¿Cambiar qué y para qué?

Por Pedro Campos

Daily life photo by Elio Delgado
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HAVANA TIMES, 3 de nov. — ¿Cambiar para más estatismo, o más socialismo? ¿Para más concentración, o  más socialización de la apropiación de la propiedad y los excedentes? ¿Para más control obrero o “sobre” los obreros?

“La burocracia, enemiga de la esperanza, desprestigia al socialismo… Si por la burocracia fuera, los estados socialistas serían cada vez más estados y menos socialistas.”  Eduardo Galeano.

“Revolución es cambiar todo lo que deba ser cambiado,” se ha dicho hasta la saciedad y en las pocas intervenciones del Presidente Raúl Castro en los últimos meses sobre la situación interna actual, -ninguna reflexión de Fidel para dentro-, prima un discurso abierto a los cambios necesarios y al diálogo, que difiere de la política práctica.

El gobierno-partido cubano viene haciendo cambios, es verdad: se reparten tierras ociosas; se aumentan algunos precios de acopio de productos agrícolas para estimular la recolección del monopolio gubernamental de comercio y distribución que se hace casi absoluto a costa de impedir a los campesinos vender directamente sus productos y eliminar la red de mercados minoristas de cooperativas y privados; se permite acceso a la telefonía celular, a los hoteles y a internet a los cubanos con dinero, a fin de aumentar las entradas del estado; para hacer ahorros al estado se empiezan a eliminar subsidios -comenzando por las becas del nivel intermedio-, los comedores obreros y se habla de quitar la libreta de racionamiento y otros recortes en la salud.

También se establece un nuevo sistema complejo de pagos a los trabajadores de difícil aplicación, rechazado por la burocracia intermedia; se intenta un sistema de maximización de la explotación de la fuerza de trabajo bajo los tradicionales principios asalariados y productivistas del capitalismo; se aumenta la edad de jubilación a 65 años para los hombres y 60 para  las mujeres; se levantan unas poquísimas restricciones al trabajo por cuenta propia; y se habla de diversidad de genero y cultural -obviando la política y de razas- buscando la “unidad” sin expresarla y divulgarla en la práctica.

Igual, se promueven discusiones verticales y compartimentadas sobre los problemas de nuestra sociedad; se han cambiado muchos Secretarios del PCC en las Provincias y se cambió el Secretariado del CC; se han reconcentrado y compactado ministerios; se ha dotado de cuantiosos recursos a los aparatos diversos de represión interna; las Fuerzas Armadas y el MININT reciben ahora los salarios más altos, se han subido ligeramente algunos salarios  en las empresas presupuestadas. La lista podría ampliarse.

¿Son esos todos los cambios que “deben” hacerse?

Esos movimientos, salvo la repartición de tierras (que habría que analizar bajo qué premisas se está realizando, cuánto ha fortalecido o debilitado el control del estado, el cooperativismo, la producción campesina individual y la explotación capitalista asalariada en el campo), ¿en qué han modificado la esencia estatista asalariada centrista, dirigista y no democrática de la concepción del socialismo de matriz neoestalinista, responsable principal del estancamiento en el proceso de socialización de la Revolución Cubana, el mismo que causó el desastre del llamado socialismo real?

Cambiar sí; ¿pero, cambiar qué y para qué? ¿Cambiar para  concentrar y centralizar más la apropiación del excedente, para que los aparatos burocráticos del estado dispongan de más medios y recursos, de más control sobre los trabajadores, la producción y sus resultados?

¿Cambiar para más estatismo, o para más socialismo? ¿Para acentuar las diferencias sociales entre los que tengan dinero en exceso y los que reciben como única entrada sus modestos salarios? ¿Para más control obrero o “sobre” los obreros? ¿Avanzar hacia la derecha o hacia la izquierda?

Recuérdese que la contradicción principal del sistema que se basa en la explotación del trabajo asalariado, radica en que la producción es cada vez más social (trabajan más personas), mientras la apropiación de la propiedad y el excedente es cada vez más privada (se concentra en menos manos). Su solución está en la socialización de la apropiación de la propiedad y el excedente, lo cual se supone sea el papel del socialismo. ¿Es eso lo que se viene haciendo?

Solo con la finalidad de valorar objetivamente lo que está sucediendo y buscar definiciones y soluciones que nos ayuden a salir de la compleja situación actual, sería conveniente precisar qué significa cambiar conceptos, métodos y estructuras. Concretamente,  en relación con:

-Las relaciones de producción asalariadas.

-La propiedad casi absoluta del estado.

-Los métodos burocráticos centristas-dirigistas de ordeno y mando.

-La forma centralizada de controlar el excedente que se produce por todos, sin dejar  posibilidades a la reproducción ampliada de las empresas y sin permitir que los trabajadores decidan ellos mismos sobre la repartición de una parte de las utilidades.

-La estructuración centralizada y verticalista de la planificación, que “baja” a las empresas planes previamente delimitados y “asigna” recursos específicos.

-La imposibilidad actual de los territorios de contar con presupuestos autóctonos, salidos de una parte de los impuestos que se recogen en la región.

-La ausencia real actual de mecanismos que propicien una verdadera participación decisoria de los trabajadores en la dirección concreta, económica y de todo tipo, de los centros de producción y servicios.

-El perfeccionamiento democrático del sistema político del socialismo, del sistema electoral y de la participación ciudadana.

-El trato a la diversidad en general.

Daily life photo by Elio Delgado
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“Mientras exista el bloqueo

De definiciones claras sobre estos y otros aspectos y de que las mismas sean aplicadas consecuentemente, depende que el estado cubano siga concentrando la apropiación y todas las decisiones importantes y continúe el rumbo actual hacia políticas tipo “terapias de shock” como mismo aplican los estados capitalistas ante las crisis, que afectan a los ciudadanos más pobres y desvalidos y generan protestas y represiones; o que avancemos claramente hacia la salida socialista y democrática que demanda la crisis actual, en Cuba y en todo el mundo.

“Esa salida es imposible mientras exista el bloqueo,” según algunos compañeros que, con esta posición neo-plattista, hacen depender el avance del socialismo en Cuba de los designios del imperio y sirven a su política de desgastar y destruir la revolución desde dentro.

Las políticas que aplica actualmente el aparato ejecutor en las bases, las cuales al parecer difieren del discurso de la dirección,  no tienen en cuenta que el aparato burocrático del estado –milipolitecnócrata- se ha venido convirtiendo en un  Frankenstein, cada vez con más intereses y vida propios, que todo lo acapara y entorpece y que ha ido ganando autonomía, incluso frente a la propia dirección revolucionaria y a los intereses de los obreros, campesinos y estudiantes.

Tampoco lucen consecuentes con el hecho de que ese “monstruo” devorador de revoluciones y revolucionarios ya enfrenta una  respuesta drástica, aunque silenciosa, entre gran parte de los trabajadores y el pueblo, sobre todo los jóvenes, cuyas actitudes y anhelos no se comprenden y en cambio se les acusa de improductivos, haraganes, de explotar el paternalismo estatal, de apropiarse indebidamente de recursos del estado, de desertar o prostituirse por tratar de buscar vías extra-nacionales de subsistencia, y otras por el estilo.

Igualmente, dichas políticas, se muestran ajenas –ignoran- al creciente consenso crítico- propositivo al hacer voluntario-centrista del estado, favorable a una mayor socialización y democratización de las decisiones de todo tipo, que vienen proyectando periodistas revolucionarios en la propia prensa oficial, buena parte de la intelectualidad y del estudiantado.

La burocracia que ejecuta esas políticas, en lugar de prestar atención a estas manifestaciones, trata de neutralizarlas con represiones veladas –”suaves” hasta ahora-, en una combinación de advertencias, censuras, controles, hostigamientos, sanciones administrativas, provocaciones y reconocimientos o prebendas selectivos, junto a un discurso que trata de sacudir las culpas de las alturas por la situación actual y echarlas a los de abajo, a los que nunca han decidido nada.

Esta forma, no científica, ni política, ni revolucionaria y mucho menos socialista en que se están tratando estos asuntos desde la burocracia, sin un verdadero diálogo, conducen a la división dentro del campo revolucionario y al enfrentamiento entre la opinión pública y el estado.

El destacado intelectual revolucionario cubano, Fernando Martínez Heredia, dijo recientemente: “Estamos en medio de una sorda batalla de ideas dentro de la Revolución. Concepciones diferentes marchan en paralelo, sin polémica entre ellas, ni a causa de las ideologías a las que se adscriben –o a las que contribuyen sin saberlo–, ni a causa de las epistemologías… (…)Las palabras declarativas formales que adornan momentos de las expresiones públicas que escuchamos o leemos no pesan, no añaden ni quitan nada a esta situación.

Por eso resulta tan procedente que aparezca este extraordinario instrumento -se refiere a un CD con la obra de Gramsci-, que, si es utilizado, puede ser un arma sumamente valiosa para un combate intelectual, cultural e ideológico que podrá ser diferido, pero no podrá ser evitado, y que será decisivo para nuestro futuro.

El gobierno cubano ha manifestado su disposición a dialogar con el gobierno de EE.UU. sobre todos los asuntos incondicionalmente; sin embargo, objetivamente, a pesar de los llamados de la dirección histórica a debatir internamente nuestros problemas, a lo cual hemos respondido muchos revolucionarios en forma amplia, incondicional, abierta y constructiva, en realidad no existe un diálogo verdadero, un intercambio de criterios, dentro del campo revolucionario, entre las diferentes concepciones sobre el socialismo, que ya se han expresado con toda nitidez.

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Así mismo, los llamados a “trabajar más” y las acciones que buscan “obligar” a la gente a trabajar asalariadamente para el estado, a partir de medidas coercitivas de distinto tipo (disminución de ayudas estatales, mantener el cierre al trabajo por cuenta propia, sanciones y represión a la actividad económica individual y eventuales aplicaciones de regulaciones legales contra la vagancia) que generen la “necesidad de trabajar para el estado,” sin analizar las causas que están determinando el rechazo a laborar para el mismo, ni darle una solución socialista, obran a favor de esa separación y enfrentamiento que venimos indicando.

El discurso de culpar al pueblo y los trabajadores de los problemas, conlleva la filosofía de que son el pueblo y los trabajadores los que deben ser cambiados.

Hemos venido señalando muy claramente que se amplía la brecha entre el estado y el pueblo trabajador, que los graves problemas económicos y sociales que estamos viviendo, precisan de un verdadero diálogo que nos lleve a un cambio, de las políticas estado-céntricas a la socialización y democratización de la economía y la sociedad toda.

Esa separación y esa necesidad fueron también advertidas oportunamente al viejo socialismo por muchos revolucionarios que siempre fueron desoídos. Resultados: la confrontación entre las propias fuerzas internas de la revolución, la represión de las tendencias socialistas y democráticas y el enfrentamiento entre el pueblo y el estado burocrático en que devino aquel “socialismo estatista,” que terminó en la debacle y en la plena restauración capitalista.

La burocracia, como ente-sujeto-actuante –no me refiero a los compañeros que trabajan en la burocracia y han dedicado sus vidas a luchar por el socialismo y jamás se han servido de sus cargos para conseguir ventajas personales-  en su incapacidad para comprender y acometer la salida socialista y democrática que demanda la situación y desesperada por el agravamiento de la crisis económica que avanza cuantitativamente y que, cualitativamente, puede convertirse en política, no tendría otra opción que la represión contra la izquierda y el pueblo mismo para intentar mantener el control, con todas sus consecuencias imprevisibles.

El capitalismo creó sus sepultureros: los trabajadores. El “socialismo de estado”: su burocracia.

Desde luego, ni Fidel, ni Raúl ni ninguno de los otros principales dirigentes del partido-gobierno querrían semejante desenlace para Cuba. Pero desgraciadamente, hacia allí nos podría llevar el presente curso de más centralización de la apropiación y las decisiones todas  y el fortalecimiento del aparato de represión interna,  si no acabamos de empezar un viraje definitivo de izquierda hacia el diálogo revolucionario real, la socialización de la economía y  la democratización de la sociedad.



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