Altares, velas y flores para estudiantes muertos en Nicaragua

Por Gabriela Selser (dpa)

Foto: Carlos Herrera /confidencial.com.ni

HAVANA TIMES – Como si fuera el paisaje de un cementerio mexicano el 2 de noviembre, cientos de candelitas brillan en la oscuridad entre flores, cruces, cartas y retratos. De tanto en tanto, algunas muchachas rompen el círculo y se acercan cuidadosas a reemplazar las velas que se van apagando.

Son los altares situados en la rotonda Jean Paul Genie, al sureste de la capital de Nicaragua y sobre la carretera que conduce a la vecina Masaya. Cientos de muchachos se reúnen diariamente aquí, cada tarde, para honrar a sus compañeros muertos en las protestas que estremecieron al país a mediados de abril.

Los chicos se quedan hasta la medianoche conversando. Algunos rezan en silencio y otros agitan ruidosos las banderas de Nicaragua junto a la avenida para invitar a los conductores de vehículos a sumarse a la vigilia. Ellos responden sonando las bocinas y más de alguno se baja a acompañarlos.

Este sitio está lleno de símbolos, como lo son los pequeños cartones donde los adolescentes han colocado fotos y han escrito los nombres de los fallecidos, diez según del Gobierno y entre 42 y 63 de acuerdo con organismos de derechos humanos independientes.

Aquí está el nombre de Richard Pavón, de 17 años, cuya agonía recorrió en un video los grupos de whatsapp el 19 de abril. Fue de los primeros muertos, junto con Alvaro Conrado, de 15, el “niño mártir” de las protestas, como le llama la prensa, que murió por un balazo en el cuello cuando les pasaba agua a los universitarios.

Está también Michael Cruz, estudiante de posgrado, herido en el pecho y la cabeza. Su madre, que emigró a California para trabajar, llegó al entierro después de 18 años de no verlo. Y está Alvin Molina, un jugador de básquet de 27 años que fue alcanzado por un tiro cuando apoyaba un “cacerolazo” cerca de su casa.

“Yo no los conocí, pero uno de ellos era el mejor amigo de mi hermano mayor. O sea que para mí era mi hermano también”, dice a dpa con la voz entrecortada Mario Castellón, que espera entrar a la universidad el próximo año para estudiar agronomía.

Delgadas cruces de aluminio se alzan ahora en el centro de la rotonda, donde hasta hace unos días estuvieron dos “árboles de la vida”, gigantescas moles de hierro con miles bombillos luminosos, instaladas por órdenes de la primera dama y vicepresidenta, Rosario Murillo, para imprimir su particular sello “kitch” en una ciudad con muy pocos espacios verdes.

Al menos una docena de los 134 “arbolatas”, como les llama la población, fueron derribados por airados manifestantes. En su lugar, los jóvenes han sembrado palmeras y acacias, que riegan todos los días, y los bombillos azules y rojos adornan los senderos de su virtual camposanto.

“Aquí vamos a estar hasta que se nos haga justicia. Que se juzgue a los responsables de la muerte de nuestros compañeros”, afirma a dpa Giancarlo, uno de los voceros del Movimiento 19 de abril (M19A), surgido en medio de las protestas. Él estudia Ingeniería en sistemas en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), hasta hace poco férreamente controlada por la Juventud Sandinista.

El movimiento aceptó participar en un anunciado diálogo propuesto por Ortega para resolver esta rebelión cívica, la primera que enfrenta en sus 11 años de Gobierno. Entre otras demandas, el M19A exige la renuncia de todos los jefes de la Policía, a quienes culpan “por la represión y la masacre de nuestros hermanos”.

Entre los poquísimos adultos que observan los altares está Francisco Nava, un ex oficial del desaparecido Ejército sandinista, que en su juventud fue jefe de compañía de un batallón en la montaña. “Siento que estoy parado sobre un tendal de muertos. Casi hasta puedo oler la sangre otra vez”, expresa consternado.

“Mi papá vivió la guerra y recién ahora puede hablar de eso”, afirma por su lado Camila, estudiante de segundo año de medicina a quien le tocó improvisar vendajes y torniquetes para curar a sus compañeros que caían heridos en los pasillos de la Universidad Politécnica de Managua durante los enfrentamientos con la Policía.

Para la psicóloga Martha Cabrera, especialista en duelo y trauma social, la insurrección cívica de la semana sacó a flote viejos recuerdos y heridas de las guerras que azotaron a Nicaragua, en especial el conflicto con la “contra” (contrarrevolucionarios apoyados por Estados Unidos) de la década de 1980, que dejó unas 30.000 víctimas.

“La revolución acabó hace 28 años pero a nivel emocional es como si hubiera sido ayer, porque aquí hubo una ausencia de debate; las víctimas de guerra jamás recibieron atención psicológica y sus duelos no han sanado”, explicó.

Así, según Cabrera, el ciclo trágico de muerte y ruptura familiar a causa de la guerra sigue repitiéndose a nivel individual pero también como un proceso colectivo, sistémico. “Hay demasiadas heridas abiertas que deben ser cerradas”, insiste la terapeuta.

Nada es casual, según dicen. Y aunque seguramente muy pocos de estos chicos conocen esa historia, ellos han instalado sus altares justamente en la rotonda Jean Paul Genie, llamada así en recuerdo de un adolescente de 16 años que murió a fines de 1990.

Jean Paul Genie manejaba el vehículo de su papá y fue acribillado a balazos cuando intentó rebasar una desenfrenada caravana de vehículos que transportaba al general Humberto Ortega, entonces jefe del Ejército y hermano del actual presidente.

NOTA: Los altares estuvieron en la rotonda Jean Paul Genie hasta horas de la tarde del lunes 30 de abril.

 


One thought on “Altares, velas y flores para estudiantes muertos en Nicaragua

  • el 1 mayo, 2018 a las 6:27 am
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    la prensa cubana hace paralelismo entre las manifestaciones en venezuela y las de nicaragua, ambas achacadas a una mano maestra que desde el norte controla a las idiotas y desagradecidas masas para tratar de detener los benéficos goviernos “progresistas”

    Los muertos son presentados o como delincuentes terroristas o como victimas de estos mismos, nunca victimas de la represión policial, para victima está el gobierno.

    LA NAUSEA

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