“Espero el día en que nos reencontremos”

El doloroso precio de las familias separadas por la migración

Ilustración / Confidencial

Cuatro nicaragüenses comparten cómo sobrellevan la separación con familiares obligados a migrar y los vacíos que enfrentan en su vida cotidiana

Por Katherine Estrada Téllez (Confidencial)

HAVANA TIMES – Vacío, tristeza, sacrificio, dolor, son algunas de las palabras con las que describen la migración quienes salen y quienes se quedan en Nicaragua. Es un cóctel de sentimientos y, sin embargo, pocas veces se expresa.

“Fue un gran sacrificio, comenzar de cero y solo”, cuenta Juan Aburto, desde Georgia, Estados Unidos.

“Emprendí un viaje con el corazón literalmente partido, con un hueco que no me dejaba respirar, casi que ni llorar del dolor”, describe Elika Salinas, desde Bilbao, España. 

En San José, Costa Rica, Karina Mercado suspira fuerte al recordar su partida. “Dejé mi todo, a mi hija, mi motor. Es la parte más difícil para todas las personas que salen del país”, relata.

Nancy Juárez, migrante nicaragüense en San Miguelito, Panamá, coincide en que “es difícil tomar la decisión de dejar a tu familia y hacer una nueva vida”. 

Las razones por las cuales migraron son diversas: algunos por razones económicas, otros por resguardar su seguridad ante la persecución política en Nicaragua. Sus familiares en Nicaragua, también cargan con el dolor de la separación familiar.

“Abrazarlos fuertemente”: El dolor de no ver crecer a los hijos

Elika acompaña la celebración del séptimo cumpleaños de su hija a través de una video llamada. Foto: Cortesía

Elika Salinas y Marcelo Castillo son originarios de la zona norte de Nicaragua. Se conocieron en el municipio de El Cuá, Jinotega, y se casaron en 2013. Ahora tienen dos hijos, una niña de siete años y un niño de cinco. 

A inicios de 2016, Elika tuvo que irse a España para mejorar la situación económica de su familia. “Ha sido una renuncia, el no verlos crecer para poder sacarlos adelante”, comparte.

Sus hijos quedaron a cargo de su esposo en Matagalpa. Para Marcelo este proceso ha sido retador, pero agradece que su suegro y su cuñada le acompañen en el cuido de los niños.

En Bilbao, España, Elika hoy tiene un trabajo de oficina, antes trabajó como asistente del hogar. En una ocasión, tras un día agotador, tuvo la idea de escribir una carta para que sus hijos, al crecer, recordaran los años que estuvieron distanciados. 

Elika y Marcelo tuvieron luego la idea de musicalizar la carta e hicieron una canción y, con sus propios medios, crearon un video musical que titularon “Los sueños de mi corazón”. El coro dice:  El tiempo pasa lento, pero espero el momento en que nos encontremos. Es mi mayor anhelo, regresar a aquel lugar, con el que tanto sueño. Y al regresar a casa, abrazarlos fuertemente.

Estas palabras resuenan en Elika cada vez que habla de sus hijos y le duele no poder abrazarlos. “¿Cuánto puede curar un abrazo? Mis hijos no han tenido eso de mi parte”, relata con lágrimas en sus ojos.

Para contrarrestar la distancia física, Marcel y Elika crearon el hábito de comunicarse por videollamadas a diario, al menos cinco minutos, lo que ha permitido que los niños tengan presente a su mamá. 

“Trabajar, trabajar, trabajar” y la necesidad de un “te quiero”

Juan Aburto junto con su familia, antes de su viaje a Estados Unidos. Foto: Cortesía

Iniciar de cero y vivir solo ha sido lo más duro en la experiencia como migrante de Juan Aburto, quien se exilió hace dos años en Estados Unidos por causa de la crisis sociopolítica que inició 2018 y la recesión económica que trajo consigo. 

“La vida no es la misma, el estilo de vida en este país es bastante acelerado, es trabajar, trabajar y trabajar”, relata. Juan ha tenido empleos que le demandan más de 14 horas laborales, una situación común entre los migrantes que buscan solventar sus gastos y enviar dinero a sus familias. 

Vivir en Estados Unidos le ha permitido a Juan tener más estabilidad económica, cumplir con metas personales y, en especial. apoyar a su familia que está en Nicaragua, lo que, en gran medida, le da satisfacción y fortaleza para continuar. 

“A veces uno siente la necesidad de decir ‘te quiero’, se me salen las lágrimas, pero no es lo adecuado. Uno tiene que ser fuerte acá”, expresa, haciendo referencia a situaciones difíciles que su familia ha atravesado y en las que él no ha podido estar para ellos físicamente, como cuando su papá enfermó. 

Juan dejó también en Nicaragua a su novia y su camada de cachorros, que son como sus hijos. “Desde acá no solo les he dado una mejor calidad de vida, sino también, hemos podido rescatar y adoptar a nuestra última integrante, Lulu”.

Siempre lleva consigo una medalla de la Divina Misericordia que su papá le entregó días antes de emprender su viaje. “No me la he quitado desde que vine, me siento seguro y que a través de ella me cuidan”.

“Paso ocupada, pero en un momento me invade la melancolía”

Karina Mercado compartiendo con su hija Francella. Foto: Cortesía.

Karina Mercado migró a Costa Rica en 2019, después de pasar cinco años en el desempleo. Lleva dos años separada de su hija de catorce años y asegura que fue una de las decisiones más duras que ha tomado en su vida. 

Aunque su situación económica ahora es estable y desde el vecino país puede dar una mejor vida a su familia en Nicaragua, el sentimiento de no estar con su hija le afecta mucho. “Yo estoy tranquila en el día y paso ocupada trabajando, pero llega un momento en que me invade la melancolía totalmente”, enfatiza Karina. 

“A veces estoy comiendo y me pongo a pensar: ‘¿Será que mi hija ya comió a estas horas?, ¿Qué habrá comido?’, en especial cuando como las empanadas de maduro que tanto le gustan”, relata. 

Cada vez que los ánimos de Karina están bajos, se comunica con su hija. “Siempre que siento eso, necesito la gasolina. Siempre he dicho que es mi motor, lo que me impulsa a seguir adelante, a trabajar para traer a mi hija conmigo”.

Consigo guarda un espejo de mano de marco de un rosado desgastado por el paso de los años. “Este es nuestro espejo mágico, siempre lo tengo y me recuerda a mi hija, porque con él jugábamos”, narra Karina mientras lo sostiene y se llenan sus ojos de lágrimas. “Ya pronto la tendré conmigo”, anhela.

“Es un dolor como el de un hijo que ha muerto, por la distancia”

“Mamá Vida” realiza los quehaceres del hogar junto a su bisnieta, Modesta, en Chinandega, Nicaragua. Foto: Confidencial

En El Viejo, Chinandega, vive Vidaldina Salinas, de 74 años de edad. En su familia la migración ha sido constante, teniendo que vivir en varias ocasiones el dolor de ver partir a sus seres queridos. “Es un dolor como el de un hijo que ha muerto, por la distancia”, describe.

“Mamá Vida”, como cariñosamente la llaman, se ha hecho cargo de la crianza de los nietos y bisnietos que quedan cuando los padres de estos han tenido que migrar. Actualmente, tiene bajo su cuidado a una bisnieta de once años, la hija menor de una de sus nietas que emigró a Panamá en 2015, Nancy Juárez. 

Nancy migró a Panamá con la esperanza de un mejor futuro, dejando en Nicaragua a sus dos hijos. “Uno siente que ellos perderán el amor hacia nosotros…”, expresa la joven de 31 años. 

Para “Mamá Vida” la partida de Nancy tampoco fue fácil, a quien también cuidó, cuando la madre de esta, Ileana, emigró a Costa Rica. “Me hace falta la niña porque yo la crié”, confiesa. 

El mayor anhelo de Nancy es abrazar a sus hijos nuevamente. Mientras tanto, se siente tranquila porque su hijo de 15 años vive en Managua con su hermana, y su pequeña, Modesta, con su abuela Vida. “Yo me siento bien porque sé que así como me cuidaba a mí, igual (ella) cuida a mi hija”, asegura. 

Cuenta Nancy que en 2020 le envió a su hija un peluche de unicornio de color rosado y que ahora es el favorito de su pequeña. Para ambas ese peluche es una forma de estar siempre juntas, pese a la distancia. 

11% de la población nicaragüense ha tenido que migrar

En Nicaragua, casi el 11% de la población ha tenido que emigrar, esto equivale a un poco más de 718 000 nicaragüenses según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Sin embargo, ese número puede superar los 800 000, tomando en cuenta los datos generados por los principales países receptores. A partir del estallido de la crisis sociopolítica y económica en 2018, también se han desplazado decenas de miles de nicaragüenses que han solicitado refugio principalmente en Costa Rica, Estados Unidos y España. A ellos se suman un número indeterminado de quienes emigran de manera irregular. Son los que se han ido.

Por el otro lado, están quienes se quedan. Niños que nacen sin conocer a sus padres, que quedan a cargo de abuelas, tías o hermanas, padres que ven a sus hijos partir con la esperanza de que vuelvan pronto, parejas que quedan solas confiando en la migración como única salida para su difícil situación económica.

Periódicamente se conoce el aporte económico que los nicaragüenses desde el extranjero inyectan a la economía de sus familias y a la del país, a través de las remesas. Según el Banco Central de Nicaragua (BCN) en su informe anual de 2020, las remesas representaron casi el 15% del producto interno bruto (PIB). 

Se trata de una contribución considerable para una economía en crisis, pero, ¿cuál es el verdadero precio de este aporte? El aumento de las remesas evidencia que cada año más nicaragüenses se ven obligados a migrar y separarse de sus familias.

¿Cómo lidiar con la separación familiar?

Los objetos personales que simbolizan el amor y la unión, a pesar de la distancia, entre los migrantes y sus familias. Ilustración: Confidencial

La migración genera sentimientos encontrados en quienes deben partir y quienes se despiden de sus seres queridos. Para entender cómo sobrellevarlos, Ruth Quirós, psicóloga especializada en trauma e integrante del Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca +, comparte las siguientes recomendaciones: 

Soltar el dolor y la culpa 

La especialista indica que las personas migrantes deben procurar liberarse de la culpa. La persona que está fuera pasa “angustia, ansiedad, desesperación, porque en realidad no es lo que quiere hacer, es una condición que le toca vivir, es algo que se sale de su control”, indica. 

Recomienda tratar de darse permiso para identificar sus emociones. Muchas veces las personas, para no lastimar, intentan ocultar información y terminan sobrecargándose, explica, y añade que es fundamental contar con una red de apoyo donde puedan sentirse seguras y drenar estos sentimientos. 

La comunicación constante 

“Siempre tengo una libreta y un lápiz en el bolso. Siempre que estamos jugando me piden que les haga dibujo”, cuenta Elika sobre cómo es la dinámica de comunicación con sus hijos vía llamada telefónica o videollamada.

La psicóloga aconseja aprovechar la tecnología para que se escuchen, vean y no se olviden los rostros. “Si no tiene esta herramienta, escriba una carta, haga llegar el mensaje que necesita decir”, recomienda.

La importancia de hacerse sentir

Va más allá de la comunicación constante, dice la especialista. Se refiere a estar presente, a escuchar y dar palabras de ánimo, un consejo para quienes se van y quienes se quedan.

Para Juan, dar tiempo de calidad ha sido una forma de demostrar amor. “El hecho de que yo escuche a mi mamá las veces que me llama, se extiende y me cuenta cosas de más… me quedo atento”, indica.

También los que están fuera necesitan sentir el amor y la calidez familiar. “Es importantísimo que tu familia te mande un mensaje, que te pregunten ‘¿cómo estás?’… no va a cambiar tu situación aquí, pero es saber que tenés gente que te ama, que aunque estés lejos te guardan un sitio”, describe Elika. 

Llenarse de “confianza”

Algunos tienen la esperanza de volver a su país, otros tienen planes de llevar a sus familiares a los destinos donde emigraron. Mientras tanto se esfuerzan en conjunto para algún día reunirse nuevamente.

“Puedo traer a mi mamá cuando ella quiera pasear, puedo traer a mi abuelita. Y a mi hija sí necesito que esté a mi lado, eso me va a ayudar emocionalmente y yo sé que a ella también le hace falta. Volver a Nicaragua no sería una opción, pero confío en tenerla pronto”, relata con emoción Karina.

Marcelo y Elika tienen proyectos juntos a futuro. “Todos los esfuerzos son para que pronto estemos reunidos… Ese es el sueño más grande,- asegura Elika-. Si le preguntas a mis hijos qué quieren de regalo, ellos siempre dicen ‘Queremos a mamá’,  y para mí también sería el regalo más esperado”.

Lea más desde Nicaragua aquí en Havana Times.


One thought on ““Espero el día en que nos reencontremos”

  • el 19 noviembre, 2021 a las 11:34 am
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    Eso es lo que hay mantener viva la esperanza, asi todos sin excepcion se mantienen relajados.
    Si pierden la esperanza, entonces, empiezan a ejercitar presiones sobre los demas.
    Convirtiendose en un problema para los demas.

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