Cuba: El valor del silencio

Por Verónica Vega (Amrit)

foto: indymedia.ie

HAVANA TIMES, 29 abr —  Anoche participé en una reunión convocada en mi edificio para asignar a un nuevo presidente del CDR.

La presidenta anterior renunció hace nueve meses pero después de varias tentativas de reunión disueltas por mayoría de ausentes, no aparece nadie dispuesto a asumir el cargo.

Mientras la persona que había venido expresamente de la zona a presidir el encuentro insistía en la urgencia de que alguien asumiera el puesto: “Porque a mí me lo exigen, porque es importante para cuando se hagan verificaciones…” los congregados sólo manteníamos un reticente silencio.

A pesar incluso de la reiterada inducción a  una posible propuesta (o autopropuesta), la reacción general seguía siendo el silencio. Trece representantes de 30 apartamentos no era tampoco una cifra muy halagüeña. Las miradas permanecían tranquilas, sin sombra de culpa.

Como he vivido en lugares diferentes de la Habana, también he sido testigo de otras reuniones en otros comités de defensa de la Revolución y puedo decir que el elemento común en todas, es la apatía.

Las opiniones que se callan o se murmuran, los bostezos que se reprimen, los vistazos al reloj y los gestos de fastidio. No obstante, había una diferencia abismal entre ésta y las primeras reuniones de los CDR que experimenté en este mismo edificio en el año 2001.

No sólo la huella del tiempo ha marcado los rostros de mis vecinos (y el mío), también, subrepticiamente, levantó ese muro de silencio, de negación, de escepticismo y mientras la mujer de la zona intentaba motivar propuestas, yo estuve tentada a expresar una: ¿Por qué no disolver el CDR? Una organización sólo se mantiene por la libre voluntad de sus asociados.

No se puede llamar voluntad a la obediencia, ese aberrado sucedáneo de deber civil, no hay asociación sostenible por presiones externas. No importa cuánto se arme desde afuera: la fibra interior se pudre y se desgarra.

¡Qué pena! –decía la mujer– Si esto no se resuelve hoy tendrá que venir el municipio, habrá que citar a otra reunión. ¿Se dan cuenta? Habrá que volver a molestarlos…

¿Y si es una molestia para qué persistir? –pensé. Encontrarnos para mirarnos de nuevo y callar lo que todos pensamos: que las duras demandas de la supervivencia no permiten alimentar por más tiempo un fetiche que a duras penas se arrastra con los rescoldos de nuestra inercia.

Sin embargo, al disolverse el encuentro, entre susurros y miradas cómplices, un pensamiento me hacía casi feliz: no practicamos (por elección) la libertad de palabra, pero al menos ejercemos la libertad del silencio.

 

 


12 thoughts on “Cuba: El valor del silencio

  • el 4 mayo, 2012 a las 10:30 am
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    Un magnífico post de Verónica. En una síntesis magistral refleja la realidad nacional y la gran farsa de los CDR. Gracioso, por demás, que la funcionaria dirigente de la reunión no encuentre mejor argumento para elegir un nuevo presidente que amenazar a los vecinos con una nueva reunión. Me encanta ese silencio útil, aunque confieso que me gustaría más que si realmente los vecinos se dan cuenta de lo obsoleto y aburrido del asunto, no asistieran más a esas ridículas citas y punto. Felicidades a Verónica por este trabajo que haré circular sin falta entre mis amigos, los blogueros demonizados de Voces Cubanas, y entre las redes informales de apoyo. Estoy segura que les va a gustar a todos.

  • el 2 mayo, 2012 a las 8:51 am
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    bueniiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiisimo

  • el 2 mayo, 2012 a las 7:11 am
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    Pongamos un poquitín de perspectiva: Los CDR surgen en un momento de choques frontales entre una mayoría ostensible que apoyaba a la Revolución y unos menos que la atacaban, y que en más de un caso contaban con apoyo de EEUU. Luego, la organización ofreció un apoyo decisivo a campañas tan importantes como la de Alfabetización, la vacunación masiva de la población infantil o la recogida de materias primas. Donde comenzó a trabarse el paraguas fue cuando los vecinos empezaron a vigilar con quién te reunías, a qué horas llegabas a tu casa, cómo te vestías, si trajiste al pariente del campo, si tenías relaciones extraconyugales y, muy importante, si tenías “desviaciones sexuales”, en cuyo caso Vigilancia te hacía una nota por “peligrosidad pre-delincuencial”. Un ejemplo más de cómo se fue distorsionando el papel de una organización de “masas”.
    Lo más triste es que ya la gente no quiera ni siquiera hablar. Ni en un sentido ni en otro.

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