El Cine y Yo

Por Ariel Glaria Enríquez

El cine Payret

HAVANA TIMES – Entrar a un cine es de esas cosas que me producen la impresión de no haber tenido una primera vez. No obstante, el primer acto consciente de estar en una sala de cine lo tuve a los siete años.

Primero fue el olor, de repente todo quedó oscuro y millones de partículas blancas salieron disparadas sobre mi cabeza dentro de una luminosa estera azul proyectando las primeras imágenes cinematográficas que recuerdo. Sucedió en el cine Payret, el filme era del género fantástico. La nacionalidad, soviética; el título, El hombre anfibio.

Los siete años fue también la edad en la que empecé a andar solo por la calle y aunque comencé a bañarme en el malecón de La Habana más tarde, desde que vi aquella película solo me faltó hacerlo. Quería nadar como el Hombre anfibio.

Cuando por fin me zambullí en el malecón por primera vez, tuve el inesperado descubrimiento de la diferencia entre ilusión y realidad, pues si no nadaba como nada todo el mundo no habría una segunda vez. Aun así, gracias a un largometraje hubo algo de romántico en esa primera zambullida.

Si aquella historia del hombre anfibio me puso en relación con el mar, fueron las de capa y espada las que lo hicieron con mi medio natural: El Zorro, El tulipán negro, El conde de Montecristo fueron mis héroes.

 A las cualidades físicas de esos personajes se unió la prudencia y la maldad de los pistoleros del oeste, de ellos, también, cierta melancolía. Con especial devoción recuerdo Pueblo embrujado, Érase una vez en el oeste, El bueno, el sucio y el malo, Por un puñado de dólares, etc.

A las películas de vaqueros se unieron las de samurái, El bravo, Los siete samuráis, Haraquiris, y algunos filmes de Ichi, aún entre mis favoritas. Había en ellas un elemento que me intrigó desde el inicio. Nunca había imaginado un héroe sin una muchacha y a los samuráis parecía no importarles el sexo.

Eso me resultó tan sugestivo que nunca invité a una chica a ver una muestra de samurái. Tuvieron que pasar muchos años para llegar a comprender las diferencias entre la sensualidad oriental, la caribeña y la mía propia. Aun así, no me he librado del hábito de disfrutar solo las películas de samuráis.

La fundación de una industria nacional de cine hizo que la televisión transmitiera buenas cintas y nos enseñara que detrás de las cámaras había todo un equipo que hace posible la ilusión.

Estoy seguro que ningún cubano de mi generación ha olvidado programas como 24 X segundo, Historia del cine, Tanda del domingo, y uno muy singular La comedia silente, que se transmitía todos los domingos por las mañanas y que tuvo un final de leyenda con su conductor, Armando Calderón.

Calderón ponía voz y sonido a los cortos silentes. En una ocasión se emocionó tanto que dijo lo que para mí es una de las frases más memorables en la historia de la televisión en Cuba. “… y esto es de pinga queridos amiguitos”.  No sé si sea cierta la versión de que eso le costó el programa, pero siempre lo consideré un gran final.

Por televisión vi toda la filmografía del Gordo y el Flaco, Los hermanos Marx, Buster Keaton y Chaplin. Las muestras de El chicuelo, Tiempos modernos, El gran dictador, para mí rebasan la simple idea del gusto.

Esa impresión me produce también El ciudadano Kane, Trono de sangre y Solaris. Las tres las vi por primera vez en televisión. En aquella primera ocasión no entendí nada, pero la fuerza de la imagen me hizo aguantarlas hasta el final.

Un día intenté contarle Solaris a un amigo en la escuela y este no entendió cómo pudo gustarme una historia que no podía contar. Hasta hoy siempre que no puedo explicar algo lo nombro síndrome “Solaris”. 

Como en todo lo demás, en la adolescencia también inicié una categoría de películas que suelo identificar como descubrimientos. La primera de todas fue Érase una vez en América. Verla por primera vez significó una revelación. Sentí que aquella trama contenía todas las que no había visto aún, las que quizás no vería nunca y las que había visto y a partir de ella adquirieron otro valor.  

De tantas veces que la vi, llegué a tener una hora favorita del día para ella. Entraba a la sala encandilado por el sol de la tarde, luego, al salir el fresco de la noche me envolvía en la ilusión de hallarme en un tiempo y espacio diferentes.

Pero hubo un elemento más que arraigó mi fe en que Érase una vez en América era una suma de todo lo que había visto: la música de Ennio Morricone. Cuando dejó de exhibirse la extrañé, así supe que había encontrado mi preferida. Entonces tenía 15 años, hoy con los dígitos de mi edad invertidos lo reafirmo.

Tiburón fue de la que más escuché hablar en mi infancia. Cuando se estrenó, por un protocolo estricto de edad que existía entonces en los cines, no pude verla. Cuando descubrí Érase una vez en América, me molestó tanto no escuchar hablar de ella que una noche, al salir del cine, juré que nunca vería Tiburón. Cuando por fin la vi, fui consciente de un hecho: Tiburón fue la gran historia sobre el mar para los habaneros de aquellos años.

Cenizas y diamantes, Ve y mira, Rashomon, Bonnie and Clyde y El sirviente fueron grandes filmes que descubrí por mí mismo en una especie de ritual que realizaba solo y que consistía en hacer un recorrido por los cines más cercanos a mi casa hasta dar con la de título más raro o provocativo.

Muchas veces repetí el recorrido antes de decidirme. Desde hace años por vulgar degradación de las circunstancias, con frecuencia mientras recorro los agros buscando viandas me acuerdo de aquellas tardes solitarias de cine.

El cine Italiano y francés tuvo gran difusión en programas televisivos como Historia del cine y Tanda del Domingo. El ladrón de bicicletas, Amarcor, entre otras obras cinematográficas, posesionaron en mí la imagen de una Europa subdesarrollada y semifeudal.

Al mismo tiempo el cine estadounidense de los setenta con Taxi driver, Harry el sucio, La huida o Serpico mostraban el caos y la violencia de ciudades como New York. Fue la época de grandes largometrajes de robos y fugas y de los años dorados del cine bélico soviético por televisión.

El festival del Nuevo Cine latinoamericano convirtió diciembre en el mes del cine de La Habana. Las muestras argentinas fueron la gran revelación de los 80. La noche de los lápices, El año del conejo, La historia oficial, etc, estaban en boca de todos. La brasileña La ópera del Malandro, que vi por aquellos años, es de esas películas que no necesito de una ocasión especial para recordarla.

Los filmes cubanos que más recuerdo en mi etapa de formación son Las aventuras de Juan Quin Quin, los animados de Elpidio Valdés y Vampiros en La Habana. Joyas como Memoria del subdesarrollo o Las doce sillas se realizaron en la década del 60. También en ese periodo comenzaron a emitirse los noticieros Icaic, una de mis añoranzas más persistentes y caprichosas.

La ciencia ficción estuvo presente en mi gusto desde que comencé a leer los subtítulos y, empezando por Solaris, hasta Picnic con extraterrestres. Mis preferidas dentro de este género hasta el día de hoy, son rusas.

Desde luego no faltan en mis preferencias algunas norteamericanas como 2001 una odisea del espacio, Blade Runner, E.T  o la primera parte de Alien. Otras como La guerra de las galaxias con todas sus secuelas y precuelas nunca he podido aguantarlas hasta el final.

Los paraguas de Cherburgo, Casa blanca, Volver al pasado, El último tango en París, Romeo y Julieta, Un círculo para dos, Cuando vuelan las cigüeñas, Hiroshima, mi amor, Candilejas, El paciente inglés, están entre las mejores historias de amor de todas las épocas. A cada una de ellas la considero absolutamente perfecta.

Recordar el nombre de los directores ha sido la dificultad mayor que he tenido que superar en mi evolución como aficionado al séptimo arte. Después de Chaplin los siguientes nombres que aprendí fueron Orson Welles, Alfred Hitchcock, Akira Kurosawua y Steven Spielberg.  Hoy conozco muchos más, pero la dificultad, como parte inseparable de la nostalgia, sigue siendo la misma.

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Ariel Glaria

Ariel Glaría Enriquez: Nací en la Habana Cuba en el año 1969. Soy orgulloso portador de un concepto en peligro de extinción: habanero. No conozco otra ciudad, por eso la vida en ella, sus costumbres, dichas y dolor son el mayor motivo por el que escribo. Estudie la especialidad de Dibujo Mecánico, pero trabajo como restaurador. Sueño una habana con el esplendor y la importancia que tuvo.

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2 thoughts on “El Cine y Yo

  • Soy cinéfila igual que tú. No puedo vivir sin el cine. Muy buena selección de pelis y recuerdos, de las mejores historias de amor en el cine te faltó Vértigo, de Hitchcock, que se va por encima del crimen perfecto que narra el filme, con una banda sonora estremecedora. A Solaris, la tengo como una de las mejores películas de Ciencia Ficción, donde también hay una historia de amor. Y una historia de amor bellisima de Michael Haneke: Amour. Donde la enfermedad y la vejez no vencen al amor.
    Blade Runner entre mis preferidas del género Ciencia Ficción, donde se mezclan muchos géneros igualmente. Te faltaron peliculas de cine negro norteamericano, las de Bogart, los melodramas de Bette Davis. Hay tanto en el verdadero cine que la lista se hace interminable.

    También Lo que el viento se llevó.

  • las peliculas de chaplin son algo increible, la genialidad de ese tipo, la forma de dominar la escena, un natural, lastima que fuera comunista.

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