La disyuntiva de la oposición en Nicaragua

abstención estéril o participación temeraria

Una calle del norte de Nicaragua durante las protestas de la rebelión ciudadana contra Daniel Ortega, en julio de 2018. // Foto: Carlos Herrera

La oposición debe verse en el espejo de la Coalición del No en el plebiscito de Chile en 1988, o en la abstención venezolana en 2020 y 2005

Por Silvio Prado (Confidencial)

HAVANA TIMES – El escenario político general de Nicaragua es de tal naturaleza que la dictadura tiene la fuerza necesaria para mantenerse en el poder, pero no la suficiente para derrotar a la oposición, si por tal denominamos a los distintos grupos antidictadura surgidos del espíritu de abril o inspirados por el mismo. ¿Estancamiento? No, empate asimétrico.

Consciente de su incapacidad, la dictadura ha preparado el escenario electoral para que la oposición —la que desafía su poder— se vea impedida de participar o se abstenga. Frente a ello la oposición se encuentra ante una disyuntiva vital: la abstención estéril o la participación temeraria. Para ambas opciones tiene espejos en los que mirarse: el venezolano o el chileno, respectivamente.

El caso de Venezuela es el más reciente. Incapaz de sumar un frente opositor sólido, la rama mayoritaria tomó la decisión de abstenerse ante los innumerables impedimentos interpuestos por el régimen. El resultado ya lo conocemos: la cesión del control del Parlamento, la última parcela del poder que tenía en sus manos. Las consecuencias fueron las mismas que en 2005, cuando también se abstuvo: el chavismo se despachó con la cuchara grande con más perjuicios morales que políticos. Los resultados fueron las manos libres para reformar la Constitución e introducir las llamadas leyes habilitantes, entre muchas otras.

Lo mismo ha ocurrido en las del pasado seis de diciembre. Una abstención estéril originada en los pleitos tribales que facilitaron el trabajo de la tiranía. La oposición optó por la salida que el ‘madurismo’ había programado, como “La vida de Brian”, aquella película en la que los palestinos se suicidan en protesta por la crucifixión de Cristo, en vez de rescatarlo del martirio.

Ahora mismo, ¿qué resultado ha tenido esta última abstención? La ilegitimidad del régimen… ¿y… a quién la importa esta exquisitez? Para fines prácticos la orquesta chavista sigue tocando aunque el barco se hunda cada día más en el hambre y la miseria, sin que la oposición pueda decir ni ‘pío’ frente al rumbo ruinoso de ese rico país.

En Chile, 1988, la dictadura convocó a un plebiscito para decidir sobre la continuidad del régimen ocho años más. La oposición cogió al toro por los cuernos y después de largas discusiones decidió participar. En aquellos tiempos estaba más dividida que la nica.

Una anécdota contaba que la última división del Partido Socialista se debía a que no se habían puesto de acuerdo si Pinochet era fascista o ‘fascistoide’. Las cárceles estaban repletas de presos políticos, los asesinados y los desaparecidos se contaban por miles; los exilados estaban desparramados por todo el mundo; y el régimen era una dictadura férrea y cruel que había recibido la inyección para endurecerse tras el atentado contra Pinochet dos años antes.

Los fraudes en dos plebiscitos anteriores alimentaban las desconfianzas de algunos sectores, que además argumentaban —no sin razón— que si participaban legitimarían los resultados que seguramente favorecerían a Pinochet.

Pese a todo, la oposición decidió participar reagrupada en la Coalición por el No, formada por 17 partidos de distintas corrientes ideológicas, aunque se viera amenazada por una nueva ola de represalias si ganaba el ‘Sí’. Conviene señalar algunos elementos del contexto que favorecieron esta decisión: la reforma del tribunal electoral que, entre otras medidas, permitió la reapertura del registro electoral un año antes del plebiscito y la relegalización de los partidos políticos, prohibidos desde el golpe militar de 1973.

Como es sabido, el cinco de octubre de 1988, el ‘No’ ganó con el 56.0% de los votos frente al 44.0 % obtenido por el ‘Sí’. Un año más tarde, el 14 de diciembre de 1989, Patricio Alwyn, candidato de la Concertación, la coalición de partidos herederos del bloque del No, derrotó al candidato de Pinochet. Con ello se inició la transición a la democracia, cuyo paso más reciente ha sido el referéndum que aprobó la redacción de una nueva Constitución.

A menos de ocho meses de la cita electoral en Nicaragua, conviene recordar —una vez más— la esencia de la contradicción a resolver: es democracia contra dictadura; o si se quiere: democracía sí, dictadura no. Se juegan cinco años más de dictadura con todo lo que ello implica: cero libertades, presos políticos todos los días, más años de exilio para nuestros compatriotas, más impunidad y más deterioro económico, desempleo, hambre y migración forzada.

Este nuevo paso hacia el borde del abismo es lo que da el carácter plebiscitario a las próximas elecciones, aunque en términos académicos sea una contradicción. Las del siete de noviembre no pueden ser vistas como elecciones multipartidistas normales en las que compiten distintos programas políticos con más o menos las mismas posibilidades de ganar.

Por las repercusiones antes señaladas, estas elecciones obligarán una respuesta de sí o no, como si fuese un plebiscito, y demandan una alianza opositora en vez de la competencia de varias opciones. Esta es justamente la trampa que mantiene atrapada a las fuerzas opositoras: el hecho de creer que son comicios en los que se disputa la proporcionalidad de cuotas de poder.

Por esta razón se patina una y otra vez en el “cómo” (el vehículo electoral) en lugar de estar coaligándose en torno al “para qué” (la reconstrucción del Estado, de la economía y el acceso a la justicia).

El consenso en torno en torno al “para qué”, —el desmantelamiento de la dictadura, un orden cooptado por una familia y subordinado a una organización político-militar— lo que determinará la envergadura y la solidez de una alianza que no sería capaz de emprender semejante tarea si no encarna la contradicción estratégica entre democracia y dictadura. La división de la oposición, en cambio, le concede la ventaja definitiva a la dictadura.

Si desde el inicio de las protestas se asumió que la única salida a la crisis era política, descartando así una nueva guerra civil, la próxima estación en esa hoja de ruta debe ser la disposición de participar porque es la única manera de plantarles cara a los estrategas de la dictadura que han apostado por el abandono o la abstención. Pero antes se necesita salir del absurdo del “cómo” —que al fin de cuentas es secundario— para concentrarse en el “para qué”.

Los regímenes autoritarios, por la necesidad de ganar aceptación de la comunidad internacional necesitan celebrar elecciones para blanquear la tiranía. Esto abre ventanas de oportunidad que los llevan a cometer errores. En palabras de Treisman, “la democracia a veces emerge no porque las élites (autoritarias) lo busquen, sino porque tratando de prevenirla cometen uno o más errores críticos”.

En nuestro caso, la dictadura convocará las elecciones para desnaturalizar una vez más la democracia, pero podría estar cometiendo el error crítico de abrir un poco la ventana mediante reformas cosméticas para hacerlas creíbles. La oposición no puede cometer un error mayor absteniéndose de entrada, o participando dividida entre dos o más bloques. Es el único escenario en que la dictadura podría doblegar a la oposición.

Es más fácil arrancarle al tirano reformas de mayor calado desde posiciones unitarias decididas a desalojarlo del poder, que desde la imagen débil de quien deshoja la margarita, entre abstenerse sin consecuencias o participar a riesgo de perderlo todo. Solamente así se podrá seguir siendo fiel al espíritu de abril.

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