Modo de espera: Cuba y el insoportable ritmo del cambio

Mural en La Habana

Texto y fotos por Michael Morgan*

HAVANA TIMES – A veces La Habana se siente como si fuera la casa. En otras ocasiones, la casa es lo único en lo que puedo pensar. En días alternos, la cantidad de carros de los años 50 que revolotean por las carreteras, o los vecinos que gritan conversaciones desde las calles hasta las ventanas del tercer piso, pueden hacerme sentir nostalgia por un período de tiempo que he visto solamente en películas.

Esos anacronismos románticos son lo que hacen a Cuba tan encantadora. Sin embargo, algunas veces, esa misma línea de carros, vomitando cada uno su propia nube espesa de humo negro y nocivo, me puede asfixiar; esa misma conversación entre vecinos se puede sentir intrusa en mi diminuto apartamento.

Hasta cierto punto, el experimento cubano ha funcionado. Los servicios médicos son gratuitos; la educación también; la vivienda es proveída por el Estado; la tasa de crimen es baja y los alimentos básicos sos distribuidos en determinadas cantidades en dependencia del tamaño de las familias.

Ninguno de esos servicios permite que el cubano medio prospere, o pueda acercarse siquiera a la línea básica de las expectativas del primer mundo, pero las necesidades básicas son más o menos proporcionadas por el Gobierno.

Todo lo extra (como por ejemplo la carne) está destinado a ser comprado con los salarios gubernamentales que ganan la mayoría de los adultos. La diferencia entre el salario estatal de un mes promedio, que es de 25 dólares, y los 40 dólares de trabajadores más calificados como son científicos y profesionales médicos, es casi insignificante. Esta es una sociedad igualitaria en principio.

La mayoría de la gente no tiene nada. El país de Castro fue diseñado de esa manera. En una sociedad de pobres, el sistema de clase está destinado a girar en torno a algo distinto de la riqueza, así como: la educación, el patriotismo o incluso el atletismo.

Pero las secuelas económicas del colapso de la antigua Unión Soviética, entonces el mayor socio comercial y benefactor de Cuba, todavía se pueden sentir.

Considerando que antes de 1991 la gente estaba, en general, satisfecha con los logros e ideales de la Revolución cubana; hoy en día, el espectro de la derrota se puede ver en todas las oficinas del Gobierno, en las expresiones sombrías de cada empleado estatal. La comprensión de que esta nación insular no es un lugar pintoresco y nostálgico para vivir, sino un anacronismo vivo, es parte de la psique nacional.

Me matriculé en un curso de clases de Español en la Universidad de La Habana tanto para aprender el idioma nacional como para tener una visión interna del funcionamiento de una gran institución gubernamental.

La Universidad de La Habana en sí es uno de los más grandes campus educativos que he visto. Construida en la colina más alta de la capital cubana, un embrague de edificios neoclásicos colosales rodea un patio sombreado que podría ser el lugar más tranquilo que la urbe tiene para ofrecer.

Desde lo alto de los escalones de la escalinata universitaria, la mitad de La Habana se despliega ante ti, así como fragmentos del Mar Caribe, oscuros como zafiros, se pueden ver entre los edificios.

El aire allá arriba siempre está fresco. Pero la universidad es un microcosmos cubano: bonito por fuera. Los estudiantes se sientan en sillas rotas mientras los profesores escriben sobre pizarrones desintegrados.

En un programa dirigido a hablantes no nativos de español (es decir, extranjeros), mis compañeros y yo tuvimos la impresión de que el Gobierno estaba tratando de poner su mejor paso al frente.

El hombre de cuarenta años que dirigía la sesión de preguntas y respuestas de nuestro día de orientación era un ciudadano modelo: atractivo, educado y apasionado por el pasado de su país y, lo que es más importante, su futuro.

Su entusiasmo era fresco, como si hubiera dirigido un batallón de soldados guerrilleros hace apenas unas semanas, como si todavía estuviera disfrutando del triunfo del socialismo.

Se opuso a preguntas sobre el acceso restringido de Cuba a Internet y a medios de comunicación balanceados y usó diatribas defensivas sobre el embargo estadounidense.

A pesar de que muchos de los argumentos que utilizó eran plausibles, las respuestas que nos proporcionó parecían no solo algo ensayado, sino reflexivo, automático.  En mi experiencia, su nivel de indoctrinación no es indicativo de la mayoría de los cubanos. Probablemente, fue elegido para ese puesto debido a su profundo patriotismo.

Otro cubano en mi vida es un hombre de sesenta años llamado Guillermo, quien realiza un trabajo impreciso. Él usa un uniforme de color beige sucio y una gorra de pelotero y se sienta al lado de la entrada trasera de un restaurante de lujo durante todo el día y toda la noche.

La puerta de mi apartamento está al lado de la destartalada silla de playa que él llama su oficina. La primera vez que se presentó tuvimos una breve, pero agradable conversación. Nuestro segundo y los subsecuentes veinticinco encuentros serían una lista de todas las cosas con las que le gustaría ayudarme: presentarme a un amigo con un taxi barato, otro amigo con un apartamento también barato, preguntarme si me gustaría conocer algunas de sus “amigas” (es decir, prostitutas).

Los comunistas de linea dura no se dedican a tales empresas capitalistas. Aunque aprecio su iniciativa, me he convertido en un experto en esquivarlo.

A veces los ojos de Guillermo son más afilados que mi habilidad de pasar por al lado de él a hurtadillas. Una noche, al regresar a casa, él estaba allí como de costumbre, pero se estaba dando unos tragos de ron con uno de sus compañeros de trabajo. Aplaude con su mano en mi hombro y grita: “Hasta la victoria siempre!”, a lo que su amigo contesta: “Viva la Revolucción!”, a lo que yo respondo alegremente en claro español, “deben estar borrachos”.

La Universidad de La Habana.

Otros cubanos logran escuchar parte de la conversación, y todas las sonrisas se desvanecen rápidamente y los ojos se dirigen al suelo. Mis llaves están fuera de mi bolsillo y colocadas casi de manera instantánea en mi llavín.

Mi comentario fuera de lugar fue más el resultado de una incapacidad para hablar bien el español que una falta de tacto.

Sin embargo, con barrera del idioma o no puedo decir cuando alguien está siendo sarcástico, y Guillermo estaba siendo exactamente eso. La cosa es: recitar consignas sobre el Gobierno de manera escandalosa puede explicarse muy fácil, mientras que una conversación abiertamente crítica puede ser interpretarda como una burla.

Con un miembro de los Comités de Defensa de la Revolución viviendo literalmente en cada cuadra, nunca se sabe quién está escuchando, y aunque es menos común recibir una visita del Ministerio del Interior por esas transgresiones menores en estos días, no es inaudito del todo.

Incluso si yo pudiera hablar mejor el idioma, los cubanos pueden ser difíciles de conocer. No es que sean distantes, reservados o groseros, sino que provenimos de sistemas polares opuestos o de gobiernos y economías que pueden hacer que nuestros patrones básicos de pensamiento sean tan difíciles de traducir como nuestros idiomas.

Los cubanos reciben una crianza con una marca de patriotismo que haría a los estadounidenses sentir vergüenza. Todos los anuncios son dirigidos por el Estado, y la gran mayoría de estos hacen referencia a la Revolución, a sus héroes u objetivos.

Las escuelas instruyen a los niños en el idealismo político. Evitar el adoctrinamiento a edades tempranas es practicamente imposible. Incluso, si los padres albergan sentimientos antigubernamentales, compartir esas ideas con los niños pequeños es algo peligroso. Aquellos que han leído la obra de George Orwell, 1984, recordarán la escena en la que un político de línea dura es llevado por los servicios del gobierno porque su hija lo oye gruñir con un poco de frustración.

Al final, la mayoría de los cubanos llegan a un punto en el que se libran de la ilusión del éxito del Gobierno, y por muy buenas razones. Se dice que las posiciones más importantes de la universidad y del servicio civil se les dan por preferencia a los hijos de los poderosos. La igualdad racial y financiera que se prometió (y de alguna manera llegó a existir) desde el principio de la Revolución ha retrocedido desde el colapso de la antigua Unión Soviética.

Mientras que los sueños de la generación más vieja tomaron vuelo en la estela de la Revolución, rápidamente se convirtieron en perennes prototipos de propiedad y al final se estrellaron en el océano.

Las migajas de esos fracasos pueden ser encontrados todavía en las caras y las maneras de ser de los ancianos. Tres generaciones de raciones, escasez y colas que se mueven más lentamente que las mareas han creado una cultura de desencanto.

Hoy en día, cuando los jóvenes cubanos tratan de reconciliar la realidad de su existencia con la historia del pasado, la realización suele ser psicológicamente traumatizante.

Mientras las universidades estatales graduan miles de profesionales en potencia, las oportunidades siguen siendo escasas. Muchos de los más altamente entrenados (las estimaciones son tan altas como 40 mil al año) se van de la Isla en circunstancias peligrosas para poder alcanzar sus sueños en el extranjero.

Una cifra aún mayor deja que sus diplomas se llenen de polvo en un rincón  y buscan trabajo en el sector turístico local, donde pueden ganar varias veces el salario estándar del Gobierno.

En los días en que La Habana se siente como en casa, camino por las calles con viseras, eligiendo qué ver. Ignoro las infraestructuras rotas y la apropiación indebida de los recursos humanos y en lugar de eso centro mi atención en la gente joven bien vestida.

Recuerdo que hace cinco años al ciudadano cubano promedio no se le permitía ser dueño de un vehículo, tampoco tenía autorización para entrar en la residencia de un extranjero. En días optimistas, veo el amanecer de la oportunidad.

La Habana, como el corazón económico y cultural de la Isla, existe en algún lugar entre la inmovilización de décadas anteriores y el deseo de cambio. Vibra con la expectativa. Muy pocos del régimen revolucionario original están vivos, menos aún permanecen en el poder. Uno de los Castro está muerto, el otro es un anciano. Un cambio de guardia es inminente.
——

*Visita el sitio de nuestro escritor invitado Michael Morgan


9 thoughts on “Modo de espera: Cuba y el insoportable ritmo del cambio

  • el 10 octubre, 2017 a las 8:38 am
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    La educacion gratis? mis sobrinos de quinto grado trabajaban medio dia en el campo y despues las clases ya con ese trabajo se pagan por la educacion.

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