La luz al final del túnel

Por Ben Anson

Foto de archivo: diez.hn

HAVANA TIMES – El calor de la media tarde era tan intenso que la frente de uno simplemente goteaba mientras nos apresurábamos por las calcinadas calles del centro de El Progreso, Honduras.

A pesar de un calor tan incómodo, la escena frente a mi amigo y yo compensaba la limpieza constante del sudor de nuestras frentes. Nuestra ciudad apenas comienza a superar esta terrible crisis a la que nos hemos enfrentado todos en el mundo entero.

Un ambiente de positividad y determinismo parece prosperar. Muchos, incluyéndome a mí, han sufrido económicamente y en ocasiones, incluso mentalmente (volviéndonos locos a intervalos regulares) como resultado del confinamiento provocado por el coronavirus. El trabajo se detuvo, los empleos se pospusieron, las tiendas y negocios cerraron. Luego fueron los supermercados y, finalmente, incluso las farmacias. No se podía hacer nada más, excepto quedarse en casa. Una caminata diaria a la pulpería (tienda de la esquina) era toda la emoción y el ejercicio del día.

La policía y los soldados recorrían las calles en busca de peatones y merodeadores ilegales.

¡De vuelta a tu casa! ¡Vamos!”

Tales gritos en los altavoces, acompañados de bocinazos frenéticos, fueron los sonidos comunes durante semanas completas. Mis vecinos y yo poníamos música a todo volumen en nuestros respectivos apartamentos: desde reguetón hasta éxitos de los 70.

Observé tanto buitres como pájaros cantores desde mis grandes ventanales. Las montañas verdes densamente boscosas se encuentran en la distancia; mi vecino y yo discutimos sobre ellas con bastante frecuencia. Debatimos tanto sobre ellas, que durante más de dos semanas ni siquiera hemos mencionado nada relacionado con la naturaleza. Las conversaciones banales se volvieron comunes dentro del edificio.

“¿Has lavado alguna ropa hoy?”

“No, vecino, ¿y tú?”

“Bueno … lavé calcetines y pantalones esta mañana; podría terminar lavando algunas camisas esta tarde … ”

“¿Oh, en serio? ¡Iba a lavar algunas camisas más tarde!

“Ven, toca a mi puerta más tarde y las lavaremos juntos”.

La bebida jugó su parte. Eso ocurría cuando uno no podía tolerar más conversaciones de ese tipo y, francamente, tampoco la vista de los propios vecinos. Las series de Netflix fueron recomendadas y no recomendadas, las llamadas telefónicas se convirtieron en la forma de matar las horas y las media horas… Llegué al punto de ducharme seis veces al día, debido al calor abrasador. Mi inspiración para escribir venía y se iba. Algunos días fueron productivos, otros fueron cualquier cosa menos eso.

Luego, sin apenas uno notarlo, las cosas comenzaron a mejorar muy ligeramente.

Camionetas, camiones y otros vehículos comenzaron a circular dentro de la ciudad, especialmente a lo largo de la carretera. Se permitía salir a la gente en ciertos días. En la esquina, pequeñas tiendas y puestos de comida comenzaron a operar con bajo perfil. La policía y las fuerzas armadas se relajaron. Los individuos parecían más alegres. El creciente consenso parece ser que en junio las cosas volverán lentamente a la normalidad. Pizza Hut, Power Chicken, algunos supermercados del centro y peluquerías regresaron al negocio.

Esta tarde, mi vecino y yo fuimos al centro. Mi día había comenzado con una mala nota, recibiendo noticias de que ni siquiera me habían tenido en cuenta para un trabajo en línea que había solicitado. Uno a veces realiza un gran esfuerzo, espera durante semanas, solo para recibir un “no”.

Sin embargo, alrededor de las tres de la tarde, después de una mañana terriblemente tediosa, con una videollamada de siete horas (entrenamiento para trabajar en un centro de llamadas, un castigo en sí mismo), me dirigí al balcón del tercer piso usando bóxeres y shorts cortos -nada más- y encontré una sonrisa en la cara de mi vecino.

Allí se sentaba él en una destartalada mecedora de plástico, con la luz del sol sobre él, la calle por allá abajo y montañas verdes en la distancia, pareciéndose al chicano que es, con su cabello corto y oscuro y su barba cuidadosamente arreglada, grandes lentes oscuras en su rostro y tatuajes por todo el torso, los brazos y las manos, agarrando su teléfono, simplemente radiante hacia mí.

“¡Tengo buenas noticias, hermano!”, sonrió, soltando las palabras con su profundo acento hispanoamericano.

“¿De verdad?, ¡dime¡”

“Vamos a ir y hablar con la señora acerca de obtener tu permiso de trabajo”.

Resultó que finalmente estaba sucediendo. La idea de obtener mi permiso de trabajo en Honduras parecía posible por primera vez, algo que he estado intentado conseguir durante años, pero que había sido en vano.

La posesión de dicho permiso significaría que ya no tendría que viajar fuera del país cada tres meses con una visa de turista, lo cual resulta muy costoso e inconveniente. La última vez me vi obligado a ir tan lejos como Costa Rica, gastando cientos de dólares, francamente, sin ninguna razón.

Honduras es el lugar del que me enamoré, y esta simple documentación me otorgaría derechos legales para permanecer dentro de la nación por un período de un año, a partir del cual se puede renovar el permiso.

Así, fuimos en busca de la dama, una amiga cercana de mi vecino de al lado.

Vestidos con camisa de cuello, jeans y zapatillas deportivas, y lentes oscuras, salimos a las calles que estaban en ebullición y nos sorprendió inmediatamente el ambiente bastante agradable. Los jóvenes en bicicleta se reían y paseaban montados, las mujeres jóvenes y atractivas andaban con sus tacones altos repartiendo volantes, los ancianos vendían frutas y verduras en los puestos y los brillantes pájaros cantaban desde los postes del telégrafo. El querido sol iluminaba los edificios multicolores a lo largo de nuestras amplias calles de estilo estadounidense. Incluso los vagabundos sin hogar sonreían y saludaban cuando uno pasaba a pie cerca de ellos.

Al llegar al edificio del Gobierno local para conocer a la dama en cuestión, los tres (mi vecino, la dama y yo) nos sentamos en un banco del parque y disfrutamos de una agradable conversación. Los pájaros revoloteaban y cantaban mientras disfrutamos de la sombra que brindan algunos árboles del lugar.

Ella me explicó el proceso, describiendo lo que tendremos que hacer y lo que se necesita, así como respondiendo algunas preguntas y preocupaciones mías. Fue una conversación muy agradable, de hecho.

La amiga de mi vecino hizo que todo el asunto pareciera muy posible. Ella me indicó que como primer paso tendré que obtener un registro policial de mi país natal: Inglaterra. Después podremos comenzar con el proceso.

El día puede haber comenzado con algunas malas noticias, pero terminó con algunas buenas, en realidad, mucho mejores. Sirvió para recordarme que uno nunca debe perder la fe.

Una construcción con forma de cúpula, que sirve como una cafetería de lujo, se encuentra en el centro del parque, en medio de flores cuidadosamente plantadas y majestuosas coníferas. Al salir de la conversación, despedirme de la dama y pasar por la cafetería cerrada, mi vecino me dio unas palmaditas en el hombro izquierdo y dijo:

“Tengo un buen presentimiento sobre todo esto. Siento que este encierro nos ha enseñado algo a todos y ahora la gente va a salir de él: más motivada, más compasiva y más humana. Vienen cosas buenas para nosotros, Ben.

Me gustaría pensar que sí.

Y estoy seguro que ustedes también.

Ben Anson

"En el momento en que salgo (de un avión), noto que todo en mi cuerpo y en mi mente se reajusta para mí". Así lo comentó Gabriel García Márquez, cuando hablaba de su relación con el Caribe. Él sintió la conexión física y mental más fuerte posible con esta parte del mundo, y consideró que era "sepulcral" e inmensamente "peligroso" para él abandonar esa zona. Solo aquí "Gabo" se sintió "bien" con él mismo. Honduras hace eso conmigo -precisamente lo mismo que el Caribe hizo por Márquez. Una nación resplandeciente, pero problemática, de la que decididamente no he podido separarme desde 2014. Por lo tanto, trato de capturar su esencia a través de la palabra escrita.


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