Y la autocrítica para cuándo?

Opositores protestan en Managua contra el fallo de la CSJ y por elecciones libres y competitivas. Carlos Herrera | Confidencial.

Hasta la fecha ninguno de los protagonistas del fiasco ha asumido públicamente sus errores, ni sus poses arrogantes ni sus exabruptos excluyentes

Por Silvio Prado (Confidencial)

HAVANA TIMES – Una vez consumada la parodia electoral que nadie quería, cabe preguntarse si alguna persona de los grupos opositores se ha planteado hacer una autocrítica por muy pequeña que sea. Fueron muchas las voces que en meses anteriores advirtieron de lo que podía pasar ante la pertinaz división que mostraban las fuerzas de oposición. Las hubo de todos los colores, desde todos los sectores y con todas las sensibilidades posibles; todas pidiendo la unidad.

Pero las reacciones fueron las mismas: ataques cainitas, descalificaciones sectarias y auto adjudicaciones de mayorías antojadizas y sin ningún fundamento. Pasado más de un mes del fraude y con prácticamente toda la dirigencia opositora en la cárcel, en el exilio o en la clandestinidad, cabe preguntarse: ¿Las personas que fomentaron tanta intolerancia y el canibalismo político, en algún momento han reflexionado en su fuero interno sobre lo que provocaron? Y si no ¿cuándo piensan hacerlo?

Podrían empezar por preguntarse si a la luz de los hechos creen que era cierto aquello de que la contradicción principal a resolver era entre dictadura y democracia. Si finalmente las evidencias (la cacería brutal desatada por la dictadura a partir de mayo) les han hecho comprender que no eran alarmismos vacíos los que advertían de lo que podría ocurrir si continuaban con las luchas intestinas, tal vez ahora entenderán que el enemigo siempre ha sido una tiranía bien organizada y no el grupo de al lado, sospechoso de ser izquierdistas o neoliberales.

Para quienes hasta el último minuto siguieron exigiendo “la sumisión de los demás a mis siglas” en nombre de la unidad, y descalificando a quienes no consideraban químicamente puros como para entrar en el reino de sus casillas electorales, quizás ahora, 170 de presos políticos y miles de exilados después, sí reconozcan que se equivocaron, que sus posiciones sectarias y miopes han contribuido a ahondar la tragedia que vive nuestro país.

Es hora de reconocer que el enjambre de agrupaciones surgidas del estallido de social dilapidó el capital político y social heredado de abril. En vez de mantener el rumbo hacia lo importante se emborracharon de procedimientos nimios que solo buscaban asegurar lo que convenía a sus pequeños feudos. Así pasaron semanas y meses ajustando reglamentos y mecanismos que pretendían parchear los problemas de fondo: la desconfianza política y la pobre (por no decir nula) perspectiva estratégica.

También hay que reconocerlo: la forma terminó asfixiando al movimiento. El viejo debate entre el corsé del formato y la dinamia del movimiento se terminó decantado en favor del primero. En cuanto empezó a correr el calendario electoral y con las listas de candidatos en el menú, la cooptación de los actores de la movilización por los partidos fue peor. El colmo fue aquella sentencia de la dueña de un micro partido, según la cual sin personalidad jurídica una organización no existía. Paradójicamente, meses más tarde sería víctima de su propia falacia.

A esta frustración también contribuyeron los activistas políticos que, desde su papel de comentaristas en los medios de comunicación, no tuvieron empacho en filtrar las comunicaciones internas de los bloques opositores, ni para envenenar el ambiente en torno a los movimientos convergentes y de paso simplificar las labores de zapa de la dictadura.

Este recuento sería incompleto si no se incluyesen las maniobras del gran capital para fomentar una alternativa de ultraderecha sectaria y sabotear cualquier tipo de consenso anti dictatorial que incluyera a agrupaciones sospechosas de ser de izquierdas o progresistas. Fieles a su esencia de poder fáctico, a las corporaciones empresariales les pudo más la nostalgia por el contubernio de diálogo y consenso de antes de 2018, que las demandas de cambio político de amplios sectores de la sociedad.

Los encarcelamientos del ex presidente del COSEP y del gerente del mayor banco del país tampoco fueron acicates suficientes para formar el frente común que se necesitaba antes de las elecciones. En un alarde de elección racional, los señores de apellidos ilustres mantuvieron dos velas encendidas: una ex-ante (su proyecto de partido) y otra ex-post (retomar el diálogo después del 10 de enero).

En cambio, la dictadura fue más coherente y no se equivocó. La represión desatada a finales de mayo demostró que a pesar de -o gracias a- los pleitos internos de los grupos opositores, el orteguismo no diferenció entre unos u otros: a todos los metió en la cárcel. Dio lo mismo que fueran de derechas, de centro o de izquierdas; banqueros, campesinos o académicos; mujeres u hombres; aliados, ex allegados o antagónicos; viejos o jóvenes. Sólo se salvaron quienes no representaban ningún peligro por “amarres” extra políticos o por tal grado de irrelevancia que no inspiraban ninguna incertidumbre. La cárcel y el exilio han terminado poniendo en plano de igualdad a quienes anteponiendo sus diferencias fueron incapaces de auto imponerse objetivos estratégicos en los que seguramente estarían de acuerdo.

La lógica llevaría a pensar que la fase de mayor agudización de las contradicciones con la dictadura en curso desde hace seis meses, podría llevar a nuevos intentos de reagrupamientos unitarios. Pero hay pocas señales para la esperanzas. Tómense como muestras los comunicados del 1 de diciembre  CxL y UNAB demandando la liberación de los presos políticos.

No solamente no pudieron ponerse de acuerdo para redactar un comunicado conjunto, sino que además CxL pide la libertad en primer lugar para sus directivos con nombres y apellidos. Esto quiere decir que persisten las actitudes mezquinas y sectarias, que si volvieran a presentarse las condiciones para concurrir a unas elecciones, se repetirían las mismas pugnas por candidaturas y casillas vividas entre 2020 y 2021.

Se reeditarían los mismos desencuentros, entre otras razones, porque nadie se siente responsable por el fracaso anterior. Hasta la fecha ninguna de las personas que fue protagonista del fiasco ha asumido públicamente sus errores, ni sus poses arrogantes ni sus exabruptos excluyentes. Mientras no lo hagan no serán capaces de reconocer que ya no pueden ser interlocutores ni facilitar nuevos procesos de entendimiento. Deberán hacerse a un lado quienes no tengan una mentalidad amplia fruto de las lecciones extraídas de una experiencia tan traumática.

Sin una autocrítica seria, en que las partes reconozcan sus cuotas responsabilidad por el fracaso de los esfuerzos unitarios de 2021, difícilmente podrá superarse la lógica de suma cero en que se encerraron muchos de los protagonistas opositores. No se trata de hacer borrón y cuenta nueva, sino más bien capitalizar las buenas y las malas experiencias aún frescas. Se trata de entender algo tan sencillo como que ninguno podrá ganar por separado si no ganan todos.

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