Granjas de esponjas en el océano

Patricia Grogg*

Playa de Isabela de Sagua, Villa Clara.  Foto: Caridad
Playa de Isabela de Sagua, Villa Clara. Foto: Caridad

HAVANA TIMES, 25 nov (IPS)  – El mar castiga a Carahatas cada vez que un huracán azota la región.  Las aguas se juntan con las de un río cercano, trepan metro y medio o más por las paredes de las casas y se llevan hasta los recuerdos.  Sin embargo, los habitantes de este pueblo cubano lo aman con desmesura.

“Cuando estoy varios días sin ver el mar me altero.  Si viene un ciclón y tumba esta casa, mientras quede una pared y yo pueda poner aunque sea una tienda de campaña, aquí me quedo.  Y como yo, muchos más”, dice a Tierramérica Neldys Vivero, de 50 años, nacida en esta localidad pesquera de la costa noreste, en la central provincia de Villa Clara.

En 1985, el huracán Kate dejó sin hogar a sus padres y a muchos otros habitantes de Carahatas, que fueron trasladados a Lutgardita, una comunidad construida a unos cuatro kilómetros.  “Ahora voy a verlos y no puedo estar más de 20 minutos, eso tan chiquito no está hecho para mí”, comenta.

Para Estrella Machado, de 88 años, la razón de tanto enamoramiento con el mar es simple. “Es lo que más hay. Al menos en trabajo, lo que más hay es la pesca”, afirma.

“Única pescadora” de la comunidad hasta 1985, cuando dejó de trabajar, la anciana asegura que “antes había más peces”.

Vivero constata lo mismo. Comenzó a pescar desde niña con Machado y su esposo. “Yo recuerdo que cargábamos entre los tres una nasa con 40, 50 y hasta 70 libras (18, 23 y 32 kilogramos) de pargo (Lutjanus analis). Hoy, como mucho, usted encuentra cinco o seis pargos en una nasa”.

La mayoría de las 300 familias de Carahatas conocen algunas de las causas de esa disminución de la vida marina. “Los chinchorros (redes de arrastre) acaban con las crías.  Nosotros nunca los usamos; pescábamos con nasa o con pita (hilo) y anzuelo”, afirma Machado.

Según Vivero, ese arte de pesca, de impacto negativo en la vegetación marina y las especies –por capturar los ejemplares juveniles–, se introdujo en la zona por los años 70. “No teníamos una visión clara del daño que estábamos ocasionando”, asegura.

Líder natural de la comunidad y reelegida varias veces delegada del Poder Popular de una de las dos circunscripciones de la localidad, Vivero afirma que la mayoría de los pescadores reconocen lo agresivo de la pesca de arrastre, actualmente regulada, aunque se sigue usando en aguas más profundas.

Pescando.  Foto: Caridad
Pescando. Foto: Caridad

En épocas de corrida, este arte se emplea para capturar a los peces que se agrupan en canales y seibadales (hierbas marinas) para emigrar en cardúmenes hacia los sitios de desove.  El resultado es que la captura no llega a reproducirse, comprometiendo así las producciones pesqueras futuras, explican los especialistas.

Pero ése no es el único problema de Carahatas, aledaña al Refugio de Fauna Las Picúas-Cayo Cristo, un área protegida de 40.250 hectáreas marinas y 15.720 terrestres.

Los residuos líquidos y sólidos que vierte la población a lo largo de la costa, así como la deforestación, también afectan el hábitat marino y figuran entre los asuntos a corregir que se trazó un proyecto financiado por el Programa de Pequeñas Donaciones del Fondo para el Medio Ambiente Mundial.

Canalizado a través del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el proyecto para el “Uso alternativo de los recursos naturales en la comunidad costera de Carahatas” propone, entre otros fines, el cultivo de esponjas como opción laboral para los pescadores decididos a abandonar la pesca de arrastre.

Felisberto Rodríguez, de 45 años, primer convencido de las bondades de esa alternativa, cuenta que los pescadores carahateños nunca pensaron que la esponja se pudiera cultivar, pero ahora que vieron los primeros resultados sólo esperan que aumenten las granjas para incorporarse al plan.

Rodríguez trabajó en la siembra experimental de dos hectáreas en la iniciativa a cargo de Ángel Quirós, experto del grupo de ecología marina del gubernamental Centro de Estudios y Servicios Ambientales (Cesam) de Santa Clara, a 276 kilómetros de La Habana.

El plan ahora es cultivar 12 hectáreas que en un año rendirán una tonelada de esponjas, cotizada a más de 15.000 dólares en el mercado internacional.  Según los cálculos de Quirós, la zona tiene potencial para unas 15 granjas atendidas por dos personas cada una.

“Ya tengo sembradas tres áreas de 100 metros cuadrados cada una.  El mismo mar proporciona la semilla. Cada esponja se puede trozar hasta en 30 pedazos y eso hay que hacerlo en el agua. Me gusta estar en los fondos marinos.  El crecimiento es lento, pero cuando comiencen las cosechas todos verán el resultado”, afirma Rodríguez.

Quirós defiende este cultivo como una alternativa sostenible, barata y amigable con el ambiente, pues no contamina, ni cambia el hábitat y tampoco crea desperdicios, ni sufre el impacto del cambio climático.  Además, asegura que estos invertebrados tienen un mercado seguro, fundamentalmente en Europa.

“Las esponjas permanecen sumergidas aunque baje o suba el nivel del mar.  Como se siembran en zonas de mucha circulación del agua, tampoco les afectan las oscilaciones de temperatura.  Además, las granjas crean refugios para organismos pequeños y los (ejemplares) juveniles de organismos grandes”, considera el biólogo marino.

Vivero admite que al principio no le vio “el impacto” a esta idea. Ahora se muestra convencida de que la zona costera de Carahatas “es muy propicia, con muchos lugares buenos para ese cultivo”, que darán empleo a un grupo considerable de hombres y mujeres.

“El interés aumentará en la medida en que se avance y comience la comercialización”,  considera.  Con una producción estable, el proceso industrial de la esponja marina pasaría a ser una buena fuente de empleo femenino.  El 67 por ciento de las mujeres de aquí son trabajadoras en sus hogares y, de ellas, “35 o 36 por ciento están pidiendo empleo”, dice.

La iniciativa, coordinada por María Elena Perdomo, del Cesam, incluyó talleres de educación ambiental, reforestación y propuestas para disminuir las cargas contaminantes, como la instalación de un vertedero en las afueras del pueblo.

También dejó una guía para el cultivo de esponjas marinas y un manual de buenas prácticas ambientales en zonas costeras.  “Se logró que la gente entienda la importancia de cuidar los recursos y cómo usarlos mejor.  También nos dio mucha información… Ahora la gente se siente dueña de lo que está haciendo”, resume Vivero.

*Este artículo fue publicado originalmente el 21 de noviembre por la red latinoamericana de diarios de Tierramérica.



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Odio el invierno, Ontario, Canadá. Por Janice Lally (Canadá). Cámera: Sony CyberShot

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