Con los sentimientos bajo cero

Vista de La Habana / Foto: Carlos Lechuga

Por Carlos Lechuga (El Estornudo)

HAVANA TIMES – Unos días antes de mi partida opté por poner mis sentimientos bajo cero, como esa canción de reguetón. Puse una carcasa de hielo entre mi pecho y lo que había afuera para no sentir. Estaba anestesiado. No me podía permitir ningún tipo de emoción porque entonces no iba a poder tomar el avión.

Había una sensación doble. Me dolía mucho dejar a mi madre atrás y al mismo tiempo me asustaba mucho más no poder salir del país. La paranoia aumentaba y las noticias que veía en el móvil no ayudaban para nada.

El grupo de amigos y el alcohol me ayudarían día tras día a no tener que pensar mucho. Meter ron y cerveza (a unos precios astronómicos) era la única manera de sobrevivir.

Hacía unos años una cartomántica me había dicho que mi signo —por lo que estaba marcado— era la letra del deambulante, del pordiosero. La mujer me veía para arriba y para abajo arrastrando una maleta sin hogar ni techo fijo. Como el viejo San Lázaro. Ese iba a ser mi futuro: deambular de allá para acá sin descanso.

Ahora había llegado el momento de partir. Si me quedaba en la isla lo único que me esperaba era miseria, miseria, miseria. Así, tres veces repetidas, me había salido en la consulta.

Mi madre iba y venía por el pasillo con el deseo de darme un beso o un abrazo. Yo tenía unas ganas tremendas de besarla y abrazarla, pero no podía. Segundos antes de hacerlo me detenía y bajaba la cabeza para que ella fuera la que diera el beso. Tenía que cuidarme el corazón, no me podía soltar porque entonces la cosa sí se iba a complicar.

Sabiendo que no podía estar mucho tiempo en casa, cogía calle. Me paraba en la avenida 23 una hora antes de la cita acordada y veía a la gente pasar. Como si fuera un extranjero o un extraterrestre. Miraba con extrañeza a los que pasaban. No me sentía identificado con nada ni con nadie. Todo me parecía ajeno. ¿Dónde estaba la gente que yo conocía? ¿Los amigos? ¿Las amantes? ¿Las profesoras de la escuela? ¿Los socios del parque? ¿Qué había pasado con la Cuba que yo conocía?

Cuando llegaban los pocos amigos que me quedaban, me pegaba a ellos y a emborracharnos. En la noche, del bar a la casa, iba corriendo, cagado del miedo. Como si me encontrara en una calle oscura y desconocida de un país peligroso en el que nunca había estado.

¿A qué le tenía miedo? No lo sé. ¿A un asalto? ¿A la policía? ¿Al aire? ¿A todo?

Es curioso cómo cambian los tiempos. Hace años mi deseo era contar historias, hacer sentir a los cubanos y a las cubanas, desentrañar la realidad, dialogar. Ahora solo pienso en los dos últimos encuentros bien raros que tuve. Dos taxistas diferentes.

Uno, sin conocerme, se pasó todo el viaje fumando y despotricando contra el matrimonio homosexual. Yo no hablaba, lo miraba de reojo, miraba su cara llena de granos y pensaba: ¿Y este por qué tiene que opinar de algo que ni sabe?

El otro me vio cara de artista o no sé qué e igual le dio por empezar a hablar mierda. Que él sí estaba de acuerdo con la sentencia en los juicios del 11J, que el sí le daba paredón a cualquiera.

En fin, yo no podía creer lo que estaba escuchando. Gente así existía de verdad.  Eso me convenció cada vez más de que el público al que yo aspiraba, los cubanos con los que me gustaba conversar, el país por el que sentía algo, hacía rato ya no existían.

No estaban. O simplemente me los había imaginado.

¿Qué sentido tenía hacer una película? ¿Presentar un libro?

¿Cómo podía volver a recuperar la inocencia? Si nada me motivaba ya.

No me imaginaba quedándome en la isla y teniendo que compartir en una sala de cine o en una fiesta con un tipo que quizá era un represor. Hace algunos años tú podías estar de acuerdo o no con algo, habían ocurrido un millón de injusticias, pero ahora… había niños presos. Era una cuestión de humanidad. El país se había acabado.

Una elite sin corazón construía hoteles y más hoteles para dejárselos a sus hijos y a sus nietos mientras el país se desangraba entre el hambre, la necesidad de medicamentos, la falta de esperanzas, la represión, la prisión, los peligros del cruce de fronteras, la cárcel o el destierro.  

Entonces, unos días antes de mi partida, opté por poner mis sentimientos bajo cero, como la canción esa.

Tenía una maleta negra, cuadrada, de rueditas (para no tener que cargar mucho peso) en la que cabía todo lo que me iba a llevar. También tenía 39 años, tres películas, un libro y las manos completamente vacías. Cuando tiré las medias de colores, los calzoncillos viejos, los dos pantalones, los pulóveres y los tres abrigos que no abrigan me di cuenta que me sobraba espacio.

La mamá de una amiga me dio cuatro latas de cerveza Cristal para que se las llevara a la socia. Envolví las latas en nailon y ropas para que no explotaran. Dos botellas de ron, un libro firmado por Dulce María Loynaz, Celestino… de Reinaldo, y par de cosas más para regalos.

Un Granma de 1994 para hacer un chiste. Los discos duros con mis cosas, que no sé si esté todo ahí o qué.

Unos dibujos infantiles.

Mi madre quiso salir a la calle conmigo para despedirme. Le hablé duro. No quería ningún tipo de llantén. Todo iba a pasar rápido. Pronto nos veríamos de nuevo. Salimos. Las ruedas de la maleta hacían un ruido fuerte por el suelo del pasillo. El taxi ya estaba ahí. Miré a mi madre rápido y le pedí que no llorara. Besito. Como si nos fuéramos a ver al otro día. Abracito corto. No podía derrumbarme.

Me monté en el taxi y el taxista arrancó.

Traté de mirar por la ventanilla y buscar cierta emoción en mí, pero nada, era un témpano de hielo.

Veía Boyeros escurrirse a alta velocidad y me decía: «Coño, ¿Por qué no te emocionas?» Y yo mismo me respondía: «Cojones, porque es Boyeros, que es feo con cojones. ¿Cómo te vas a emocionar?»

Llegué al aeropuerto y le pagué en exceso al taxista, era una especie de multa kármica que debía dejar para poder escapar, o eso sentí. A fin de cuentas, era un afortunado, no estaba cruzando fronteras, ni selvas, ni mares, ni ríos.

Llegué al mostrador y la chica de la aerolínea me dijo que pusiera la maleta. La cargué y me dolió todo el cuerpo. La tipa me miró y me dijo: «37 kilos, estás pasado. ¿Cómo hacemos?»

Saqué el último billete de la billetera y se lo pasé. Sonrió. Me dio el pase de abordar y avancé.

Me sentí vacío, más vacío aún, muy vacío.

Me concentré en la respiración.

Estaba viejo, un poco quebrado y super zen.

Listo para volver a empezar.

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