Vida después de la cárcel para nicaragüenses

Ilustración: Juan Garcia / Conifidencial

Sin empleo, “fichados”, perseguidos o en el exilio, intentan reconstruir sus vidas pese al estado policial, la pandemia y la crisis económica

Por Ivette Munguía  (Confidencial)

HAVANA TIMES – Las vidas de los reos políticos del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo cambiaron para siempre. No solo perdieron su libertad, sino también sus medios de subsistencia: negocios, emprendimientos, cultivos. Al salir de prisión, se encontraron con casas y negocios saqueados, deudas acumuladas y las dificultades de poder salir adelante cargando el costo de ser opositor al régimen, en una Nicaragua en depresión económica y ahora en la crisis sanitaria por la covid-19. El plan de todos, sin embargo, sigue siendo el mismo: no rendirse.

Kisha López: Quienes me debían “desaparecieron”

Kisha López no pudo soportar el llanto al regresar a su casa tras once meses de prisión ilegal y encontrar su vivienda y su negocio destruidos. “No tenía ni un córdoba en la bolsa”, recuerda, y de su comercio de electrodomésticos, joyas, ropa usada y créditos personales solamente quedaban vidrios rotos y una lista de deudores, que incluía a simpatizantes orteguistas que ahora se rehusaban a pagarle.

Esta mujer trans, originaria del departamento de Carazo, fue condenada por el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo por supuesto financiamiento al terrorismo, y todo lo que construyó con sus años de trabajo fue destrozado o robado durante el allanamiento de policías y paramilitares.

“No era adinerada, simplemente soy una persona que busca la vida”, afirma. El nueve de julio de 2018, cuando fue arrestada, la Policía le confiscó 36 600 dólares, 55 600 córdobas, joyas, una motocicleta y todos los electrodomésticos de su negocio. Ese mismo día también “desaparecieron” todas las personas que le debían dinero, la mayoría trabajadores del Estado, que “se hicieron los bravos”, relata.

Kisha López estuvo en una cárcel de hombre durante más de 10 meses. A ella la acusaron de financiar los tranques de Diriamba. Claudia Tijerino | Confidencial

Cobrar las deudas resultó “una pesadilla” para Kisha. Un alto funcionario del Ministerio de Educación (Mined) “me dijo que si yo seguía llegando a cobrarle ahí, me iba acusar de que lo andaba amenazando de muerte. Entonces, yo por miedo a volver a ser encarcelada lo deje así”, recuerda.

De más de 30 000 dólares que tenía colocados en créditos, Kisha únicamente recuperó 3000 dólares. Tuvo que vender el automóvil que le quedaba para reparar su casa y reiniciar su negocio de ropa usada. La decisión que tomó tras llorar al regresar a su vivienda fue que no iba a mostrar ninguna debilidad. “Esa es mi vida, y ahora es ir hacia adelante”, reflexiona.

Yubrank Suazo: Tejer para resurgir de las cenizas

En el taller de hamacas de la familia Suazo, en Masaya, se siente entusiasmo y ganas de trabajar. Las manos de cada artesano tejen hilos de colores, y también los sueños de una familia que anhela reposicionarse como los mayores exportadores de hamacas de Nicaragua. La calidad de los productos es indiscutible, pero los turistas no se atreven a visitar este lugar como lo hacían dos años atrás. El taller es también la casa del exreo político Yubrank Suazo, quien intenta recuperar la vida, la casa y el negocio que perdió durante la Rebelión de Abril.

Yubrank fue arrestado el diez de septiembre de 2018, acusado “terrorismo” y fue excarcelado en junio de 2019, bajo la Ley de Amnistía, calificada como una autoamnistía para el régimen orteguista.

La familia Suazo es conocida internacionalmente por sus hamacas.

Las pérdidas económicas por el inmueble, los artículos del hogar y la materia prima del negocio superan los 50 000 dólares. Yubrank asegura, sin embargo, que su familia conserva intacto “el espíritu de superación”. Los Suazo han vuelto a fabricar hamacas, arreglos florales y bolso, porque “no podemos quedar con la mentalidad de hacernos siempre las víctimas. Creo que eso no ayuda en nada al crecimiento emocional, ni económico”, afirma Yubrank.

Comenzar de cero y con el estigma de ser exreo político no ha sido fácil, pero tampoco imposible, asegura. Para Yubrank y su familia lo más complicado ha sido el asedio porque “eso no permite que el turista quiera arriesgarse a venir (a comprar) a la casa, porque pueden vincularlo con acciones meramente políticas”. Actualizar la información del negocio en la Dirección General de Ingresos (DGI), para tramitar permiso de exportación también fue complicado. “Nos pedían información que ellos ya tenían en el sistema y que nosotros no la teníamos porque se nos quemó la casa”, recuerda.

Kenia Gutiérrez: “Solo las deudas me quedaron”

Desde fue excarcelada, el 20 de mayo de 2019, la exrea política Kenia Gutiérrez se ha cambiado de casa en trece ocasiones. El asedio en contra de ella y sus familiares es el principal obstáculo para que pueda retomar su vida y su negocio en el punto donde estaban antes de la Rebelión de Abril. La persecución la obligó a salir del municipio de El Viejo, en Chinandega, y trasladarse a Managua, pero en la capital tampoco ha logrado establecerse.

Cada vez que Kenia se hospeda en algún lugar, la Policía llega a asediar. La presencia constante de los uniformados ha provocado que los propietarios de los inmuebles la echen a la calle. “No podes estar aquí”, “no queremos problemas”, le han dicho en múltiples ocasiones. En otra oportunidad, le dieron un plazo de una hora para desocupar el apartamento. “Yo simplemente no tenía donde ir, ni cómo hacer. Ha sido bastante difícil”, lamenta.

Kenia Gutiérrez

Su negocio de venta de motocicletas en Chinandega quebró completamente después de haber sido saqueado. Las personas que le debían dinero no volvieron a pagar y sus créditos con los bancos continúan acumulando intereses.

Las pérdidas que dejó el saqueo ascienden a 11 700 dólares en productos y cerca de 300 000 córdobas en mercadería de crédito. “Solo como tres personas terminaron de pagar, los otros simplemente no han pagado”.

Cuando aún estaba en prisión, sus familiares llegaban a visitarla a la cárcel La Esperanza, y no podían llevarle nada, porque “simplemente no había dinero, con costo conseguían los pasajes”, recuerda.

Para Kenia “no hay manera” de volver a comenzar el negocio que tenía en 2018: “prácticamente estamos en la quiebra y con jaranas en los bancos… Solo las deudas me quedaron”.

Cristhian Fajardo: “No puedo estar peor que en la Galería 300”

Antes de terminar en la cárcel por protestar contra el régimen de Daniel Ortega, Cristhian Fajardo podía tomar su motocicleta Harley Davidson e irse de viaje desde Panamá hasta México. Estaba recién casado y era propietario de un hotel en la ciudad de Masaya, que fue quemado el 20 de junio de 2018. Un año después, cuando fue excarcelado, “prácticamente estaba en quiebra” y lleno de deudas.

Las pérdidas por el incendio rondan los 300 000 dólares, entre el edificio y todo lo que fue saqueado o consumido por las llamas. “Era mi único medio de ingreso”, recuerda Cristhian, hoy en el exilio junto a su esposa María Adilia Peralta, también exrea política del régimen.

Después de la cárcel, Cristhian solo tenía “deudas que cumplir” y aunque asegura que en varias ocasiones “intentaron comprarlo”, él se mantiene firme en sus convicciones, porque “a esta lucha no entré buscando hueso. Yo tenía mi vida económica resuelta”, agrega.

Para Cristhian, viajar era su pasión. Había visitado Europa y Estados Unidos en múltiples ocasiones, pero “después de salir de prisión el único viaje que tuve prácticamente fue para el exilio”, lamenta. Ya no cuenta con los recursos que tenían antes y en el exilo le ha tocado dormir con su esposa en la sala de un apartamento alquilado por su mamá, quien es ciudadana americana.

El exilio “no es fácil”, asegura. Hoy divide su tiempo entre buscar los medios para sobrevivir y su trabajo político. Hay momentos en que se encuentra desanimado, entonces se desconecta de las redes sociales, pero “cuando me vuelvo a llenar de energías continúo en mi trabajo político”, señala.

Cristhian reflexiona sobre su condición actual y compara “por muy mal que esté, no puedo estar peor que como estaba en la Galería 300, en la 3-1 de la cárcel La Modelo, ahí me estaban matando lentamente”.

Ana Cecilia Hooker: “No me quiero rendir”

A la exrea política Ana Cecilia Hooker la han visto vendiendo bisuterías en las iglesias, en reuniones importantes o en conferencias de prensa. Las pulseritas azul y blanco que, ella y otros exreos políticos vendían al salir de la prisión, se volvieron tendencia entre los nicaragüenses opositores al Gobierno. Pero antes de la Rebelión de Abril, Ana Cecilia era docente universitaria, promotora de Derechos Humanos y en su tiempo libre atendía una pequeña tienda de artesanías en Somoto, al norte de Nicaragua, hasta que fue arrestada el 19 de noviembre de 2018.

Desde que comenzaron las protestas contra el Gobierno, el negocio de Ana se fue en picada. Los partidarios del régimen comenzaron a boicotear su trabajo: primero corrían a los clientes que llegaban a la tienda, luego colocaron su fotografía en el zonal del Frente Sandinista, en Madriz. “No me dejaban trabajar por mi propio medio. En septiembre 2018 ya no podía salir de mi casa, no podía salir a comprar materiales, tenía mis vitrinas destruidas, hasta que me secuestraron”, recuerda.

Ana Cecilia Hooker

Cuando fue excarcelada, en febrero de 2019, ya no tenía negocio, ni ahorros y su familia estaba desgastada económicamente. Antes ser encarcelada, ella era “el sostén de la casa” y no se podía rendir. Volvió a hacer bisuterías y “donde yo voy, yo llevo mi venta” afirma. En algunas ocasiones la gente la felicita y otras veces la critican, pero ella tiene un argumento: “Es una situación difícil, pero tengo a mi hija y yo tengo mis necesidades y si no trabajo no como”.

La venta de bisuterías tampoco es la mejor. Nicaragua enfrenta una depresión económica y Ana ni siquiera puede vender en un punto específico, porque carga el estigma de ser exrea política. Tampoco se atreve a vender por Facebook por el temor de tener que reunirse con desconocidos. Pese a todas las vicisitudes, asegura, “yo creo en mi proyecto, es algo que tenía desde antes, no me quiero rendir”.

Max Cruz: La tierra es “mi único medio de vida”

En algunas ocasiones, cuando el exreo político Max Cruz, intenta salir de la Isla de Ometepe –de donde es originario– los administradores del ferri no lo dejan embarcar. Regresa a su finca, caminando con dificultad, porque la fractura que le causaron durante su arresto, en octubre de 2018, no fue bien curada durante los seis meses que permaneció en prisión. Sus limitaciones para movilizarse, sin embargo, no le han impedido retomar su vida, junto con sus tres hijos, que recuerda encontró “como pollitos perdidos” el 15 de marzo de 2019, cuando salió de prisión.

La finca de Max luce abandonada, porque “uno de mis hermanos se suicidó o lo mataron, solo Dios sabe lo que pasó con él, y mi otro hermano se tuvo que ir (al exilio) a Costa Rica”, durante los días de la Operación Limpieza, en 2018, relata. Con ayuda de algunos amigos, Max logró “sembrar unos frijolitos para comer, no están tan buenos, pero es algo. También sembramos un producto que se llama cúrcuma y otras hortalizas, pero ahora tenemos otro problema, tenemos cierta producción, pero no tenemos mercado”, lamenta.

Max Cruz Foto: Carlos Herrera | Confidencial.

Las pérdidas económicas en la finca son difíciles de calcular, no han podido cultivar la mayoría de la tierra, y la dos casas de la propiedad tienen el techo y las paredes agujereadas por los disparos de la Policía durante el arrestó que sufrió junto con su esposa Marbi Salazar. En la pulpería que tenían solamente quedan estantes vacíos y refrigeradores viejos.

A Max se le dificulta permanecer mucho tiempo de pie o sentado. En la cárcel adquirió una bacteria en la pierna fracturada y un año después no ha sanado completamente. Ocasionalmente, viaja a Managua para recibir atención médica, hay días que no tiene dinero “ni para el pasaje”.

Emprendimientos, pese al asedio

Después de la cárcel la vida no vuelve a ser igual, menos para los más de 850 presos políticos del régimen orteguista, que tras sufrir torturas en las cárceles de la dictadura aún enfrentan el asedio policial. Para ellos las barreras traspasan la prisión, soportan persecución y acoso permanente.

El encierro los dejó prácticamente en la calle, sus familias se endeudaron y las oportunidades laborales se redujeron aún más. Hoy intentan resurgir pese a las dificultades, mientras la mayoría continúa haciendo oposición.

Ante los obstáculos para encontrar un trabajo o poder retomar sus estudios, varios exreos políticos también han emprendido sus propios negocios. En Matagalpa, los estudiantes universitarios y excarcelados políticos Dilon Zeledón y Roberto Büschting comenzaron un negocio de venta de café llamado Tattoo Café, que esperan pueda crecer para poder emplear a otros exreos políticos en dificultades similares, según publicaron en sus redes sociales.

También Victoria Obando, universitaria y exrea política trans, ha instalado un pequeño comedor que bautizó “Antojos, café y postres”, en Colonial Los Robles.

Y el exreo político Ulises Rivas, originario del municipio de Santo Domingo, en Chontales, relató al periodista Noel Miranda, de Artículo 66, sobre su negocio de venta de hamburguesas, que ha llamado “Esa flaca rica”.

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