Fiscales silenciosos, ¿sospecha o realidad?

Por Maykel Paneque

Ilustración por Yasser Castellanos

HAVANA TIMES — Hace unos meses vivo asediado por una sospecha -o un síndrome paranoico si se quiere- que se confirma con el suceder de los días. Y esa paranoia ha ido tomando cuerpo, se ha vuelto una presencia cada vez más insistente, desde que falleciera Fidel Castro, un suceso que trajo como primera medida revolucionaria cerrar filas, no dar cabida al mínimo relajo, como diríamos en buen cubano.

Me inquieta mucho, por no decir que me asusta, una frase de moda que tiene sus variaciones. Esa frase de moda -no se sabe cuánto durará- anuncia como una verdad absoluta “Fidel somos nosotros” y “Fidel es el pueblo”. Y me inquieta, porque ni soy Fidel ni tampoco el pueblo. O para ser más exacto: no soy Fidel ni Raúl ni bufón. Nací en Cuba, vivo en ella voluntariamente. Y punto.

Si los encargados de idear consignas oficiales para luego esparcirlas en carteles me hubieran consultado, habría dejado en claro mi parecer de antemano. Me irrita que hablen por mí sin haber abierto la boca. Dar por sentado que todos opinamos lo mismo ya no solo parece irreal o asunto de comedias, es claramente un insulto, un atrevimiento que me cuesta aceptar en silencio.

Pero mi paranoia o mi sospecha o algo que en cualquier momento se convierte en una certeza -quién sabe, es cuestión de tiempo- va por otro cauce, aunque la cascada mayor continúa siendo Fidel Castro, específicamente su intervención del año 1961 bajo el nombre “Palabras a los intelectuales”, un encuentro con escritores y artistas que, al imprimirse como documento histórico, instauró el dogma de cómo analizar el arte en el futuro inmediato revolucionario. La legendaria frase “con la Revolución todo, contra la Revolución nada” implantó desde ese momento una censura y un ostracismo intelectual que aún pesa en la cultura cubana.

Los herederos de ese dogma han llevado su fanatismo tan lejos que incluso después de medio siglo consultan el documento, en específico la frase lapidaria, como si de una biblia artística se tratara. Y aquí es donde me asalta la sospecha. He observado desde hace unos meses la composición de los jurados en los concursos literarios del país y me llama la atención que en muchos de estos certámenes coloquen de presidente a alguien encargado de filtrar algo que se desvíe de los parámetros o que ataque solapadamente algo que no debe ser nombrado.

He consultado a algunos escritores y más de uno ha empezado a llamarme paranoico. Me gustaría que todo se quedara en la sospecha, en ver fantasma donde no hay, pero sigo sin entender por qué se repiten como presidente en uno y otro certamen algunos de esos herederos del dogma, esos fiscales silenciosos con un historial de libros y premios, y también con una conducta postrada, con un semáforo en la mirada, que con su voz y voto son capaces de dar luz verde o roja a los manuscritos que pasan por sus manos. Aun así, quiero dejarlo claro, sigo apostando por jurados insobornables, no importa si después defraudan y se echan a perder.

Un amigo envió hace unos meses una novela a la convocatoria del Premio de la Fundación de la Ciudad de Santa Clara. Por supuesto, no agarró nada. Y digo, por supuesto, porque la historia aborda ese infierno de la parametración y los telegramas de reclutamientos. Y claro está, la novela se sumerge en las Umap, esa experiencia del encierro involuntario, ese laboratorio de la especulación y el sin sentido, y del cual el Gobierno cubano insiste en no tener conocimiento o, lo que es peor, ha elegido el silencio como respuesta ante la avalancha de críticas que ha recibido por permitir tempranamente la existencia de campos de concentración que aglutinara a creyentes, homosexuales, vagos y a otros con el cartel “desviados del proceso revolucionario”.

Y un día -meses después del fallo-, en la pasada entrega del Premio Iberoamericano Julio Cortázar, para ser más exacto, mientras mi amigo y yo conversábamos, se acercó un escritor que había sido jurado del Premio de Santa Clara. Bajo promesa de anonimato confesó que llevaba la novela como premio y coincidía con el otro jurado, pero el presidente dijo que mientras él ejerciera en esas funciones no premiaría un libro contrarrevolucionario. Me ahorro su nombre. Que ejerza ese triste oficio es suficiente. Y eso de “libro contrarrevolucionario” parece una frase anticuada, llena de polvo en las vitrinas del Museo de la Revolución, pero no hay que engañarse: no está pasada de moda.

Pero curiosidad al fin, esta no termina. El escritor aseguró que aunque él apostara por su novela, aun cuando hubiera logrado convencer al presidente (algo extraño y dudoso) que su obra era el premio, la editorial encargada de publicarla jamás consentiría en imprimirla. Y entonces vinieron las recomendaciones, que la enviara al Premio La Gaveta Franz Kafka o al Reinaldo Arena (para cubanos cuyos libros son impensables de publicarse en Cuba, por ahora) o a cualquier certamen internacional. Por supuesto, quisiera que todo esto fuera una especulación sin sentido, una sospecha; que todo este balbuceo formara parte de una paranoia y un complot incierto, porque de más está decirlo: me asustaría que llegara a convertirse en una certeza.

 


3 thoughts on “Fiscales silenciosos, ¿sospecha o realidad?

  • el 12 abril, 2017 a las 7:05 am
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    La frase de Palabras a los intelectuales no es “con la revolución…”, es “dentro de la revolución…”. Aunque la diferencia de matiz no ha significado tampoco gran cosa.

  • el 6 abril, 2017 a las 7:12 am
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    Maykel lamento informarte que has hecho el recuento exacto de los métodos de represión cultural que se han repetido los últimos 60 años. Literatura cine artes plásticas, son legiones de artistas que se han quedado en el insilio porque la mordaza los ha demonizado o han tenido que emigrar.Lamentablemente y por tu reseña de lo ocurrido, esos mecanismos de expulsión del campo intelectual siguen intactos. Gracias por tu artículo.

  • el 5 abril, 2017 a las 10:03 am
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    Maykel : no es parnoia suya, es un echo cierto que : existe una capana izquierdosa par borrar el pasado. Eso no es nada raro, todos los que han cometido acciones indebidas y no tienen la entereza e inteligencia para confrontarlas, analizarlas y tomar accion para resarcir danos, creen que esa es la mejor forma de enterrar esas acciones y mirar al futuro….. ,sin embargo, siempre lo hecho, echo esta y para construir futuro solido, arreglar cuentas es indispensable !!Arrastrar errores, no permite avanzar, es mucha la carga !!

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