Los adolescentes cubanos ya no tienen complejos ni miedos

Un grupo de adolescentes del preuniversitario comparten contenido audiovisual a través de un celular. (14ymedio)

Saben que están vigilados, entienden los límites de la manipulación y el miedo que viene “de arriba”, pero les importa muy poco

Por Xavier Carbonell (14ymedio)

HAVANA TIMES – Si algo sorprendió al Gobierno cubano durante las protestas del 11J fue la gran cantidad de adolescentes que salió a las calles. Empeñados en la vigilancia de activistas y medios independientes, o en la atención a centros de trabajo y universidades, la Seguridad del Estado pareció descuidar a los muchachos cuya edad está por debajo de los 18 años.

Fueron ellos, celular en mano, quienes se las arreglaron para mantener activas las VPN e informar a sus familias sobre la situación del país. El precio que pagaron fue alto: según la Fiscalía General de la República, de los 760 procesados tras las protestas, 55 tienen entre 14 y 17 años de edad. Desde entonces se ha redoblado la cautela en las secundarias y preuniversitarios.

Sin embargo, y a pesar del miedo inoculado en escuelas y familias por parte del régimen, los muchachos “no escarmientan”. Desde Twitter, Facebook o Instagram, miles de adolescentes hablan —alto, con su propio lenguaje, mediante códigos y dobles sentidos— de sus principales problemas: la falta de futuro, la necesidad de dinero, la angustia familiar por los apagones o la comida, la migración, el adoctrinamiento en el sistema educativo, el servicio militar y la precoz chivatería escolar.

Le cuento a K. —llamémosle K., como el personaje de Kafka— que me interesa saber cómo se ve Cuba desde el día a día de un adolescente. Esa noción es relativamente nueva. Mis abuelos —nacidos y criados en la Cuba más pueblerina— pensaban que con 16 años los muchachos eran hombres y las muchachas, mujeres. Ahora la adultez se retrasa, como mínimo hasta los 18; la vida corre a un ritmo distinto.

Eso no impide que K. tenga opiniones —la mayoría claras y afirmativas— sobre la política, la sociedad y la economía de su país. A veces ve el noticiero, le gusta el café y suele cantar estribillos de canciones de trap. “La música le da un poco de color a todo”, dice, “si no ya estaría fundío”.

Está en segundo año del pre, pero eso es solo un decir. En Cuba ya nadie se prepara para la universidad y menos aún para el futuro. Pero allí tiene a sus amigos y algo hay que hacer.

“Me levanto por la mañana, me tomo el desayuno que con tanto esfuerzo mi mamá consigue. Los días que tengo clases camino más de dos kilómetros hasta la escuela bajo un sol caribeño en su mejor punto, ya que no hay un sistema de transporte público constante y eficaz”.

Reconozco la ruta: una calle larga que cruza la ciudad y por la que sólo deambulan los carretones de caballo. El polvo, el estiércol, los baches y el cochero —arisco y antipático— le dan al camino el ambiente de una película wéstern.

“Bueno”, sigue K., “por la tarde vengo de la escuela. Se repite la misma historia del sol y la caminata. Llego, me baño, almuerzo algo y viro, caminando por calles tristes y viendo las fachadas destruidas por el paso del ‘huracán dictadura’. Entro a mi aula con el piso de cemento lleno de huecos. Calor, mosquitos. El olor del baño que es irresistible”.

“Y además, sin deseos de estudiar: un título cubano no sirve en ninguna parte del mundo. Regreso a la casa. Calcula: ya van ocho kilómetros a pie. Llego muerto, me quito el uniforme y me acuesto a descansar un rato. Cuando me levanto comienza el ‘proceso del aburrimiento’: ni parques hay ya para ir. Así que me siento en los sillones un rato a conversar con mi familia sobre un futuro cercano fuera de esta isla-cárcel. Después, mijo, me voy a dormir”.

Cometí el error de preguntarle a K. cómo veía a Cuba dentro de cinco años. “No me la quiero ni imaginar”, responde. “Si se cayera el comunismo no me quedaría. Cuba va a demorar muchos, pero muchos años en ser un país. Y el que no conoce su historia está condenado a repetirla”.

A veces K. habla con el resabio de un adulto, como si hubiera tenido que aguantar demasiados golpes. Es natural. El niño cubano se educa casi siempre entre los viejos y en casas muy pequeñas. A medida que crece, los problemas y angustias domésticas se heredan, se conversan y se sufren en conjunto.

Es la acumulación de esas inquietudes a destiempo lo que hace al adolescente cubano más despierto, más maduro, pero lo lanza también a una especie de amargura congénita, que carga toda la vida.

Un factor adicional de esa ansiedad es el Servicio Militar —”el verde”—, obligatorio en Cuba, y que funciona como rito de paso en la sociedad totalitaria. “Hay una parte de los padres que piensa que ‘el verde’ nos hace más hombres, pero para mí eso no influye en nada. Es injusto porque es forzoso. Ni siquiera puedes ‘jurar bandera’ personalmente. Otra persona lo hace por ti. Y si protestas por eso…”

K. no está lejos del Servicio, pero le preocupa más el preuniversitario y en lo que se ha convertido: “Hay tremendo adoctrinamiento. Las clases son malísimas. Nos enseñan una cantidad de cosas absurdas. No tenemos casi maestros. Todo es un relajo”.

Le pregunto si hay chivatos en su aula. “Todos mis amigos están frustrados por la situación de Cuba”, reconoce K., “y nuestro único tema de conversación es sobre salir del país. La idea de algún día salir de aquí nos disocia completamente de todo. Al estar las cosas tan inalcanzables para el bolsillo de nuestros padres no nos podemos vestir como quisiéramos. Es obvio que me quiero ir. Algunos temen decirlo por la gran represión que hay, y porque algunas muchachas le rinden cuenta a los profesores. Te echan p’alante por cualquier cosa”.

“Y en el barrio para qué contarte. Tú mismo sabes cómo funciona un barrio aquí, así que completa tú esa parte”, me dice, ya un poco aburrido por la “preguntadera”.

K. tiene un primo de su misma edad en Estados Unidos. Su padre lo “reclamó” hace poco, y después de casi un mes en Guyana logró que abordara el avión a Hialeah. Le hago las mismas preguntas que a K., pero ahora me interesa comprender qué se siente por Cuba cuando uno se va tan joven.

“Cuba desde afuera se ve como un país atrasado. Y hay veces que uno allá adentro no se da cuenta del atraso tan grande que hay. Mi vida, claro que es diferente. No tiene nada que ver lo que hacía allá con lo que hago aquí. A mí como persona no me cambia vivir en este país. Pero me cuesta acostumbrarme. Uno siempre ha estado ahí. Extraño a la familia. Es un poco difícil, porque uno extraña”.

El primo de K. no conversa mucho y siempre ha sido discreto al hablar del Gobierno. Pero ahora no hay problema. Puede decirme —sin temor a que un agente lo esté escuchando— que son “una banda de descarados, comiéndose al pueblo a base de mentiras. Eso es lo que pienso, pero en realidad la política no me interesa mucho. No me interesa, de hecho”.

Quiero saber si regresará a Cuba alguna vez. “No sé. Supongo que sí. Supongo que si se cae el comunismo las cosas mejoren”.

En algo coinciden K. y su primo. Uno dentro y el otro fuera, pertenecen a una generación que ya no tiene complejos ni miedos. Saben que están vigilados, entienden los límites de la manipulación y el miedo que viene “de arriba”, pero les importa muy poco cuando ven la asfixia de la familia. Se sienten responsables, están cansados. Pero son más fuertes que nunca.

Le pregunto a K. qué pseudónimo prefiere que escriba cuando hable de él. “¿Qué vas a poner? Mi nombre con sus dos apellidos, claro”. Le digo que no, que tengo que proteger la identidad, la fuente y todo eso. “Bueno, entonces pon…”

No voy a decir los nombres que me dijo a continuación, porque podrían herir la sensibilidad de ministros y presidentes de la república. Pero quedan advertidos: hay un ciclón que viene.

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