Movimiento San Isidro: La razón también tiene espacio

una lectura crítica a un texto de Haroldo Dilla

Por David Corcho

Los miembros del Movimiento San Isidro continuan demando libertad poara el músico Denis Solís

HAVANA TIMES – Haroldo Dilla publicó el 28 de noviembre un texto en el que ofrece sus impresiones sobre los sucesos relacionados con el Movimiento San Isidro.

Con Haroldo tengo muchas afinidades intelectuales y diferencias políticas que son el resultado de nuestras formaciones y trayectorias vitales. Por suerte, entre las afinidades está la simpatía por quienes hoy se manifiestan en Cuba a favor de la libertad y la democracia.

En mi caso, la simpatía he tratado de mantenerla sometida a mi yo racional, para intentar ser un “espectador comprometido” de la realidad.

Ya le advertí a Dilla que mi respuesta tendría algo de crítica, pero, sobre todo, de complemento a sus razones, porque estoy de acuerdo con muchas y tachándolas, estaría negándome a mí mismo. Incluso así, no dejaré de señalar lo que me parezca erróneo. Pero a lo que iba.

El Movimiento San Isidro ha demostrado valentía, y sus acciones tuvieron repercusiones que sobrepasan lo escaso de su membresía y sus propias exigencias al castrismo. Ese mérito nadie se lo puede arrebatar. Sin embargo, no es nuevo.

De “histórico” sí se puede calificar lo que ocurrió en los alrededores del Mincult: que un grupo de ciudadanos siente en la mesa de negociaciones al Gobierno, aunque sean funcionarios de segundo orden y en verdad el régimen consienta para ganar tiempo, dividir y manipular.

Los representantes del MSI, presentes en el plantón, y el resto de artistas e intelectuales, tienen orígenes sociales y aspiraciones distintas, pero las exigencias de ellos son la sedimentación de frustraciones que señalan los fracasos y arbitrariedades del régimen.

Es decir, todos tienen motivos para estar allí. Y motivos que no van a desaparecer: la pobreza, la exclusión del sistema político, las vejaciones físicas y morales. Esas causas son el germen de estas pequeñas rebeliones y el signo del futuro: las sediciones continuarán y serán más frecuentes.

A todos nos alegra, porque significa que algo se mueve allá adentro, a pesar del miedo, el cinismo y la miseria que mantiene a los cubanos con el entendimiento ocupado en sobrevivir y desconectados de la cosa política. Pero siento que los activistas, intelectuales y periodistas, Haroldo entre ellos, han sobredimensionado el alcance y significación histórica de los acontecimientos.

En el fondo, lo que interesa de San Isidro y el plantón en el Mincult es la acción política de la ciudadanía para forzar un cambio de régimen. Al menos, obligar a que el Gobierno acceda a ciertas demandas, lo cual ya es un logro.

No sé si los protagonistas del plantón lo creen, pero yo no puedo imaginar al Mincult, al Partido o a Raúl Castro cediendo ante los ciudadanos. Hay razones de peso para creerlo así. Empezaré “de arriba hacia abajo”.

En primer lugar, la mentalidad de la cúpula dirigente. Es difícil saber lo que pasa por la mente de un hombre, ese conocimiento nos ha sido vedado, pero si nos atenemos a la historia, los Castro y sus secuaces nunca han tenido talante democrático. En su ADN político no está ceder ante las demandas populares y el ejercicio absoluto del poder durante 60 años ha reforzado esa indiferencia —para no decir desprecio— por la voz de su pueblo.

Por otro lado, ceder ahora no sería prudente para ellos: significaría dar una muestra de debilidad que podría ser aprovechada por sus adversarios políticos dentro de la Isla. Y de la élite castrista se pueden decir muchas cosas, pero no que hayan sido torpes en la defensa de sus privilegios.

En segundo lugar, las instituciones políticas. El término más apropiado para calificar ese régimen es “postotalitarismo”. No es exactamente un sistema como el de la URSS, en el cual la sociedad se sometía al Estado, el Estado al Partido, el Partido al Comité Central, y el Comité Central a un Príncipe, sino algo distinto.

Aunque se mantiene lo básico, como el Partido único, el control estatal sobre amplias áreas de la economía, la persecución de la disidencia, tiene rasgos distintos.

La propagación de medios de prensa independientes y una economía “protocapitalista” son ejemplos del cambio. Un régimen postotalitario es el premio de consolación que la diosa Fortuna, la deidad del azar y lo imprevisible, le deja a una camarilla cuyas intenciones verdaderas son el poder absoluto y la sumisión incondicional, pero que está obligada al acomodo.

Como se ve, en el galanteo del castrismo con Fortuna no hay espacio para la participación popular. Y la participación popular es el elemento “democrático” de cualquier régimen político. La dimensión democrática de un régimen político se mantiene gracias a instituciones. Sin instituciones democráticas, no hay manera de obligar a un gobierno a que obedezca al pueblo.

El peligro de una recaída autoritaria sobrevuela como ave de mal agüero cualquier negociación entre gobernantes y gobernados sin las instituciones democráticas, allí donde, casi por casualidad, los “muchos” y los “pocos” acuerden negociar en la informalidad, como ocurre ahora.

Las promesas se convierten en humo sin instituciones fuertes y duraderas, y la voluntad y el deseo tiene la costumbre de estrellarse contra la institución cuando se conducen desorganizadamente, como hacen los grupos de la sociedad civil cubana.

En tercer lugar, la cultura política de los manifestantes. A los grupos contestatarios les falta mucho por aprender antes de convertirse en verdaderos sujetos de una sociedad democrática. No hay que culpar a nadie por esto: hemos vivido muchos años bajo un régimen hábil en convertir a los individuos en seres indefensos.

Solo ahora comenzamos a experimentar la libertad. Y para pensar y vivir como demócratas necesitamos ejercer la democracia. Los artistas e intelectuales tuvieron el privilegio de contar con autonomía dentro del régimen. Esa autonomía explica en parte por qué son los protagonistas de estos acontecimientos: han vivido la libertad antes que la mayoría de los cubanos.

Y explica también la habilidad y la entereza con que se han conducido en las negociaciones con el Mincult, una habilidad que yo pensé no tendrían y que me asombra y me alegra.

Pongo un ejemplo: este 28 de noviembre subrayaron en conferencia de prensa que sus reclamos están unidos a los del MSI, Luis Manuel Otero Alcántara y Denis Solís. Eso era vital, puesto que el Gobierno ya comenzó a meter una cuña entre el MSI y los plantados, con el claro propósito de dividirlos. Pero todavía falta mucho.

No sé si es por conveniencia, convicción, o porque no queda más remedio, pero noto en algunos la creencia de que a través del diálogo con el Gobierno se pueden lograr cambios. Soy medio nerd cuando analizo estas cosas, así que escuchándolos me vino a la cabeza Francis Fukuyama.

Uno se preguntaría, ¿a qué viene Fukuyama? En su famoso artículo sobre el fin de la historia, el sociólogo estadounidense dijo que el liberalismo reinaría sobre la faz de la tierra, porque lograría solucionar todos los conflictos históricos. Su razonamiento se basaba en la idea de que todo puede ser resuelto dentro del liberalismo.

Por supuesto, ya ni el mismo Fukuyama cree eso, pero cuando uno dice “quiero dialogar con estas personas y estas instituciones” acepta a esas personas e instituciones como los únicos interlocutores y caminos legítimos.

La intelectualidad orgánica del castrismo es prima de Fukuyama. Sus representantes más inteligentes siempre han defendido cierto grado de disenso y protesta.

Vemos a algunos poniéndose al lado de los manifestantes del Mincult —casi nunca de San Isidro—, en el entendido de que sus exigencias serán “justamente procesadas por la Revolución”. No sé si lo dicen, porque lo creen o porque desean sembrar la confusión; tampoco creo que los manifestantes les hagan caso.

Con todo, aceptar ese punto de vista implica la continuidad del sistema y, por ende, la muerte paulatina del cambio. Todo lo que tiene este proceso de antisistémico se podría perder; también todo lo que tiene de “histórico”.

Ese peligro lo veo dentro de los propios manifestantes, como una pulsión latente. Por supuesto, no estoy llamando a una inmolación ni a resucitar la épica revolucionaria. No le pido a nadie que se convierta en un “talibán anticastrista”, una postura que, desde el realismo político, más que reprochable resultaría estéril, debido a la disparidad de fuerzas.

Me limito a señalar que, cuando la protesta tiene límites claros y nadie está dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias, lo más probable es que terminemos sucumbiendo ante eso que deseamos cambiar. Y esta especie de “capitulación” es un reconocimiento tácito de la hegemonía política del castrismo. Si es así, ¿qué ha cambiado en realidad?

Nadie puede saber con certeza que pasará mañana o la semana que viene en Cuba. El sistema político cubano se ha debilitado mucho, pero sigue siendo un adversario temible para los opositores.

Tal vez su mayor esperanza esté en que esa debilidad, perceptible de muchas formas que no viene a cuento mencionar aquí, siga creciendo. Entonces se abriría para ellos una ventana de oportunidad verdadera.

Sigo creyendo que el cambio en Cuba será, ante todo, una decisión de las élites dirigentes, como ocurrió en la URSS y, de otra forma, en China y Vietnam.

En ese escenario, creo que la sociedad civil y el activismo tendrán un papel de acompañamiento. Para muchas personas debe ser frustrante imaginar esto, porque significaría reconocer que los mandamases de Cuba incluso les quitaron la posibilidad de acabar con el sistema. Pero así de eficaz es el control en un régimen como el cubano. Ojalá y esté equivocado; los acontecimientos me hacen dudar, pero todavía sigo firme en mi creencia.  

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