Díaz-Canel refuerza el socialismo feudal en pleno siglo XXI

Por Vicente Morín Aguado

El presidente cubano Miguel Díaz Canel (der) en el programa de la Mesa Redonda.

HAVANA TIMES – Las decisiones del Gobierno de Díaz-Canel en términos de comercializar bienes de uso hogareño y/o personal, dan fe al continuismo defendido por quien le debe el cargo a Raúl Castro. Recordando al L’ancient Régime francés, barrido por los ríos de sangre de la Revolución Francesa, los borbones de Cuba se empeñan en mantener el estado de cosa a cualquier precio.

En esencia, nada ha cambiado porque el monopolio estatal sobre el comercio interior y exterior fue implantado en Cuba durante la década del sesenta del siglo pasado, su punto culminante ocurrió en 1968, cuando la llamada “ofensiva revolucionaria” prohibió los pequeños negocios personales, sobrevivientes a la gran estatización de la economía.

Esta decisión, similar a los “estancos” de la España monárquica del siglo XVIII, vivió cuatro décadas sin mayores contratiempos, hasta que un Fidel Castro disminuido física y mentalmente cedió el puesto a su hermano Raúl, quien asumió las riendas del Estado típicamente feudal creado por ellos mismos.

El nuevo gobernante se propuso algunos cambios imprescindibles en pleno siglo XXI, retrasados por la senilidad del fundador del reino. Sin faltar a la fidelidad juramentada, aplicó el método lampedusiano: “¿Y ahora qué sucederá? ¡Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual, pese a que todo habrá cambiado”. (Lampedusa G.T. en El Gatopardo.)

Raúl regaló a sus súbditos cierta modernidad democrática, sin alterar los fundamentos de un país, gobernando al estilo del señorío de Birán, en el oriente cubano, donde el padre de la dinastía, el gallego Ángel, sustituyó el peso cubano por chapitas solo válidas en los establecimientos de su propiedad.

¿Qué son hoy las monedas circulantes en Cuba? Lo mismo que las chapitas de Birán, el feudalismo traído de Iberia terminó extendido a toda la nación.

Dicho sea de paso, Ángel Castro Argiz disfrutaba con bastante ligereza de otros fueros señoriales, entre ellos el derecho de pernada. Nunca faltaron guajiritas en las ancas de su caballo. 

Sigamos pues con “el Chino” Raúl Castro, bajito, incapaz de una oratoria brillante, lejos del carisma y la figura que hicieron universal a su hermano mayor.

Uno de sus decretos abolió el detestado permiso de salida del país, llamado “carta blanca”, entonces bajo control del Ministerio del Interior. Sin ser absolutos, la eliminación de la carta blanca generó una explosión de viajeros nacionales convertidos en turistas.

¿Quién financiaba este turismo? Los cubanos carecen de salarios en divisas, por tanto, el dinero venía, directa o indirectamente desde otros países, mayormente de la emigración, que supera los dos millones de compatriotas, asentados en unos 72 países, según datos de la ONU, de ellos el 90 % en los Estados Unidos de América.

Lógica del capital, era imprescindible resarcir los gastos para continuar viajando. Estimulados por otras tímidas reformas raulistas que en su conjunto permitieron la apertura hacia los negocios particulares, los cubanos viajeros, salvando numerosas dificultades aduaneras, junto a controles estatales dentro del país y hasta la persecución policial, se las agenciaron para armar un engranaje envidiable de importación de bienes personales y hogareños que solamente en Panamá significó más de 300 millones de dólares anuales en compras.

Maldecidas hasta por el Che Guevara, las relaciones monetario-mercantiles no pueden eliminarse en el socialismo, sus tentáculos minan constantemente los poderes de la nobleza, ante el acecho de la naturaleza humana que inútilmente trata de sofocar el comunismo doctrinario.

Los plebeyos, nuevos burgueses, estaban retando el poder sagrado socialista.

¿Cuánto había en juego? Basta saber que un Smart tv de 32 pulgadas se vendía a los siervos trabajadores en la red estatal a 400 CUC, pesos convertibles o dólares al cambio, cuando en Miami puede adquirirse hasta en 100. Los vendedores por cuenta propia conseguían una mejor relación precio/calidad en sus ofertas.

Por necesidad, la nueva oferta redujo los precios hasta límites similares a los alcanzados por el mercado del turismo comercial, lo que no significa pérdida alguna para el Estado, gran importador con ventajas adicionales evidentes.

Las nuevas disposiciones determinan el uso obligatorio de tarjetas magnéticas emitidas por el sistema bancario socialista, donde serán depositadas las divisas, convertidas en unidades del billete verde de Estados Unidos.

El Gobierno pretende:

  • Los dólares pasan directa y obligatoriamente al sistema bancario estatal, decidiendo de antemano el Estado dónde y cómo serán gastados.
  • Eliminar la fuga de divisas.
  • Reducir al mínimo la corrupción, relacionada con el ejército de funcionarios violando una cadena de violaciones determinadas a limitar la introducción de mercancías desde otros países, ahora vendidas en las nuevas tiendas.

De hecho, eliminando molestas prohibiciones, Cuba vuelve a los tiempos en que estaba penalizada la tenencia de efectivo extranjero.

No es gratuita la etiqueta feudal socialista. Se trata de decisiones caprichosas, autoritarias, apelando a consignas de socialización anticapitalista que no pasan de la retórica, porque el dinero recaudado queda fuera del control popular y sobran evidencias de que es malversado por la realeza y sus vasallos cercanos en la cúspide de una pirámide social bien estructurada.

El nuevo Gobierno es viejo por su esencia. Los comunistas refuerzan el Estado existente porque cualquier cambio significaría acabar con sus privilegios, implicaría una auténtica revolución burguesa que regresaría a Cuba al orden natural del universo reconocido, barriendo cual el meteorito evocado por los científicos, el parque jurásico que es hoy nuestro país.
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