La gravedad horizontal de Cuba (2nda parte)

Por Amrit

París desde el avión.

HAVANA TIMES, 19 dic — Cuándo es que se rompe la línea, el cordón umbilical con Cuba, no es posible saberlo. Y es que, al decir adiós desde esa puerta por donde salen tantos y dejan ojos llorosos del otro lado, uno descubre que la quebradura empezó hace muchos años, cuando este instante emergía en la mente como en una bruma dorada y no parecía tan brutalmente simple…

El empleado que revisa la certificación de las pinturas que llevo bajo el brazo, mira con envidia mi boleto a París y me confiesa que él no ha viajado nunca. Trato de sonreírle y me alejo.

Frente Notre Dame.

Abordando

Me mezclo con un grupo de franceses, y entre sus blondas cabezas, camino preguntándome si sabré encontrar mi lugar, cómo se ajustará el cinturón de seguridad o se inclina la silla para dormir, si me enteraré de dónde queda el baño o tendré que aguantar las ganas de orinar durante nueve horas.

Pero ocurre un milagro, uno de los viajeros, nativo de Uganda, ha viajado varias veces a Cuba y habla muy bien mi idioma. Me indica por dónde debo entrar y hasta me ayuda a encontrar mi asiento.

¡Vuelo!

Por la ventanilla veo sucederse unas luces azules en lo profundo de la noche, de la pista. El avión empieza a acelerar… Cómo describir el instante en que se produce por fin, el salto, el vértigo, el despegue. Algo parecido a lo que me causan los aparatos de feria, cuando uno gira y es alzado con violencia en el espacio.

La altura me causa una descompresión en los oídos. Los dos asientos a mi lado permanecen vacíos. En unos minutos, aparte de la oscuridad afuera, la alternativa parece la pantalla de un minitelevisor a unos palmos de mi cara. Con mi habitual ineptitud para la tecnología, tardo muchísimo en encontrar donde palpar un off que me libra de esta luz contra mis ojos, y me duermo.

Con profesoras en una escuela de Roanne.

Despierto, me duermo, despierto. Afuera hay penumbra y después sólo un mar de nubes que parece eterno. Pero de pronto algo se activa, algo en la atmósfera cambia. Escucho unos murmullos ininteligibles a mi alrededor. Y presiento que estamos arribando incluso antes de que lo anuncien por el audio en francés, en inglés, en un confuso español.

Levanto la cortina plástica de la ventanilla: ¡Sí, sí, allí abajo!, esos amontonamientos de tejados rojizos, tal como los veía en su infinita ternura, Exúpery. “¡Es Europa!” –me digo y baño mis ojos con esos bosques de tonos ocres, con esa luz otoñal, tan tenue. Y yo que había escrito en mi novela -sin sospechar que se publicaría en París-, una noche en que veía una película francesa: “Qué saben los franceses del color (su dolor)…”

Lo que hay del otro lado

Para qué referir mis actos de inocencia tercermundista en el inmenso aeropuerto de Charles de Gaulle. Basta decir que no sabía cómo abrir la pila del lavamanos, que me mareé vigilando el desfile de maletas mientras mi equipaje salía por otra estera. Afuera, mis amigos Daniel y Mireille se angustiaban presintiendo que algún otro férreo filamento de la gravedad horizontal cubana me había impedido abordar el avión.

Entrevista conjunto con el escritor Argentino Andrés Neuman.

¡Qué alegría cuando me vieron! Después del abrazo, el viaje en auto por un París que devoro con ojos más aturdidos que ávidos. En Levallois, el primer restaurante me decepciona con una comida de sabor muy fuerte, casi amargo.

Afuera me sorprende la increíble pulcritud de las calles, la impecable alineación de los árboles, las filas de bicicletas que se alquilan, y el increíble silencio… De noche paseamos por las afueras del Louvre donde extrañas chispas azules ascienden en la penumbra y descienden girando hasta tocar el suelo:

“Son sudafricanos, -me explican- son juguetes que ellos mismos hacen y les pagan muy mal.”

Veo cómo los pájaros azules danzan en el aire ante caminantes que no se detienen, ni compran.

Al día siguiente desciendo a la estación del metro, aprendo a introducir el ticket, a recogerlo, a empujar a toda prisa la barrera de metal. Y mi amigo me apura porque el monstruo ruge, va a escapar. No sé cómo decirle que quisiera parar, esperar el próximo.

Hay una violonchelista de pie, en el andén y su arco roza las cuerdas, las notas suben al aire, a mi pecho, a mi garganta, me empujan las lágrimas. Justamente la música que tanto mencioné en esa novela por la que estoy en Francia: Canon, de Pachelbel.

Al ritmo del Primer Mundo

Pero no estamos en Cuba, aquí el tiempo tiene un precio exacto, y hay que correr. Ahora a la estación de París donde veo una huelga de bomberos mientras mi amigo me ayuda a encontrar mi tren.

Subo al vagón de primera clase, me asombran los asientos forrados con diseños sobrios, la amabilidad de la camarera, el paisaje que corre a 150 km por hora disolviendo tejados rojizos y más ocres, sepias, amarillos… Me asombra el empleado que chequea mi boleto con una especie de linterna, el silencio aplastante sólo interrumpido por la resonancia de los túneles.

En la estación de Perrache, me esperan dos chicas atentas que me llevan a casa de Olga y Januario, creadores del festival de literatura latinoamericana Belles Latinas. Desde su bonito apartamento, miro  el río de aguas apacibles que parece venir de otra época.

Con almunos en el colegio Jean Puy de Roanne.

En la noche, la inauguración del festival en el Teatro de la Ópera de Lyon, los aplausos, los saludos, los autógrafos… El viaje ahora en auto hacia la ciudad de Saint Etienne donde permaneceré una semana invitada por el ayuntamiento.

Los días que siguen: los colegios, las caras radiantes de los muchachos que quieren saber más de Cuba (ese paraíso de intenso sol y playas cristalinas que han visto en anuncios turísticos), han leído fragmentos de mi novela y me extienden los pliegos para que se los firme.

Y el tiempo ahora corre como el paisaje siempre tenue ante la ventanilla de un tren, un tranvía, un ómnibus, (todos semi vacíos, puntuales, impecables…) Y la ciudad de Roanne, mi habitación en el hotel Terminus, que reviso con la fascinación de un niño. Me divierte comprobar que la luz en pasillos y escaleras se enciende apenas doy un paso hacia ellos.

La pequeña ciudad de Charlieu, con sus casas medievales y sus calles exiguas, con la alegría de los alumnos que ya me conocían por e-mail.

En Lyon con Olga Barry, fundadora de Bellas Latinas.

Otra vez el Teatro de la Ópera en Lyon, donde dos actores leen con intensidad trozos de mi novela, reconozco mis agonías, mis delirios en ese francés que conmueve al auditorio y me hace llorar a escondidas.

La luz se enciende y estallan los aplausos. Aunque algunas personas se acercan a felicitarme no puedo dejar de pensar en la presentación que se hizo en la Habana, en la Torre de Letras. Qué cálido es el público cubano, qué distinto, no deja espacios entre él y uno.

Y enseguida otro hotel, otro viaje, ahora hacia Poitiers, donde hay otra presentación compartida en la universidad. De noche, recorro la ciudad y me dejan sin aliento sus iglesias, sus tiendas con preciosas artesanías, me espantan las caras de las gárgolas amenazantes en la catedral. Camino por calles retorcidas, ascendientes, misteriosas, aspiro la humedad de un río y mi cansancio…

Y ahora tomo un tren equivocado pero que va también a Montparnasse, París. MI’migo Daniel me espera en otro andén, un amable empleado que sabe español me ayuda con su móvil a localizarlo.

Cola para ver La Gioconda.

De nuevo París, ahora más tangible, más crudo. Entrevistas en la radio, el espectáculo de esta Torre Eiffel con su titilar de joya-carrusel-coloso encendido en medio de la noche como una falacia sobre las palomas hambrientas, los mendigos que escribieron “Tengo hambre” en una cartulina antes de sentarse a implorar a la marea de caminantes que sigue de largo, impasible.

Yo, que estoy aquí gracias a que el festival pagó mis gastos de viaje y hospedaje, que me alimento gracias a mis gentiles amigos, aprieto mi mano vacía dentro del abrigo y también sigo de largo.

Voy (otra vez corriendo, ahora con la traductora del libro) a la librería El Salón del Libro, donde me hacen tantas preguntas y me conmueve el calor de amigos y extraños, los autógrafos…

Ahora, bajo el frío al que no me acostumbro, que me hiela los dedos, voy al encuentro con un periodista de Le Monde que escribió un artículo sobre el grupo Omni y mi novela: contra el cielo gris en la ventana resalta su sonrisa franca, un cuervo sobre un poste que salgo a grabar con mi cámara, le hablo y me responde con graciosos graznidos.

Mendigo en La Defense, Paris.

En el penúltimo día: el Louvre, una Gioconda asediada por cámaras y demasiado distante, la tristeza que se une al cansancio, el frío cada vez más intenso mientras camino a orillas del Sena con la secretaria de mi editorial.

Miro el desfile de vendedores de revistas y libros antiguos, de souvenirs de la Torre Eiffel y sin más que dar, le sonrío a una mendiga que se arropa contra la humedad del río, abrazada a su perro.

La identidad del cielo

Incluso antes de despedirme de Mireille y Daniel en el gris aeropuerto, antes de subir al avión con una exaltación casi infantil, me había esforzado en evocar a una Cuba sucia y rota para no sorprenderme.

Esta vez sí tengo compañeros de asiento con los que no puedo hablar pues no saben español ni inglés. Sólo compartimos alguna que otra mirada y la cooperación para movernos y habitar el reducido espacio que nos imponen nueve largas horas de vuelo. La imposibilidad de moverme, el insomnio, la visión monótona de las nubes me produce casi una sensación de claustrofobia.

Pongo un dibujo animado en el minitelevisor, y me aburro. Y otra vez pienso en Cuba: sin trenes eléctricos, sin metro ni tranvías, sin guaguas impecables ni semi vacías.

Se acabaron los desayunos con fruta y las barras de chocolate. La sopa de castañas, las nueces, las pasas, las avellanas, los dátiles… Trato de recordar Alamar con sus edificios feos, con sus calles casi inmundas, con sus perros famélicos.

El tiempo parece detenido, hago fotos a la marea de nubes, cambio de postura una y otra vez. Me irrito, me duelen las rodillas. No me duermo ni por un segundo. Y en lo que parece otra eternidad, a la inversa, de pronto las nubes cambian, veo una promesa rojiza en el cielo. Y me digo: “¡Es Cuba, es el cielo de Cuba, vamos a llegar con la puesta de sol!”

Bajo el Torre Eiffel.

Cómo describir esa sensación de que esos colores intensos, ese arco dorado por donde entra el avión, vienen desde mí, de mi pecho, de mi vientre, de esas lágrimas que pugnan por salir.

Toco a mi compañero y le señalo el cristal para que vea también esta maravilla que no había vivido nunca: entramos al cielo de Cuba en la plenitud de un atardecer. Aprieto con desesperación el botón de mi cámara pero en la pantalla leo: “Batería agotada.”

En francés, en inglés, en un confuso español, están anunciando que arribamos a la Habana. Renuncio a atestiguar con la cámara y miro hacia abajo. Algo salta, incontenible, en mi interior. Veo los árboles diminutos, las palmas, los tendidos eléctricos: “¡Es una maqueta, es mentira, no puede ser real!” –pienso.

Sigo unos puntos blancos que se mueven y entiendo que es una bandada de pájaros, miro con infinita ternura los espacios de tierra, las calles, una bicicleta por la que viaja alguien, allá, ¡tan lejos!, un auto en un mundo de juguete…

Ahora sí no me importa que las lágrimas salgan. Cuando todos se levantan, en la confusión para coger el equipaje de mano, me molesta no saber francés y no poder decir a mis compañeros de asiento con exaltación pueril: “Soy cubana, éste es mi país…”

Y con toda consciencia, dejo que la gravedad horizontal me jale hasta la cámara frente a la que debo pararme mientras la indolente empleada de migración mira mi pasaporte. Qué importa si al revisar el papel que autoriza mi entrada murmure sin ganas: “Bienvenida.”

Y qué importa tampoco la larga y humillante cola “de los cubanos,” para chequeo de equipaje. Afuera están mi hijo y mi esposo que me hacen señas cuando se abre la puerta y corren a abrazarme.

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6 thoughts on “La gravedad horizontal de Cuba (2nda parte)

  • el 30 enero, 2012 a las 6:17 am
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    De un frances.
    Este relato tiene una sinceridad una exactitud poco comun.
    Los Cubanos pueden leer considerando que van a encontrar lo que cualquier extranjero puede sentir llegando por la primera vez en Francia

  • el 8 enero, 2012 a las 11:34 am
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    Magistral, tu autorelato; amrit, ojala puedas enviarme donde consigo bibliografia tuya aqui en Mexico, son unos genios para narrar. Los paises que uno visita son distintos a los nuestros bellos, sin duda, pero como los lugares de uno, no hay ningun otro, a mi me ha pasado igual, que Dios bendiga a cuba, chao!

  • el 21 diciembre, 2011 a las 4:58 pm
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    Solamente en frances.

  • el 20 diciembre, 2011 a las 7:51 am
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    Amrit: me encantó seguirte. Y sí, sería bueno que promocionaras tu novela por acá

  • el 19 diciembre, 2011 a las 11:56 pm
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    Bella crónica de lo que significa experimentar la “punzada del guajiro”, que nos sobrecoge a casi todos los cubanos en el primer viaje al exterior. Y más aún, descubrir cuánto nos hala esa isla cuando la dejamos atrás. Felicidades, Amrit. Por todo. Y de paso, ¿dónde y cómo se puede adquirir tu novela?

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