La opinión del periodista

Rogelio Manuel Díaz Moreno

Julio García Luis. Foto: cubadebate.cu

HAVANA TIMES — Hace algunos meses, los medios de prensa oficiales cubanos informaron sobre la publicación del libro Revolución, Socialismo, Periodismo-la prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI. Recién lo terminé de leer, y me dio por contar las cosas notables que le vi.

El autor, Julio García Luis, participó en el movimiento revolucionario contra la dictadura de Fulgencio Batista. Después de 1959, se alineó a favor del nuevo gobierno y participó de varias de sus gestas significativas. Su vida y obra como periodista es caracterizada como sobresaliente por sus colegas, tanto que recibió el Premio Nacional de Periodismo José Martí.

Este texto realiza un aporte valioso, opino, porque hace una entrada honda en “el viejo problema de la democracia, la libertad y el papel de la prensa”, como lo llama el escritor. Esta entrada está fuertemente matizada por la trayectoria e ideología del autor, pero de eso nadie está exento. Si aceptamos su sinceridad, nos aporta más comprensión todavía, porque es un tema verdaderamente complejo, polémico y contradictorio. Y puede ser sugestivo, o solo una casualidad, pero no lo he visto por las librerías; solo lo encontré una vez en la reciente Feria del Libro.

El autor desarrolla algunas tesis que trataré de sintetizar apretadamente, para luego meter mi cuchareta. Afirma que, alrededor de 1965, se trató de desarrollar un modelo de prensa autóctono, sin lazos iniciales con el modelo de la entonces Unión Soviética, pero que terminó pareciéndose muchísimo. Esto está relacionado con que todo el entramado económico, político y social cubano de aquel entonces siguió el mismo caminito, la réplica de las estructuras verticales, autoritarias y estalinistas de Moscú.

Al principio, refiere García Luis, los directivos de la prensa cubana tenían más autonomía. Los altos dirigentes (Fidel Castro, Celia Sánchez, Armando Hart) se reunían personalmente con estos y dejaban pautas, más bien generales. Los periodistas tenían luego cierta autonomía para ver cómo cubrían las noticias y realizar los demás aspectos de su trabajo. Pasaron los años y el papel de tratar con la prensa fue asumido por aparatos auxiliares del Partido Comunista de Cuba. Los aparatos y funcionarios, según el autor, tuvieron un papel funesto y determinaron la más triste decadencia de todo el sistema de prensa. Primero, el Partido sustrajo atribuciones propias de la prensa y sus direcciones. Luego, el cuerpo burocrático de la administración de la sociedad sustrajo a su vez esas atribuciones.

La prensa perdió su autonomía y autoridad, refiere. Se impusieron criterios de conveniencia y oportunidad y la supuesta necesidad de que los hechos reales coincidieran con el punto de vista del sistema. Predominó el enfoque difusivo, vertical y positivista; se enraizó el “síndrome del silencio” sobre todo tema que no ilustrara el continuo y victorioso avance hacia el socialismo. Ya metidos en la ortodoxia, con el I Congreso del Partido (1975) se terminó copiar “casi al calco, el método soviético para aplicar la crítica en la prensa”.

García Luis señala, como consecuencia, que la prensa se volvió apologética; florecieron la censura, la autocensura y el monólogo retórico. Profesionalmente, traduce esto como monotonía, falta de agilidad y atractivo, reiteraciones entre medios supuestamente distintos; lenguaje esquemático y pobre, entre otros problemas. Apunta que los trabajadores no llegaban con su sentir real, problemas y opiniones, a los medios de difusión, y su posición revolucionaria se convertía en una ficción de unanimidad formal. Aún sin faltar a la verdad, estima, la prensa creaba un país formal en el que todo marchaba bien, todo era positivo y unánime, aún en los momentos en que el país verdadero se debatía en crisis serias, socioeconómicas y morales.

El autor considera que los altos dirigentes de la Revolución –Fidel y Raúl– estaban en contra de esta situación. Documenta varias ocasiones en que se pronunciaron por revertirla, por devolverle su papel combativo, crítico, promotor del pensamiento y los valores de la conciencia en una sociedad de hombres y mujeres socialistas. Constata, no obstante, el fracaso de los intentos desde 1974 hasta el 2011 de elevar el papel activo de la prensa en la sociedad. El modelo de prensa adoptado era incapaz de ser funcional ante los problemas que plantea el país.

En el libro se comentan detalladamente estos fenómenos, significativamente contextualizados. El hecho de exponerlos con cierta crudeza es un gran mérito del texto. Eso no quita que uno encuentre muchas limitaciones en el discurso recibido. A uno le queden muchos cuestionamientos críticos que plantear. A lo mejor el autor se quedó con cosas en el tintero, por tener un nombre, un puesto, una reputación que cuidar. Quería que le publicaran el libro, después de todo. Como yo no tengo nada de eso, suelto ahora algunas diatribas.

Es notable la fidelidad del autor hacia los altos dirigentes del Partido. Parece que estos no pueden equivocarse y, si dirigieran personalmente todo, todo estaría perfecto. Tristemente, esa letanía es parecida a la de los viejitos que dicen que los problemas son “porque Fidel no se entera de esas cosas y hay gente mala que lo tiene engañado”.

Es notable la fidelidad del autor hacia los altos dirigentes del Partido. Parece que estos no pueden equivocarse y, si dirigieran personalmente todo, todo estaría perfecto. Tristemente, esa letanía es parecida a la de los viejitos que dicen que los problemas son “porque Fidel no se entera de esas cosas y hay gente mala que lo tiene engañado”.

Julio García Luis no se cuestiona, ni por un momento, cierta concepción de socialismo que parece que debemos dar por sentada. En esta, hay un Partido que merece toda nuestra pleitesía, que debe dirigir y controlar a través del Estado y del Gobierno. Se puede criticar el aparato administrativo de estos últimos, pero cuestionar al Partido está fuera de lo concebible.

Sin embargo, se puede argumentar que, con esa concepción de socialismo, no se puede llegar a otra parte. Bien observa el autor que el todopoderoso Partido termina fundido con el aparato administrativo, por lo que cuestionar a este equivale a molestar a aquel. Y como García Luis partió de aceptar que el Partido debe dirigir a la prensa, no pudo resolver el dilema de que dicha fuerza política sea, objetivamente, juez y parte. Otro principio fundamental que queda en entredicho, es el de propiedad social de la prensa. Queda en entredicho, si un estrato de funcionarios puede ponerle los yugos que el autor llora.

García Luis estima que la prensa puede seguir tres modelos: de mercado, el soviético y uno de Estado. Que los dos primeros son malos, y el tercero debe ser el mejor. Ahora, de acuerdo con una concepción de socialismo que no debería ignorar, el Estado debe tender a la desaparición, como recordó Fidel Castro en el citadísimo Palabras a los intelectuales. Pero García Luis prefiere una concepción donde se manifiesta una enorme concentración de poder ¿y luego se queja de que los cuadros se acostumbran a actuar discrecionalmente?

Y el último, y más terrible cuestionamiento, emana de la cita de Fidel que hace el autor, según la cual “nadie sabe cómo construir el socialismo”. Como ningún ideólogo del sistema, que yo sepa, ha discrepado, cabe preguntarse ¿el Partido que nos exige seguirlo, no sabe en realidad a dónde vamos?


5 thoughts on “La opinión del periodista

  • el 4 marzo, 2015 a las 5:54 am
    Permalink

    Como quiera que se ponga, habrá que reconocer que Julio García Luis fue uno de nuestros más lúcidos teóricos y analistas del periodismo pos 59. Como pocos en el medio, ejerció la capacidad de detectar la pata de la cual cojeaba el periodismo revolucionario (una y otra vez), que eventualmente derivó en redacción de mesa del Departamento Ideológico, donde no sólo se les ha enmendado la plana a tantos redactores “rasos” de cualquier publicación, sino que además han pasado por la cuchilla los propios textos y declaraciones de Fidel y Raúl. Nadie se ha salvado de esta maquinilla.

    Hace un tiempo publiqué en HT “Escribir un país”, (www.havanatimes.org/sp/?p=95260), a guisa de reseña y microentrevista con uno de los autores del libro Periodismo y Nación. Lástima que el texto de marras duró en este blog lo que el consabido merengue a la puerta de un colegio, porque si bien el compliador principal del mencionado título fue una persona vinculada al Gobierno (y quizás por eso lo fugaz del texto en pantalla), no por ello careció de la visión para comprender los males que nos aquejaban en este sector tan influyente sobre la sociedad.

    La decisión de Germán Amado Blanco de juntar esfuerzos con el joven Yasef Ananda , y dar a conocer el volumen Periodismo y Nación, tuvo por superobjetivo mostrar a las nuevas generaciones de cubanos que en la Isla tuvimos una época de oro en el periodismo nacional, cuando una multiplicidad de voces (de distinta orientación política e ideológica, pero coincidentes todas en su enjundia intelectual y su amor por Cuba) generaban un rico entramado de debates y propuestas.

    Hoy aquella fructífera coyuntura es apenas un recuerdo. Pero si alguna vez queremos llenarnos la boca de nuevo, afirmando que hay buen periodismo en Cuba, habrá que lograr algo como aquéllo. O mejor aún. No hay más vueltas.

  • el 4 marzo, 2015 a las 5:34 am
    Permalink

    Esto me recuerda la historia del perro que se le murio el amo e iba todos los dias a esperarlo a la parada del bus

  • el 4 marzo, 2015 a las 5:23 am
    Permalink

    Si Fidel y Raúl estaban en contra de tanto control de la prensa, de tanta sumisión de los periodistas, por que se han demorado tantos años en lograr el cambio que necesitaba el periodismo?. Acaso no tenían y aun tienen todo el poder del mundo y el cuartico esta igualito?. Recuérdese de la frase “Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada” y como la revolución son Fidel, Raúl y el PCC no se que más se podría hacer.

  • el 4 marzo, 2015 a las 1:12 am
    Permalink

    Interesante tema el que ha traído a estás páginas Rogelio Manuel. Cuando yo estudiaba Periodismo en la UH (entonces la Perestroika soviética estaba en su punto) recuerdo, muy bien, cuando el Profesor Julio Gracía Luís nos dió algunas conferencias. Era -yo- muy joven y sin ser un alabador de la Revolución, tampoco era un crítico acérrimo, pienso que debido a mi ignorancia por muchas cosas que hoy conozco. No obstante, los aires libertarios que nos llegaban acerca del -posible- viraje del, entonces, Campo Socialista -a través de revistas que empezaban a ser críticas por la Glassnot, algunas películas que se colaron en los festivales de cine y los comentarios de los -raros-cubanos que regresaban forzosamente de aquellos horizontes (por esos momentos más rosaditos que rojos) tiraban por tierra aquella venda que teníamos todos -en mi caso era un trapito mal amarrado-. Nunca olvidaré las clases con aquel señor: amable, de mirada dulce, hablar pausado, acequible, que escuchaba nuestros cirterios sin sonrojarse y con -cierta e irónica- aprobación. Sus respuestas a nuestras juveniles y -?polémicas?- interrogantes jamás fueron esquemáticas, ni mucho menos retóricas. Defendía sus ideas -a favor del sistema, por supuesto-, pero oía con interés y respeto nuestros puntos de vista ya bastante -digamos- contestatarios para la época. Fue la primera vez, en los 5 años de carrera, en que escuché a alguien del “aparato” que me sedujera con su innegable sapiencia y modestia (y mira que nunca he sido fácil de convencer). A tal punto, que cuando hice una de mis “prácticas de familiarización” en el diario Juventud Rebelde, en el edificio donde se concentran las órganos de prensa principales de la isla (al lado del Comité Central), este profesor me identificaba en el comedor común del personal -a mí que era más bien uno del montón en la facultad- por mi propio nombre y, hasta alguna vez, me invitó a conversar a su oficina -él que era, prácticamente, un intocable-. A decir verdad, yo creo que él era honesto con sus ideas y que, aún adorando al Socialismo, no estaba de acuerdo con los desmanes que ya por años venían ocurriendo en la isla con relación al Periodismo (y quizás otras prácticas). Y, posiblemente, por esa honradez auténtica de criterio, era que lo dejaban tranquilo y no se metían con él. Quizás, como conservación de algo muy puro -y de lejana o frágil referencia-, entre tanta mierda. Por eso leyendo la crítica de ese libro de título abominable, reconozco a mi antiguo y ocasional profesor: de los pocos seres humanos en ese mundillo -donde sobreviví por un buen tiempo- por los que sentí respeto y (romántica) admiración.

  • el 3 marzo, 2015 a las 6:26 pm
    Permalink

    no se por que el autor se gasto su tiempo en leer y tratar de analizar algo de Julio Garcia luis…es como tratar de analizar algo de Iroel sanchez, Randy Alonso, Atilio Boron, etc,etc…. desde su inicio, el comunismo, el socialism real se trazo como meta, instaurar una dictadura, controlar la sociedad, hacer un Mundo Nuevo, perfecto, partiendo de la Sub-historia que recogia del pasado burgues, capitalista, esclavista, etc,etc..eso implicaba cambiar la conducta a partir de cambiar el pensamiento, ensenarle el Camino al pueblo confundido y analfabeto… En Cuba alguien que alcance estas Alturas en el periodismo o intelectualidad, tiene que ser un repetidor, con mayor o menor originalidad y/o descaro que el discurso del oraculo de turno. Podra revestirlo de citas de filosofos, cifras macro o micro,etc,etc.. pero en el fondo el mismo discurso. Nada mas…..

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *