Mariel Treinta Años Después

HAVANA TIMES, Oct. 13 — Hace treinta años ocurrió una situación dramática en la embajada de Perú en La Habana que terminó con el éxodo de Mariel y la espontanea emigración de aproximadamente 125,000 Cubanos/as hacia los Estados Unidos.  Aurora Arrue cuenta una experiencia inolvidable.

El artículo fue publicado originalmente en El Nuevo Herald y tuvimos el permiso de la autora y del periódico para republicarlo en Havana Times.

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DIEZ DÍAS EN LA EMBAJADA DE PERÚ

Por Aurora Arrue
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El éxodo de Mariel 1980. Foto: Robert L. Scheina, wikimedia.commons.org

La radio era La Voz de las Américas.  La noticia la repetían constantemente: ‘‘Miles de cubanos asilados en la Embajada del Perú en La Habana’’.  Y las cifras crecían.

Raquel, mi suegra, estaba de visita en el barrio de Miramar, cerca de la embajada.  Ella fue la que escuchó los rumores.  Decidida a asilarse, nos llamaba insistentemente.  Quería que fuéramos con ella.

Yo no podía creerlo.  Que entraran unos cuantos a la fuerza, sí.  No era la primera vez.  Pero que retiraran la guardia cubana por dos días, eso era imposible.

A pesar de mi escepticismo, al final de la noche decidimos probar.  Enrique, mi esposo, llamó a mi hermano menor Adrián y salimos los tres de Cojímar para La Habana.  Me despedí de mi padre con un ‘‘hasta luego’’, pensando que horas después regresaríamos.

Algo sórdido se respiraba en el ambiente.  La esquina de Aguila y Neptuno estaba más oscura que nunca.  Las guaguas atestadas de gente, sobre todo las que iban en dirección a La Playa, no se detenían.

Al fin logramos llegar y reunirnos con Raquel.

Tomamos otro ómnibus, que en la parada de la embajada quedó vacío.  Y así sucedía con todos los ómnibus.

No sabíamos exactamente en qué dirección caminar pero no hacía falta.  Era una procesión moviéndose aprisa y en silencio, casi corriendo por aquellas calles interminables.

En el área de la sede peruana no había luz.  Total oscuridad.  La gente, desesperada, buscaba por dónde entrar, cómo saltar.  En un extremo, la cerca estaba rota.  ¿Quieren entrar?  Me suspendieron de un lado y me recibieron en brazos en el otro.  Nunca pisé la cerca.  Caí de pie en el jardín de la embajada donde la hierba ya era escasa.  Sentí en mis pies el fango, la humedad de la noche a través de mis sandalias.  Eran más de las 12.  ¿Más de la una?  Minutos después comenzó a llover y, con la lluvia de agua, la lluvia de piedras, de palos, de objetos; cualquier cosa que hiriera.  Los disparos al aire, las cabezas partidas, los gritos, el terror.  Soldados, policías, cercaron el área.

Fuimos de los últimos en entrar.

Asustados, pasamos la noche de pie, abrazados, protegiéndonos las cabezas.  Estábamos los cuatro muy juntos, apenas podíamos movernos.

Y comenzó a amanecer.  El jardín de la Embajada del Perú sembrado de cuerpos.  Una masa compacta inundaba el frente, el costado, los aleros del techo y cada uno de los árboles alrededor de la casa.

Acostumbrada a encontrar los mismos rostros amigos en todas partes, aquí, para mi sorpresa, no conocía a nadie.  ¿De dónde había salido toda aquella gente?

El lugar, más que una salvación parecía una trampa, el fin de todo.

Era sólo el primer día, domingo 6 de abril y ya estábamos exhaustos: sin comer, ni beber, sin apenas cerrar los ojos.  ¡Qué hablar de los nervios!  Tratábamos de tener más espacio, para respirar.  ¿Pero dónde?  Todo estaba cubierto, atestado de gente.

Ya en la tarde no podía más de la sed.  Pude encontrar agua y bebí hasta saciarme.  Alguien me indicó dónde estaba el servicio sanitario de las mujeres: una habitación al fondo del patio.  Para entrar, había que bajar un par de escalones y me quedé paralizada: un cuarto vacío convertido en estanque.  Un cuarto lleno de orines y excrementos de todo un día, de cientos de mujeres desesperadas, como yo.  No tuve otra opción que bajar el escalón y empapar mis pies y mis sandalias para aliviarme.

Al otro día o al siguiente, nos dieron un permiso firmado de 12 o 24 horas para ir a la casa y regresar.  Nosotros nos arriesgamos.  Era la única forma de traer algo de comida, alguna medicina para sobrevivir lo que vendría.

De regreso, nos registraron minuciosamente al llegar a la posta.  Nos quitaron las latas, las botellas.  Pudimos pasar los caramelos, algunas galleticas compradas en bolsa negra; vitaminas enviadas por los parientes de la comunidad.  Como no podíamos entrar con el frasco de leche magnesia, nos la tomamos allí mismo.

Los días pasaban.

Los árboles quedaron sin hojas, sin ramas.  El antiguo césped verde se convirtió en fango resbaladizo.  Cada día estábamos más sucios, más cansados, más hambrientos.  Eramos como náufragos en un jardín, esperando por un milagro: que nos dejaran emigrar a cualquier lugar.

Vivíamos aterrorizados por los de afuera y temerosos de los de adentro.

Algunos perdieron las camisas.  Fabricaron cuchillos de lata.  Se hacía cualquier cosa para sobrevivir.  Había demasiada hambre, demasiada ira, suficiente violencia.  Un día se corrió el rumor de que estaban infiltrando agentes del gobierno para crear problemas entre nosotros.  Ajeno a aquellos rumores, a mi hermano Adrián se le ocurrió limpiar sus zapatos tennis en los baños: un grupo de letrinas recién instaladas en una extensión cercada en el frente de la embajada.  Cuando mi hermano regresó y le vieron los bordes casi blancos de los zapatos, no se cuántos hombres le cayeron encima gritando: ‘‘¡Un infiltrado!’’.  Por suerte, ya habíamos encontrado varios amigos de Cojímar que lo defendieron al minuto.  Le salvaron la vida.

Los días eran calientes, a veces llovía y las noches, como casi todas las noches habaneras de abril, eran frías.  Nunca existió el espacio suficiente para acostarnos.  Lo máximo, era sentarnos los cuatro, enlazando con las piernas al del frente y así sucesivamente recostar la cabeza en la espalda del otro.  Durante el día no podíamos abandonar el sitio.  Era nuestro sitio.  Al menos, alguno de los cuatro tenía que quedarse para cuidar el área, nuestro único pedacito de tierra.

Mi familia de cuatro se alimentaba de unos pocos caramelos.  Las galleticas volaron.  A veces repartían yogurt y ese día era una fiesta.  Repartían cajitas de cartón con comida: arroz y huevo.  Esas cajitas las pasaban las autoridades cubanas a través de la cerca.  Lograr llegar a la cerca, ya era una hazaña.  Alcanzar una de las poquísimas cajitas, era la otra, más peligrosa aún.  Muchas veces los policías se deleitaban en lanzar al aire las cajitas y disfrutar del espectáculo de las peleas.  Una vez a Adrián, que estaba acostado cuidándonos el sitio, le cayó una cajita encima.  Pudo comer un poco, pero enseguida la gente se le vino encima a disputarse los dispersos granos de arroz.  Casi lo aplastan, casi lo devoran.

El patético espectáculo de “la hora de la cena’’ fue filmado una y otra vez.  Esas eran las imágenes perfectas para la propaganda contra los asilados, las que vería el pueblo en sus televisores, las que vería el mundo en los documentales.  Imágenes para la manipulada historia.

A nuestro lado de la cerca, también había escenas inolvidables.  Fue una lástima que aquellos cineastas no filmaran el interior de las letrinas.  Si en nuestras casas el papel higiénico era inexistente desde hacía muchos años, ¿qué esperar en aquellas condiciones?  El problema fue resuelto con el único papel posible en los bolsillos: el dinero.  Billetes de todas las denominaciones tapizaron paredes y pisos.  Las imágenes de nuestros mártires revolucionarios, de los próceres de nuestra Patria, llenos de mierda.

Entre los vecinos de al lado, de atrás, del frente, nos cuidábamos, nos manteníamos al tanto de todos los rumores.  Sabíamos que había que aguantar.  Se decía que el Perú nos iba a dar asilo, pero no era oficial.

El embajador y los empleados de la embajada entraban y salían.  Agradecidos, los aplaudíamos al verlos.  Un día se fueron.  No volvieron.

Se incrementó el miedo.  ¿Qué harían con nosotros?

Tratábamos de caminar, de abrirnos paso entre la muchedumbre.  Averiguar qué se decía en las otras áreas del jardín.  Encontrar algún amigo con quien compartir.

Había todo tipo de gente.  De todas las edades.  Mayoría de hombres, algunos niños.  Familias enteras.  Sin higiene.  Sin descanso.  Sin comida.  La gente comenzó a enfermar, a desmayar.

No sé cuántos días transcurrieron.  ¿Diez?

Como la situación era insostenible, comenzó el intento de las negociaciones por los altoparlantes.  El gobierno cubano se comprometía a darle el permiso de salida del país a todo el que abandonara la embajada.

Los altoparlantes repetían y repetían lo mismo.

Pero había mucho miedo.  ¿Y si una vez afuera nos encarcelaban, nos enviaban a trabajos forzados a una granja?  Por supuesto, nuestras vidas no serían las mismas.  De ser mentira la promesa del asilo, de seguro el gobierno tomaría represalias.

Nosotros cuatro decidimos correr el riesgo.  Ya estábamos hartos, demasiado débiles, demasiado angustiados.

Esperamos la madrugada para evitar las turbas de la calle y pedimos los salvoconductos.

Al salir, nos separaron y nos hicieron atravesar matorrales en plena oscuridad.  Se escuchaban disparos, ladridos de perros, ruidos extraños.  A lo lejos se veían unas luces.

Yo fui la última en llegar.  Ya estaban allí Enrique, Raquel y Adrián.

A esa hora nos hicieron fotos.  Nos llenaron papeles, más papeles y nos dieron los grises pasaportes para emigrar.

Los militares nos hicieron montar en una guagua.  Nosotros cuatro solos con el chofer.  Hacía frío.  A toda velocidad y con ventanas y puertas abiertas.  Desde la calle nos tiraban grandes pedazos de hierros que entraban por dondequiera.  Tuvimos mucha suerte, ninguno nos alcanzó.  Cualquiera de esos hierros pudo habernos matado.

Estuvimos escondidos casi una semana en nuestra casa de Cojímar.  Yo de día caminaba doblada para evitar la mirada curiosa de los vecinos a través de las ventanas.

En esos días, quemé mis diarios de niña, las magníficas cartas de mis amigos, papeles, recuerdos.  No quería implicar a nadie.

Y sólo una gran amiga se atrevió a despedirme.  A los demás no los culpo.  Algunos me juzgarían, los otros tenían miedo.  Tal vez ya estaban en el trabajo, en la escuela, gritando en mi contra.  Así era el momento.  Ahora yo era “escoria’’, convertida en enemiga de mi propia familia, de mis propios amigos.

Aunque ya estaba en casa y cuidada por mi familia, me costó mucho esfuerzo recuperarme.  No toleraba la comida.  Había perdido más de diez libras en unos días.  Mi mente, en un limbo, en un estado raro de inconciencia.  Mucha tristeza.

En realidad, nunca pensé irme de Cuba.  Nunca antes imaginé un exilio.  Con 30 años y estudiante universitaria, la salida del país era legalmente imposible.  Sobrevivía de la forma más digna y feliz, dentro de las reglas del juego.  Como otros jóvenes de mi generación, resignada a mi karma.  Hacía mucho había perdido mi adolescente fervor revolucionario.  Pero continuaba allí, envuelta en el miedo cotidiano, en la paranoia de ser escuchada, mal interpretada.  La situación del país, para entonces, era un chiste.  Las consignas, alimento para el choteo: el humor sarcástico, invencible, del cubano.

El lunes 21 de abril recibimos la llamada telefónica prometida.  Teníamos que presentarnos en dos horas en el círculo social Abreu Fontán.

Enrique estaba en la Víbora, en casa de sus padres con su único hermano.  Los cuatro nos encontraríamos allí.

Todo fue tan rápido.

No pude despedirme de mi madre.  Mi padre, tan enfermo, tampoco estaba en casa.  Mi otro hermano, maestro en la Escuela al Campo, ajeno a todo lo sucedido.  Sólo pude abrazar a mi hermana, aferrada a su niña de un año, en brazos.  Y fue mi hermana llorando en la puerta de mi casa la última imagen, el último adiós.  Desde el cristal del auto la veía alejarse.  Todo envuelto en el más profundo dolor.  Con ella se quedaba todo lo querido: mi familia, mis amigos, mi pueblo, mi ciudad, mi historia.

Al llegar al Abreu Fontán, nos pidieron los papeles y enseguida subimos en un autobús.

Llegamos a un puerto para nosotros desconocido.  Había una pequeña fila para montar en el yate de turno.  Pero ya era casi de noche.  Decidieron dejar el resto de la gente para el siguiente día.

Había en ese lugar sólo una casa de campaña.  Nos dijeron que entráramos las mujeres, los hombres quedarían a la intemperie toda la noche.  En un descuido del guardia, logré entrar a mi hermano.  Con sus 18 años, el pelo largo y de espaldas en la oscuridad, nadie lo descubriría.  Así logré proteger a Adrián toda la noche.

Pasamos las horas entre el miedo, los nervios y muchos ruidos de herramientas y voces.

Al amanecer el lugar estaba irreconocible.  Habían construído todo un campamento con muchas casas de campaña.

Más gente llegaba, pero nosotros éramos de los primeros.  En el primer yate que atracó al puerto nos montaron.

Era un yate de lujo o quizás no.

Una familia de Miami había ido a recoger a sus parientes.  El resto de la tripulación fuimos nosotros: “gente de la embajada’’.  A bordo del Lollipop atravesamos el Golfo.  Un día de sol, claro, perfecto.  Se perdía poco a poco La Habana, Cuba, en el horizonte.  Desapareció todo trazo de tierra.  Sólo ahora el ancho mar.  El otro lado del mar.

Durante las ocho horas que duró el viaje, algunos se marearon.  Otros comieron demasiado y la pasaron mal.

Las primeras luces.  Ya era de noche cuando llegamos a Cayo Hueso.

Al bajar del barco, nos entregaron una hamburguesa de McDonalds y una manzana.  Al rato nos montaron en unos ómnibus para el traslado a Miami.

Estábamos a salvo.  Estábamos felices de haber sobrevivido.  De frente al país que cambiaría nuestras vidas para siempre.

Yo particularmente estaba también triste, muy triste.  Quizás nunca volvería a verlos, a mi familia, a mis amigos.  Quizás nunca regresaría a mi ciudad.

Y en el viaje a Miami, casi dormida, agotada, recostada al cristal de la ventanilla, en medio de una carretera completamente oscura se dibujaban cosas nunca antes vistas, irreconocibles, que no se detenían: miles de luces, intensas luces, de un naranja eléctrico, interminables.



4 comentarios sobre “Mariel Treinta Años Después

  • Este relato ha hecho que mi alma se llene de dolor, de un dolor agudo por esos cubanos que fueron maltratados por fervientes turbas que habían sido adoctrinadas para hacerlo, para tirar huevos, y no solo inofensivos huevos, sino objetos que hasta podían causar la muerte a aquellos que habían decidido emigrar.
    Nadie escoge ni de quien nacer, ni donde nacer, PERO SI DONDE Y COMO VIVIR, ¿acaso eso es un delito?…

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  • En ese año…estudiaba en el Destacamrnto Pedagogico …en la Filial de Veguitas en la provincia Granma.. con la FEU,el Partido y el UJC…nos llevaban en buses!! bien a Bayamo o a Manzanillo…o a cualquier pueblo …donde se sabia que habia alguien que se “iva” del Pais(en aquel tiempo) le decian “escorias” a “tirar huevos”…como “represalia”…..esos huevos nos ls daba el decano….yo estaba en el 4 año de la carrera…..en esas Escuelas en el campo…..era por numero…Veguita 1,2 ,3 etc,etc….yo estaba en Veguita 7….habia un Medico….de La Habana…haciendo “practica” o “servicio social”…..nos hicimos amigos!! yo impartia clases de historia!! por las noches en la enfermeria…conversabamos! ..tambien tomando el “alcoholite” …hasta que llego …el Exodo del Mariel!!….un dia me dijo!! “vamonos”! me entro “miedo”?….me recuerdo!! que me dijo…vamos,para La Habana y nos “pasamos” por maricones!! hoy debe de estar en EEUU…pero lo recuerdo de Corazon !!….si lee esta pagina…que lo recuerdo!!…saludos

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  • Como no recordarlo,Aurora y familia son como mi familia,ellos salieron en el 80,Yo pude en el 94,tambien soy de ese pueblo encantador,llamado cojimar.

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