Así enfrentan las mujeres las crisis en Nicaragua

Cuatro historias

Ser mujer en Nicaragua es vivir bajo asedio, violencia de género, impunidad y sin derecho a trabajo. Cuatro mujeres cuentan cómo enfrentan estas luchas

Por Nayira Valenzuela / Alejandra Padilla (Confidencial)

HAVANA TIMES – En el Día Internacional de la Mujer, las mujeres nicaragüenses no tienen posibilidades de manifestarse en las calles sin ser reprimidas, debido al estado policial de facto, impuesto en el país.

La persecución política, el asedio policial, la crisis económica, el incremento de la violencia de género y el impacto de la pandemia son temas que preocupan a las mujeres nicaragüenses.

CONFIDENCIAL conversó con cuatro mujeres que narran en primera persona lo que significa ser mujer en un país como Nicaragua. Ellas son: una líder opositora, una sobreviviente de femicidio frustrado, una emprendedora y una trabajadora de la Salud pública en medio de la pandemia de covid-19.

“Nada se compara a esta etapa, todo es exacerbado: la persecución, el asedio y ese sentimiento de estar vigilada”

Ivania Álvarez (centro) en una protesta exigiendo la libertad de los presos políticos. Foto: Archivo | Confidencial

En lo que va de 2021, al menos 30 mujeres opositoras han sido víctimas de asedio, persecución y casa por cárcel en el estado policial de facto. Ivania Álvarez es activista opositora desde hace más de 12 años. Por involucrarse en las protestas de abril de 2018, ha sido perseguida, asediada y encarcelada.

A finales de 2019, estuvo 47 días en prisión, como rea política del régimen de Daniel Ortega. Su delito fue llevar agua a las madres de presos políticos que realizaban una huelga de hambre en Masaya. Ivania recuerda cómo empezó su trayectoria de activista y cómo enfrenta el estado policial de facto en Nicaragua.

Las primeras protestas a las que asistí fueron a poner cabezas de chanchos a la Asamblea Nacional, hicimos marchas y hasta lanzamos huevos al Consejo Supremo Electoral, porque estábamos en contra del régimen y las instituciones.

Me incorporé a las protestas en abril de 2018, en mi territorio, Tipitapa. Fui a una marcha al igual que el resto de ciudadanos. Ver el sentimiento de lucha de los chavalos fue lo que más me entusiasmó. Desde abril hasta la fecha me involucré de lleno en las protestas, creamos el Movimiento 19 de Abril Tipitapa, apoyamos a las madres de presos políticos que se apostaban en los portones de El Chipote, y hoy formo parte de la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB).

Por ser una mujer opositora al régimen, la Policía me persigue, me asedia y hasta me encarceló en noviembre de 2019, por intentar llevar agua a las madres de los presos políticos que realizaban una huelga de hambre. Estuve presa 47 días, pero lo peor fue que, estando encerrada, atacaron a pedradas mi casa, forzaron el portón, con barras y tubos desbarataron las puertas, mi mamá sufrió todo esto. Espero que haya justicia.

La dictadura se ha ensañado con mi familia, por la parte más dura, está el asedio, la represión y la cárcel y también en lo económico las autoridades locales han arremetido contra la forma de vida de casi todos mis familiares. En estos tres años de crisis sociopolítica, he tenido una vida de nómada, estoy viviendo en diferentes ciudades y casas. He estado huyendo.

He recorrido muchos años en el activismo y siempre hubo violencia; nos replegaban, nos llevaban a El Chipote y después te liberaban, pero nada se compara a esta etapa, la persecución a tu núcleo familiar y a vos mismo no se compara a lo que vivimos cuando fui joven. Lo que hoy se vive es totalmente exacerbado, la persecución, el asedio y ese sentimiento de estar vigilada.

Para mí, ser mujer en un país como Nicaragua, significa estar bajo constante asedio, no solo por el hecho de ser mujer, sino también ahora por jugar un rol de oposición me convierte en un blanco.

“Los equipos de protección contra la pandemia han sido escasos… y quieren que tengamos un mutismo selectivo”

“Marcela”, trabajadora de la Salud.

Desde el inicio de la pandemia, unas 17 mujeres profesionales de la Salud han sido despedidas por exigir equipos de bioseguridad o de oponerse al mal manejo de la situación sanitaria en Nicaragua, según el Observatorio Ciudadano COVID-19. 

“Marcela” es una trabajadora de la Salud en el sector público, que ha atendido a pacientes con covid-19. Ella comparte cómo ha sido su experiencia, pero pide proteger su identidad, por temor a represalias.

Soy trabajadora de la Salud pública desde hace siete años. Ser parte del Ministerio de Salud es sinónimo de mujeres esforzadas, sacrificadas tanto en la parte laboral, comunitaria y en la familia.

Tenemos grandes cargas de trabajo, tenemos que ser cumplidas, responsables, porque cuando somos mujeres, en el trabajo todo está bien cuando producís y cumplís, pero cuando llega el proceso de los embarazos siempre hay ese ambiente negativo, sobre todo cuando ya empieza el detalle de tener a los hijos, el estar de subsidios.

Nuestros salarios son muy pequeños, con eso nos tenemos que jugar la vida y tenemos que tratar de cubrir todas las áreas de nuestras vivencias. Cuando llegó la pandemia a mi zona el equipamiento fue muy escaso, por no decir nulo, la mayoría de los implementos que tuve es porque yo los costee. Compre mi protección: mi sotana, guantes, gafas, protección para el cabello y mi alcohol gel, todo corrió por mi cuenta, al menos en mi área.

Estuve en las últimas semanas en el área covid cuando ya había menos pacientes, solo eran cuatro, pero en las semanas anteriores había 45 pacientes, 15 en críticos y 30 en el intermedio. La mayoría de los compañeros se contagiaron porque al principio se estuvo yendo casa a casa sin protección.

Si un trabajador de la Salud quiere mantener su puesto de trabajo, debe mantenerse saturado de trabajo, para ser una persona discreta que solo cumple con su trabajo. Es preferible que te vean trabajar y trabajar antes que te dejen opinar y muestres lo que realmente piensas. Quieren que tengamos un mutismo selectivo.

“Me dijo que la única forma en que iba a salir de la casa era en una bolsa negra… Me amenazaba y después me pedía disculpas”

Lucy Palmer, sobreviviente de femicidio frustrado

En 2018, 46 mujeres fueron asesinadas en Nicaragua, y otras 50 sobrevivieron a intentos de femicidio. Lucy Palmer es una de estas sobrevivientes. Lucy es originaria de Bluefields, en el Caribe Sur, una de las zonas con mayores índices de violencia contra la mujer en Nicaragua. Ella escapó de ser asesinada por la pareja con la que había convivido durante cuatro años.

Los datos de 2021 son aún más alarmantes. Entre enero y febrero 11 mujeres han sido asesinadas y 24 han sobrevivido a femicidios frustrados.

Soy una sobreviviente de femicidio frustrado, mi expareja quería asfixiarme. Fueron cuatro años de relación, pero de constante violencia; una vez me hirió el brazo con un “chuzo”, aún tengo la cicatriz.

Siempre me dijo que la relación iba a terminar hasta que él quisiera y una vez me amenazó con que la única forma que iba a salir era en una bolsa negra y que sería abono para el cementerio. Me amenazaba y después me pedía disculpas con la excusa que él era un fosforito y temperamental.

El detonante que hizo que terminara la relación fue una vez estando en mi casa, le di una broma y de la nada se abalanzó contra mí y me estaba estrangulando, mi mamá estaba en ese momento y fue la que me lo quitó de encima. Ese día le dije que todo se acaba y que me dejara tranquila.

Tenía miedo, pero una de mis amigas me impulsó a ir a denunciarlo, no quería hacerlo, porque cuando una mujer es agredida y va a poner la denuncia no hacen caso. Entonces dije que igual iba a pasar conmigo y así fue. Esto sucedió en 2018 y mi agresor aún no está preso y tampoco tiene orden de restricción. En cualquier momento puede hacerme algo. Tres veces me he topado en la calle.

La Policía solo levantó mi denuncia, me revictimizaron, te preguntan y te preguntan, te mandan donde el forense y pregunta lo mismo y luego donde la psicóloga que hace las mismas preguntas, es un proceso bien cansado. Si no llegás con una gran cicatriz o con el ojo azulado o mejor dicho muerta, no hacen nada, esperan hasta que la mujer está muerta para comenzar a actuar.

“Las mujeres se han abierto paso, con más fuerza, con menos miedo… no dejen que nada les apague su luz”

Elsa Basil (izquierda) emprendió con “Shawarma”, un Food Truck de comida árabe.

El 30% de las empresas nicaragüenses están lideradas por mujeres y más del 50% participa en las actividades económicas del país; pero persisten los obstáculos para ingresar al mercado laboral, y muchas buscan cómo abrirse a nuevos espacios.

En agosto de 2020, la música y pintora nicaragüense Elsa Basil, junto con un grupo de socios, inauguró “Shawarma”, un Food Truck de comida árabe. Esta ha sido su experiencia con el emprendimiento y sus pasiones.

Mi vida es la música y la pintura. Para mí esas son dos partes que me dan la sustancia de lo que soy. Yo no podría cocinar si no hiciera música, y si no hiciera pintura. Es toda mi existencia. Cuando me siento agotada está la música, cuando me siento perturbada está la pintura.

Yo estudié música, y pensé que la música podría darme una solvencia económica más estable, pero por situaciones del país en el que vivimos, no se dio así. Mi mente poco a poco fue buscando recursos para poder salir adelante. En agosto del 2020 junto a unas amistades árabes inauguramos “Shawarma”, un Food Truck de comida árabe.

En un inicio se me complicó un poco, pero me fui adaptando a las circunstancias. Tenía un poco de temor, todo este rollo de la pandemia me tenía un poco elevado el temor a llevar esa enfermedad a mi casa y contagiar a mi mama o a mi misma.

He tenido varios proyectos, en realidad. Tuve uno que se llamaba “Basil lunch” que también era un restaurante de comida árabe… Hice también un proyecto pequeño que se llamó “Matraca”, de dulces tradicionales nicaragüenses, y que por las situaciones que se dieron en 2018 suspendí operaciones.

En el área de la gastronomía no sufrí mucha discriminación, sin embargo, creo que al inicio de mi carrera como música si la sentí un poco por ser mujer, pero uno va labrando su camino, y no permitís que todas esas cosas te apaguen. Siento que fue así e invitó a las mujeres que me están viendo que sigan adelante y que no dejen que nada les apague su luz.

Siento que en este momento las mujeres se han abierto paso, quizás a diferencia de mi generación, con más fuerza, con menos miedo de abrirse, de mostrarse y entregarse a lo que se dedican.

Yo creo que las mujeres en muchas cosas, no solo en emprender tenemos muchas barreras, pero tampoco es algo que pueda ser imposible.

Creo que parte de la lucha de las mujeres es esa, darnos ese espacio, buscarnos ese espacio, y yo creo que tenemos muchos ejemplos de mujeres a nivel nacional que han salido adelante.

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