Malas lecturas de una elección

Foto: Adam Schultz / Campaña Biden / Confidencial

La política de los demócratas hacia América Latina es más distendida y ventajosa, como pudo observarse con Jimmy Carter, Bill Clinton y Barack Obama

Por Rafael Rojas* (Confidencial)

HAVANA TIMES – Un recorrido por los principales medios latinoamericanos, en todo el espectro ideológico regional, muestra una inclinación mayoritaria a considerar el triunfo de Joe Biden como la opción menos desfavorable. Por debajo de ese frágil consenso mediático, se reproducen varios equívocos, sobre todo en redes sociales y foros gubernamentales y opositores, que revelan viejos prejuicios y estereotipos.

El primero de esos equívocos es que republicanos y demócratas, Donald Trump y Joe Biden, son lo mismo. Lo mismo porque forman parte de un viejo sistema político bipartidista, de elección indirecta, que garantiza que no haya verdadera alternancia en el poder. O lo mismo porque son igualmente imperialistas y su relación con América Latina siempre será desventajosa para la región.

Que el sistema político norteamericano es viejo y debe ser reformado es una demanda de sectores progresistas de Estados Unidos desde los años 60, por lo menos. Sin embargo, en un mismo sistema, por arcaico que sea, existen diferencias internas. Negar esas diferencias en un formato bipartidista es más difícil que negarlas en regímenes de partido único, como el soviético o el cubano. Lo asombroso es que no pocos defensores latinoamericanos del unipartidismo repiten que en el bipartidismo no hay libertad de elegir.

Si no hubiera diferencias entre Trump y Biden, en temas tan diversos como medio ambiente, migración, racismo, salud pública, comercio internacional o relaciones con China y Rusia, Cuba y Venezuela, la polarización en Estados Unidos no habría alcanzado los niveles que hemos visto en los últimos años.

No se trata únicamente de diferencias de estilo, que cuentan, sino de discordancias programáticas entre ambos partidos que se dilatan desde las dos presidencias de Barack Obama.

Tampoco es sostenible que la política hacia América Latina sea la misma porque la esencia hegemónica o imperial de Estados Unidos así lo determina. Además de que esa hegemonía es cada vez más relativa, la política de los demócratas hacia la región, como pudo observarse en las administraciones de Jimmy Carter, Bill Clinton y Barack Obama, ha sido históricamente más distendida y ventajosa para América Latina y el Caribe, en su conjunto.

Otro error latinoamericano es suponer que el aislacionismo de Trump es beneficioso para la región porque rebaja el énfasis de Washington en derechos humanos, autonomía de la sociedad civil y consolidación democrática, a la vez que contrae la estrategia hemisférica de los demócratas. Esa perspectiva, que inicialmente unió a gobiernos de derecha e izquierda, como los de Jair Bolsonaro y Nicolás Maduro, fue contrariada por el cambio de la política trumpista hacia Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua.

El tercer error sobre la contienda norteamericana, que ha circulado en los últimos días, es que un triunfo de Biden conduciría a un abandono de las alianzas construidas por Trump con Andrés Manuel López Obrador en México, Jair Bolsonaro en Brasil o Iván Duque en Colombia.

A diferencia de Trump, Joe Biden, Kamala Harris y la nueva generación de políticos demócratas que llegará a la Casa Blanca poseen una visión de Estado y no impondrán al gobierno una lógica inmediatista, de destrucción de todo lo hecho por la administración anterior.

México, Brasil y Colombia son prioridades de la política exterior de Estados Unidos, desde hace décadas, y no dejarán de serlo con la llegada de los demócratas al Departamento de Estado. La salida de Trump, lejos de obstruir ese vínculo, permitirá conducirlo desde una racionalidad diplomática compartida.

Esa racionalidad probablemente haga emerger nuevas zonas de conflicto entre Estados Unidos y América Latina, pero la forma de enfrentarlas será más predecible, menos arbitraria. Es por ello tan peligroso que algunas oposiciones utilicen el triunfo de Biden como mecanismo de presión contra sus gobiernos.

*Este artículo se publicó originalmente en La Razón.

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