Historia de violencia sexual en una escuela cubana

Estudiantes preuniversitarios

HAVANA TIMES – Jessica no quiere dar su nombre real ni mostrar su foto, tampoco dirá el nombre de su escuela ni su ubicación, ni siquiera desea escribir, porque “eso no me gusta”; pero lo que tiene bien claro es que su historia es tan común entre las adolescentes que cualquiera se sentirá identificada. Lo sabe, porque en su pre varias muchachas pasaron por lo mismo, lo que varía es el final.

Las escuelas cubanas tienen fama de ser seguras, y es cierto, es muy raro que en ellas sucedan actos de violencia colectiva, asaltos, secuestros, etc. Sin embargo, la violencia sexual es como el café en el desayuno.

Jessica era muy ingenua cuando entró en 10mo grado, jugaba con los niños de la cuadra, le gustaba pintarse los labios y usar la saya del uniforme bien apretadita, era como un juego; “así yo vestía a mis muñecas”, dice, “es normal que una quiera crecer y parecerse a su mamá o a otras mujeres grandes”. Pero cuando le pasó “ESO” se dio cuenta de que ser mujer (o que te asuman como tal, aunque todavía seas menor de edad) no es tan sencillo.

En el primer año no me di cuenta de nada, era muy delgadita y aniñada, no tuve tropiezos con ningún varón; tampoco tuve novios”. Pero en onceno, con “un poquito más de cuerpo” y descubriendo el universo sexual, todo cambió. “El profe de Física era supervolao, no es que fuera bonito, pero se vestía bien y todas las muchachitas estaban a su alrededor durante el día.

“Él hacía chistes y cuentos de los lugares a donde iba, de lo que se compraba, de sus amigos y esas cosas… yo no veía nada malo en eso. Un día una amiguita mía me dijo que él le estaba dando vueltas, le decía piropos, otro día me dijo que la había tocado en el baño y le dio un beso. A mí me dio gracia, ya que a mi amiguita le gustaba el profe”. 

Estudiante preuniversitario. Foto: Caridad

Al poco tiempo, Jessica comprobó que el profe hacía eso con varias alumnas; después supo que les pedía que se acostaran con él para aprobarlas sin que tuvieran que estudiar. Era toda una estrategia: pasaba los turnos de clases hablando boberías, entreteniendo a los estudiantes, y luego a correr para las pruebas.

A esa hora, con el examen encima, todos estábamos en apuro, los más inteligentes no, pero la mayoría no sabíamos qué hacer para aprender todo en unos pocos días”. Entonces, el simpático profe pedía dinero y, a algunas muchachas, favores sexuales.

En realidad él nunca lo mencionó en el aula, era fuera de la escuela; por ejemplo, se lo decía a una muchacha, ella lo regaba y muchos se lo dábamos. Era algo que todo el mundo sabía. Pero lo otro fue sucediendo poco a poco, al menos yo me enteré así; de pronto una que no sabía nada, y no estudiaba, aprobó; al otro semestre fueron más y así; y las muchachas fueron regando la voz.

“Lo mío fue distinto, porque yo no quise, él era chévere, pero a mí no me gustaba, y ya al final me molestaba cantidad la presión que hacía. Como no le hacía caso se burlaba de mí frente a los demás, y cuando le reclamaba me decía: tú sabes lo que tienes que hacer.

“Yo fallé, pero era lo que hacíamos en la escuela; en vez de estudiar bastante hablé con mi mamá y ella me dio el dinero para pagar el aprobado, con regaños y castigo me lo dio. Llegó el día del examen y yo estaba perdida, pero confiaba en que saldría bien. Era la prueba final del curso, ya estaba de vacaciones cuando él me mandó a decir con una alumna que yo había suspendido Física.

“No lo podía creer, fui a hablarle y le recordé el dinero, me dijo que ni con mil dólares él me aprobaba. Estaba furioso porque no cedí a sus presiones. Cerca del inicio del curso se lo dije a mi mamá, ella fue a la escuela y habló con la directora, le dijo lo que pasaba y ella le contestó que sin pruebas no podían hacer nada. Mi mamá la insultó, la acusó de recibir dinero. Yo no iba a repetir el año con el mismo profesor; dejé la escuela y matriculé en la facultad, por las noches; a los pocos días la dejé, pues me quedaba lejos y el ambiente no me gustaba”.

Jessica no ha estudiado más.



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Atardecer, Cienfuegos, Cuba. Por Jeff Marot (Canadá). Cámera: Huawei P20

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