Accidente y diabetes (III)

Osmel Alamaguer

Tree and Castle, Cojimar, Havana.  Photo: Caridad
Arbol y castillo, Cojimar, Habana. Foto: Caridad

Entre todo lo que se habló esperando para ver el médico, aún recuerdo aquella mujer que acompañaba a su esposo, y decía, (ignoro la otra parte del cuento) “que suerte que mi esposo es diabético, pues si no fuera por la dieta que le dan…” Eso, me impresionó mucho.

Es verdad que la dieta ayuda mucho, aunque solo se trate de 2 kilos de leche en polvo y dos postas de pollo mensuales, lo que pasa es que eso, no lo tenemos. Para mí lo más importante es acabar de diagnosticar mi mal.

Finalmente, luego de 3 horas, mi espera rindió sus frutos. Aquellas puertas que a tantos le habían permitido el paso se abrían para mí. Entonces me recibió Conrado, un hombre normal excepto por la ropa que llevaba. En lugar del atuendo de médico estaba vestido de iyabó.

En la religión afrocubana los creyentes se “hacen santo” y tienen que pasar un año vestidos enteramente de blanco, pelarse a rape y cubrirse la cabeza en ese periodo. Entonces no se le puede llamar por su nombre, sino por iyabó.

Antes de los noventa éramos más rígidos en todos los sentidos, Conrado nunca hubiera podido aparecerse en una consulta cargado de collares y vestido de Obbatalá, que es el orisha (santo) principal de esta religión.

Algo parecido a los antiguos griegos, que aunque Atenea o Apolo fueran los dioses oficiales de una región, todos respetaban y sacrificaban también a Zeus, padre de la generación de “los olímpicos.”

Allí estaba Conrado con su vestimenta frente a mi, y aunque respeto y considero a todo el que cree en algo externo -siendo yo mismo creyente de todo lo interno y ateo de las religiones- confieso que no me causó buena impresión.

Hoy en día, con el aumento de las dificultades, la religiones folclóricas se han mercantilizado mucho. Ahora cualquiera en santo y cualquiera es adivino y todos cobran mucho por sus servicios.

Entre los médicos pasa algo parecido. En realidad, entre casi todos lo que brindan servicios, insinúan o exigen propinas o regalos.

Conrado parecía ser de ese tipo, y la atención que me brindó corroboró mi sospecha.



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Cabo San Lucas, Baja California, México. Por Ray McCloud Hensley (EUA). Cámera: Google Pixel

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