Drama humano en Tijuana: La Caravana sigue llegando

Por Ken Alexander*

Una joven llegando al campamento.

HAVANA TIMES – Este miércoles, el campamento de migrantes en Tijuana explotó mucho más allá de su capacidad. Los llegados desde Mexicali elevaron el número de personas dentro del acantonamiento a más de cuatro mil.

En las afueras del lugar se empezaron a erigir refugios primitivos contra la cerca. Marisol, una joven hondureña que acababa de arribar a través de Mexicali, me mostró su muñequera naranja. Señaló el número de seis dígitos. “Ese número significa que no puedo ir dentro del campamento a dormir”. Pero ella y sus tres amigas cuelgan su manta de lana entre la cerca y dos árboles con grandes sonrisas. Ya están allí.

Se han creado grupos comunitarios dentro del campamento. Los primeros en llegar se establecieron lejos de los retretes y las duchas, en los pasillos de concreto y bajo grandes toldos provistos por el Gobierno mexicano. Cuando lleguen las lluvias, les irá mucho mejor que a los otros.  Los mejores asentamientos improvisados se encuentran en las pequeñas zonas cercadas, en las áreas de la jardinería, lejos del constante tránsito peatonal. Ahí algunos de los hombres han cortado ramas de los árboles y han creado pequeñas fortalezas.

En medio de ese lado occidental del campamento hay un patio de recreo donde se escucha la risa constante de los niños. Todos respetan ese espacio. Ahí, la vida aparenta ser normal.

Arreglando una carpa improvisada con cualquier herramienta que se encuentra.

A medida que me dirijo hacia la parte oriental, las condiciones se vuelven más primitivas. Ahí es donde acampan los últimos en aparecer. Primero se instalaron a lo largo del perímetro y luego, sin ninguna opción, salieron al campo abierto. El campamento se ha movido rápidamente hacia el lugar de las duchas y la línea de letrinas.

El suelo es duro. Una joven pareja intenta, de manera  desesperada, cavar un hueco con un cuchillo pequeño para plantar una estaca para su carpa primitiva. Miro a mi alrededor, pero no hay herramientas para cavar, no hay martillos con los que golpear las estacas en el suelo. Sin embargo, cientos de los que llegaron  anteriormente se las arreglaron para hacerlo. El sentido de comunidad que supuestamente existía hace unos días, parece estar deteriorándose a medida que los recursos han desaparecido.

El camión con bomba para vaciar las letrinas se atazco en el lodo.

La parte occidental del campamento se ha convertido en una comunidad establecida: hay música, juegos de cartas, juegos para los niños y un sentido del lugar. Los migrantes parecen haberse asentado para un largo plazo. En las afueras del campo de fútbol, ​​los recién llegados, exhaustos, buscan el poco terreno que queda, a medida que son empujados cada vez más cerca de las letrinas.

La tos es mucho más generalizada actualmente, debido a que incluso los oficiales de la policía, los organizadores y los trabajadores humanitarios también están tosiendo. Hoy será el último día que entre sin usar una máscara.

El olor se está volviendo abrumador. Es difícil de explicar, pero es algo así como el hedor de miles de mantas de lana sucias y ropas y personas sin lavar. Se percibe fuerte en el aire. Mientras camino hacia el campo abierto, se vuelve insoportable la fetidez de las letrinas desbordadas.

El campamento llegó a su capacidad de la noche a la mañana.

Por la tarde se escucha un grito fuerte y alegre desde el interior del campamento. El camión que bombeará las letrinas ha llegado. Pero, el problema es que el agua de las duchas ha creado un lago profundo a todo lo largo de las letrinas por aproximadamente  seis metros. El camión bomba se atasca en el barro. Sin embargo, la comunidad salta a la acción y empuja el vehículo hacia atrás.

Pero, ¿cuánto tiempo puede durar esto? El estanque crece en tamaño diariamente y el lodo se hace más profundo. Todo el mundo tiene que cruzar ese pantano tóxico con los pies descalzos para acceder a las letrinas. Se avecina una grave crisis de salud.

La buena noticia es que los soldados mexicanos han llegado. Se han establecido en el otro extremo de la calle en las afueras del campamento. Bien organizados, tienen pilas de suministros y la capacidad de preparar y servir comida durante horas. Los militares solo permiten que 20 personas a la vez se acerquen al camión de la comida para evitar un caos. Los platos se distribuyen de forma ordenada.

Los hombres en una fila y las mujeres en otra.

La fila de gente que espera por comida, en su mayoría hombres, se extiende por unos cien metros. Tal vez unas dos mil personas esperen tranquilamente para cenar. Comento que no hay forma de que todos sean alimentados esta noche. Pero cuando vuelvo a las calles horas después, todavía están sirviendo y la cola sigue igual de larga. Los militares están preparados. El suministro de alimentos parece interminable.

En la entrada principal del complejo deportivo, donde los inmigrantes deben registrarse, una joven hondureña ha llegado sola a través de Mexicali. Se retrasó porque fue hospitalizada con un aborto involuntario. Todo está oscuro y hace frío. Le dicen que no hay sitio dentro del campamento, que ahora está cerrado a los recién llegados. Ella pide una manta y le dicen que no hay más. Pregunta a dónde puede ir y le responden que no saben. El campamento está por encima de su capacidad.

Los ultimos en llegar estan cada vez mas cerca de las letrinas.

La muchacha se para en las afueras del campamento, completamente sola, únicamente mirando la entrada. Después de cuatro semanas de viajar desde Honduras, esto es lo que encuentra.

NOTA: Escuché hoy (jueves) que aquellas personas que no pudieron ingresar al campamento a última hora de la noche anterior, finalmente fueron admitidas a las tres de la madrugada cuando comenzó a llover.

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*Ken Alexander es un fotógrafo y periodista independiente de Woods Hole, Massachusetts, EE.UU. Puede ser contactado en: ken@mediaoutreach.org.

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