La Habana y las ruinas: los ojos cerrados

By Ernesto Pérez Castillo  (Progreso Semanal)

Un balcón de La Habana.

HAVANA TIMES – Ser un vago habitual puede que sirva para algo. Recorrer la ciudad sin rumbo, a donde me lleve el viento, hasta que den los pies, me pone de frente la realidad que antes del primer paso era distante, desconocida, insospechada. Calles, callecitas, callejones, me van llevando a esa otra ciudad en ruinas dentro de la ciudad, debajo, que es la ciudad real, la que la gente habita, donde contra viento y marea sucede el misterio de la vida de todos los días.

Una tarde descubres ese guardavecinos pesado y amenazante, de hierro fundido, cargado de óxido, desencajado, que jornada tras jornada flota sobre la cabeza de los inocentes. Otra te sorprende aquel balcón súper coqueto, de columnas esbeltas y retorcidas, tan morisco, también a punto del desplome. Luego es esa puerta de caobas iluminadas por el labrado de una mano añeja y paciente, ya con sus muelas cariadas, que hace años perdió el brillo y la batalla contra la humedad de las cercanas y eternas aguas albañales, que se pudre sin remedio. O aquella ventana ciega, de persianas ausentes y cristales finalmente derrotados por la mugre.

Y allí es el derrame de ladrillos rotos, el charco empozado de aguas negras, el desmorone de escombros, de lo que sea, polvo y maderamen sedimentado para siempre en la esquina. Imagino el estupor del forastero que desembarca en La Habana y se tropieza con las huellas de esa guerra que no ha sido, que no ha ocurrido aun y que ojalá no suceda nunca.

Miro esos barrios y entiendo por qué no logran impresionarme ni este poco las imágenes de las ciudades recién bombardeadas de los noticieros: ya lo he visto todo, ese ha sido mi entorno. Allí nací. En medio de ese caos. Allí vivo.

Está lo ya caído, perdido, derrumbe consumado y quieto, pero también está lo que resiste. Sí. Aquello que, contra toda lógica, aguanta, en el más precario de los equilibrios. Lo que nadie sabe por qué ni cómo ni hasta cuándo se sostiene todavía. La necesidad obliga a parir milagros. Por eso así le llaman desde antes, a falta de razones: estática milagrosa.

De pronto, de vuelta y caminando en el desamparo de la noche, una idea me oscurece. ¿Y si hubiera más, y si en verdad fuera peor que lo ya visto? ¿Y si todo aquello no es el fin, sino el comienzo? ¿No la causa, sino apenas el efecto? ¿No el problema, sino los síntomas? Ni el alfa ni el omega, sino lo que está en el medio. ¿Y si no nos damos cuenta, si no queda tiempo?

Ahí recuerdo aquella teoría que asegura que el desorden de la habitación o de la casa no es más que el reflejo primario y directo del desorden y el desarreglo de la mente, y ya con eso en la cabeza el asunto podría tornarse grave, pesado, irresistible.

Porque según ello, entonces la ciudad derruida y por tanto tiempo siempre a punto del desastre, erguida a duras penas, piedra sobre piedra a punta de milagros, que se cae, que no se cae, que parece que se desbarranca pero aguanta un día más y después resiste otro día, dios o el diablo mediante, sería el reflejo natural de una mente más arriba, por encima de todas las cosas, una conciencia superior y acaso colectiva que no puede hacer más, o lo hace mal, o que no sabe lo que hace. Equilibrio precario aquí abajo y allá arriba, estática milagrosa en todas partes.

Ese sería el caso de una mente que no mira para abajo, que no ve alrededor suyo, que pasa entre las ruinas con los ojos cerrados, o mirando a otra parte. Que no le importa lo que pasa, lo que pisa, que cree que no le afecta: que no se da cuenta del naufragio que se nos viene encima.

Quisiera que no fuera para tanto, porque es una ciudad bella, pero a ratos la belleza queda demasiado entre líneas, apenas adivinable, y hay que rebuscar entre lo gris y por debajo del óxido y del salitre corrosivo para entrever la ciudad que era y la que podría ser.

Y así la vida. Espero que aquellos de allá arriba sí sepan lo que hacen, y que si no hacen más es solo porque no pueden y, si un día pueden, que no pierdan tiempo y no dejen pasar las oportunidades, para que este desorden sea temporal y ajeno, y sea definitivamente organizable. Eso espero

2 comentarios sobre “La Habana y las ruinas: los ojos cerrados

  • La Habana fue una ciudad muy linda en otro tiempo, la calzada de monte, hoy caminas y te das cuenta que eran tiendas una al lado de otras todas iluminadas, caminamos la calzada del cerro, un amor un esplendor en la herrería, todo una cultura del herraje, la calle Neptuno, las construcciones increíbles se puede dar una clase de arquitectura, tantos estilos en una avenida, y la cantidad de tiendas y otros establecimientos, recuerdo los cuentos de mi abuelo, que se montaba en el tranvía solo para ver y conocer la Habana, hoy mi abuelo no está tampoco los tranvía ni La Habana de sus sueños

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  • Este post parece parte de una novela, esta lleno de sitios comunes, frases trilladas, para decir lo mismo que todos sabemos: la decadencia de nuestra ciudad.

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