insostenible frente a los datos de países con regímenes políticos diferentes que fueron también exitosos, como el vecino Taiwán.

Las críticas a este antimperialismo enfocado únicamente en el imperialismo estadounidense, que termina negando los reclamos frente a regímenes autoritarios, vienen de muchos sitios diversos. Se acumulan de forma tal que permite reconocer que lo que se dirime en esas críticas no es el dilema concreto de una coyuntura particular, sino la actitud que permea las posiciones de esos intelectuales.

Recientemente un grupo de economistas ucranianos, por ejemplo, escribía una carta abierta a Noam Chomsky (“y otros intelectuales de ideas parecidas”, se añade en el título), en la que enumeraban una serie de “falacias” en su argumentación sobre el tema de la invasión de Rusia a Ucrania; entre ellas, negar la integridad soberana de Ucrania y tratarla como un peón estadounidense en un tablero de ajedrez geopolítico; falacias que conducirían a apoyar una invasión de una potencia con pretensiones imperiales sobre una nación soberana. 

El Colectivo Lausan, nacido en el 2019 con el objetivo de aportar perspectivas decoloniales de izquierda sobre las manifestaciones en Hong Kong, señala algunas de las lógicas internas de este tipo de intelectuales, mayormente estadounidenses. Al señalar cómo los Democratic Socialists of America (DSA) se negaron a firmar una declaración que condenaba el desmantelamiento de la única federación sindical independiente por parte del gobierno de Hong Kong, Lausan interpreta las razones esgrimidas por DSA como una movida que buscaba fundamentalmente no criticar al gobierno de Beijing.

Las razones de los propios DSE corresponden a un distorsionado nuevo moralismo de izquierda que argumenta que “debemos priorizar el combate contra la burguesía en casa (o sea en Estados Unidos) y no tenemos derecho a condenar gobiernos extranjeros fuera del “núcleo imperial” y la “belly of the beast”. Como demuestra la negación de DSA a condenar el desmantelamiento de un sindicato independiente, lo que se presenta como una “no intervención” en asuntos de gobiernos extranjeros, termina siendo realmente apoyo a un gobierno autoritario.

La discursividad en torno a la soberanía, el nacionalismo y el antimperialismo, sirven así como sustento para el autoritarismo. Es ese respaldo a los autoritarismos lo que llevó a Santiago Alba Rico a decir, en 2016, que Alepo se había convertido en la tumba de la izquierda, de esa izquierda que aún celebraba a Bashar al-Ásad mientras cometía horribles crímenes con la población siria.

Reconocer estas críticas articuladas desde realidades diferentes, pero que comparten la identificación de los resortes de una izquierda que, aun cuando se autodenomina a sí misma antimperialista funciona en la práctica como un sostén del autoritarismo global, puede permitirnos avanzar en aquello que el Colectivo Lausan llama “crear conexiones no ortodoxa”.

Si la opresión está globalizada, si el autoritarismo se extiende por geografías desnacionalizadas, la resistencia a ellos no puede estar contenida dentro de las fronteras del Estado-nación, la solidaridad no puede ser impedida por las demandas de la retórica de la soberanía y el antimperialismo. Es la única manera de oponerse efectivamente a autoritarismos y dictaduras, articulándose, como estos, globalmente. Y también es la única manera de impedir que alguien más hable en nuestro nombre, sosteniendo para sí espejismos a costa de nuestras miserias y nuestros silencios.

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