Con el perdón de los perros

Yusimí Rodríguez

Dia de lluvia en La Habana. Foto: Caridad

HAVANA TIMES, 10 Nov. — Jaime es un tipo al que le suceden cosas que me resultarían inverosímiles si no viviera también en este país.  Esta no es la primera vez que me cuenta una de sus aventuras para que la publique en Havana Times.

Lo que voy a relatar en esta ocasión le sucedió el 14 de octubre, precisamente la tarde en que la depresión tropical Paula atravesó nuestra capital.

Esa mañana Jaime se dirigió a la oficina comercial de ETECSA (Empresa de Telecomunicaciones de Cuba SA) ubicada en la calle Obispo de la Habana Vieja para comprar un teléfono celular chino de 55 CUC.

Llegó alrededor de las doce del día y encontró un cartel que informaba que los servicios de venta de celular y recarga de tarjetas empezarían a brindarse a partir de las 5:00 pm., pues antes de esa hora el personal de la oficina estaría en un reunión.

Algunas de las personas decidieron permanecer en el sitio y esperar las cinco horas.  Jaime fue de los que optaron por irse e intentó comprar el celular en la oficina de la Villa Panamericana, pero allí encontró un problema similar, por lo que regresó a visitar a su padre en Centro Habana, y a eso de las 5:30 salió nuevamente para la oficina de ETECSA en la calle Obispo.

Cuando estaba llegando al Parque de la Fraternidad ya el tiempo se había deteriorado bastante; la lluvia y los vientos eran muy fuertes, había ramas de árboles en la calle y tuvo que esperar unos minutos en el portal del Palacio de Computación, pero luego tuvo miedo de que cerraran la oficina y sobre las 6:05 cogió un taxi, que le costó bastante caro, hasta el cine Payret, y desde allí, de portal en portal, luchando contra el viento y la lluvia, llegó a la oficina de ETECSA.

Al llegar le llamó la atención encontrar una cola de doce personas afuera de la oficina, adentro solo había cuatro clientes a pesar de que el salón es bastante amplio (lo he visto personalmente) y del fuerte aguacero que estaba cayendo.  El custodio de la puerta les había informado que dentro del salón solo podía haber cuatro personas, pero Jaime quiso de todas formas pedir una explicación y tocó la con los nudillos.

La puerta y las ventanas son de cristal, así es que todo el personal de la oficina estaba viendo que afuera había trece personas empapándose y encogidas como pollos.  Como si hubiera algo que explicar, Jaime le dijo al custodio que el salón era bastante amplio y que afuera había solo trece personas que estaban empapándose, que por favor los dejara entrar.

Puedo imaginarme la escena porque conozco a Jaime, un tipo delicado que habla en voz baja, despacio, con un tono casi triste; es el típico ciudadano que sigue las reglas e intenta actuar según lo que está establecido.

El hombre le respondió que las órdenes superiores eran que debían esperar fuera.  Mi amigo aún tuvo la ingenuidad de pedir que le llamaran a la gerente.  El custodio le informó que las órdenes habían sido precisamente de ella.

Jaime regresó a su lugar en la cola, a continuar recibiendo su cuota del aguacero; desde adentro, el personal de la oficina los veía mojarse sin el menor signo de sensibilidad, como si los que se mojaban fueran perros (con el perdón de los perros).

Mientras se le pegaba la ropa mojada al cuerpo y temía por su salud, Jaime supo que el servicio no había comenzado a las 5:00 pm.  como estaba planificado.  A esa hora, el personal de la oficina decidió que no iba a atender a nadie, pero las personas que habían estado esperando allí desde las 12 del día reclamaron y a las trabajadoras no les quedó más remedio que brindar el servicio, a regañadientes, pero empezaron a las seis de la tarde.

Se me ocurre que como la venganza es un plato que se come frío, los tuvieron allí esperando su turno bajo la lluvia.  Como si no fuera suficiente, el servicio era extremadamente lento.  De las cuatro estaciones destinadas a atender al público, sólo lo hacían dos.

En este punto, los perros, o sea los clientes, estaban desesperados (más) y pidieron que por favor, al menos se atendiera de cuatro en cuatro para agilizar el proceso.  Trataron de hacerlo en la mejor forma, sin reclamar, como hubiera sido su derecho, por miedo de que decidieran suspender el servicio por completo.  Tampoco eso fructificó.

Durante su espera, notaron que de vez en cuando aparecía alguien y se acercaba a la puerta, el custodio la entreabría un poco, el recién llegado le daba un dinero y él iba adentro para hacerle la gestión.  Tal vez era esto lo que se suponía que hicieran los que estaban en la cola, tal vez se hubieran evitado el aguacero y el viento dándole un dinerito al custodio, pero esto es pura especulación mía, claro.

Lo que no es especulación en lo absoluto, es que a las 7:25 la gerente se acercó al custodio para decirle que a las 7:30 en punto se detenía el servicio (a pesar de que habían comenzado a brindarlo una hora después de lo planificado).  La puerta estaba entreabierta en ese momento porque el custodio conversaba con alguien de afuera, y los clientes aprovecharon para intentar llamar a la gerente que no se molestó en mirarlos.  Se retiró a un punto alejado de la puerta, desde donde podía verlos mojarse.

A las 7:30, con absoluta puntualidad, el custodio se asomó para informar que el servicio terminaba por ese día.   Había afuera en ese momento tres personas que continuaban mojándose y miraban atónitos hacia adentro, todavía con la esperanza de que se conmovieran y los dejaran entrar.

Los imagino y solo puedo pensar en la eterna fe del cubano; cuando llevamos dos horas esperando por una guagua todo lo que se nos ocurre decir es “el que espera lo mucho, espera lo poco.”

Y seguimos esperando, con fe.  Nos maltratan y todo lo que se nos ocurre es esperar que se conduelan de nosotros, que alguien nos conceda ciertos derechos (que son nuestros desde el principio), y si se da el caso de que nos traten bien, que no es más que su obligación, creemos que nos han hecho un favor.

Estoy casi segura de que si a estas personas les hubieran permitido pasar a la oficina, después de dejarlos mojarse solo unos veinte o veinticinco minutos, ni se les hubiera ocurrido quejarse porque a fin de cuentas les habían resuelto y solo se habían mojado un poquito.

Pero al parecer, este no es un suceso aislado y solo demuestra las características de las oficinas de ETECSA en la capital, pues las personas que estaban con Jaime comentaban que esa falta de delicadeza en el trato con las personas era típica en las oficinas de La Habana.

Uno de ellos aclaró que en otras provincias las cosas eran diferentes.  Lo otro que les llamó la atención fue el hecho de que dentro de la oficina, todas las personas que estuvieron viéndolos mojarse sin conmoverse, eran mujeres.   Para mí lo importante, y lo triste, es simplemente que se trataba de personas que no se conmovieron ante otras que esperaban bajo un aguacero y corrían el riesgo de enfermarse.

Jaime tuvo que marcharse a casa empapado, agobiado, molesto, sin celular (a pesar de tener la suerte de contar con los 55 CUC para comprarlo, a diferencia de la mayoría de la gente en Cuba).

Lo más simpático de este asunto es que al otro día supo que podía comprarlo en Alamar, precisamente dónde vive.  Se hubiera ahorrado el tiempo y mal rato si en la guía telefónica hubiera aparecido la oficina de Alamar entre los establecimientos dónde se pueden adquirir celulares.

Lo supo casi de manera fortuita porque decidió llamar por teléfono a la oficina.   Mientras estaba allí para comprar finalmente su celular, vio en una pared un cartel que refleja los derechos de los clientes de ETECSA.   Dos en especial le llamaron la atención, mientras recordaba el incidente del día previo: 1) Recibir un trato amable y ser escuchado con respeto.  2) Tener las condiciones adecuadas para la seguridad, protección de la vida, la salud y conservación del medio ambiente.


5 thoughts on “Con el perdón de los perros

  • el 12 noviembre, 2010 a las 12:24 am
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    Ciertamente, ya la “masa” está en su punto crítico, OJALA, y lo repito: OJALA y no se eche a perder, y salga en lugar de un “pan” bueno, un “PAN CON HORMIGAS” de todo esto, el pueblo es como el elefante: NO OLVIDA, dolorosamente toda esos “empleados” y “empleadas”(beneficiados con estimulación en CUC, celulares, etc) no saben que como bien deja entrever él que me antecedió, tendrán un día que pasar por la picota pública, y entonces todos esos abusos, todos esos maltratos, les serán contados, y será el lloro y el crujir de dientes.

  • el 11 noviembre, 2010 a las 11:51 pm
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    Eso solo es posible en el sistema ese que hay en cuba.

  • el 11 noviembre, 2010 a las 8:58 pm
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    Sigo …con otra historia…me case con una Colombiana,con ella tengo un hijo!…al principio fue algo “dificil” porque….me “exigia” que le dijera por favor!! cuando le pedia algo, por ej. alcanzame una cuchara por favor!? si no se lo decia! entonces ella me decia “por Favor”,en Cuba se ha perdido ese trato,o esa Cortesia!..lo que escribe Raul……buena pregunta DONDE LAS COSA SON DISTINTAS??…habia escrito un poema….que la Titule 1MIS ESTRELLAAS….porque creo que es en el unico lugar que no te “JODEN!! saludos

  • el 11 noviembre, 2010 a las 8:46 pm
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    Hace 2 años viaje a Cuba a visitar a mi papa enfermo(despues de 16 que no iba),estando en un Restaurante,con mi hijo(en Manzanillo)(provincia granma),cada vez que nos traian algo yo le decia “gracias”..si pedia algo,le decia “por favor”…bueno de tanto “por favor” y “gracias” ella al final me pregunto “tu eres cubano”??..le conteste si ! soy Cubano..ahhh !! se nota,le pregunte porque…?? no!! me respondio ella !! porque siempre estas diciendo “por favor y gracias”!!….como he opinado en esta pagina! vivo en Berlin..si vas a Comprar un pan,el que esta vendiendo te saluda y te dice Bitte(traducido “por favor”…cuando le pagas ..te dice “danke schön) traducido “gracias”,y uno le devuelve el “gracias”…uno gano su dinero y el otro el Pan,existen reglas en los “negocios”,esto es mio?..o no?…en si en Cuba ..no existen “perros”…lo que existe es ! que “nadie es Dueñ de nada” los de de a pie!!(aclaro)!!!?? saludos

  • el 11 noviembre, 2010 a las 9:41 am
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    etecsa, la guagua, correos, el banco, la mayoría de las tiendas, la panadería, los kioscos, las cafeterías y el agro… ¿dónde las cosas son distintas? ¿en qué establecimiento no hay esta clase de perros(me refiero a los de adentro, a los que portan el uniforme y se jactan de tener un mínimo de poder -y lo ocupan avasalladoramente-) cuya barbajanería y abuso se acaba al salir a la calle?
    … de pronto me viene a la mente un dicho muy latinoamericano: ARRIEROS SOMOS Y EN EL CAMINO ANDAMOS.

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