¿Desbloqueo / desembargo?

Por Martín Guevara

HAVANA TIMES – Al triunfo de la Revolución, lo mínimo esperable era un bloqueo. De hecho, al declarar el carácter socialista de la Revolución, la expectativa era un ataque furibundo.

A nadie se le ocurría quejarse de que los dueños de las empresas, bancos, dinero, hoteles, todo tipo de negocios confiscados, de alguna manera expresasen su contrariedad.

Y todos habrían firmado porque solo fuese un bloqueo sin invasión, sin bombardeos. La Revolución se había conquistado en contra de Batista en principio, luego del capitalismo. También de la fase superior del capitalismo: el imperialismo, que estaba a solo 90 millas, cuyo mayor blasón identitario y simbólico, es su divisa: el dólar. Estaba clarísimo que no les iban a regalar un Cadillac a cada comandante, tras semejante afrenta.

La idea era industrializarse y no depender del flujo de mercancías y divisas de ninguna de las dos superpotencias. Pero en medio de aquello ocurrió que se fueron acostumbrando al alineamiento con el campo socialista, bajo el mando de la antigua URSS.

Es verdad que era demasiado atractivo; una oferta como las de Don Vito, no se puede rechazar. Petróleo, armas, alimentos, asesores, todo tipo de insumos, únicamente a cambio de total acatamiento de las “sugerencias ordenadas” desde la tía Patria Moscú.

Durante décadas en que vivió el comandante Fidel Guarapo Castro, se tejieron tácticas y políticas ocultas de pequeños intercambios. Hubo pactos de no agresión y algún que otro detalle, con el campo capitalista.

Paradójicamente quien nunca rompió el comercio y la diplomacia fue la España del genocida fascista Francisco Franco.

México fue su mayor apoyo siempre, Japón y algunos países de Europa. Pero cada vez que podía estar cerca un relajamiento de la tensión comercial con EE.UU., de una manera casual sucedía algo que obligaba a la parte estadounidense a tensar aún más el embargo.

Como Bill Clinton cuando había trabajado en la propuesta al Congreso para humanizar las relaciones. El derribo de las avionetas lo obligó a la aplicación de la ley Helms Burton que le exigieron desde el ala republicana y a la que no se pudo oponer, que buscaba internacionalizar el sitio a la economía cubana.

Las clases altas de ambas orillas se beneficiaban de tal clima de amenaza y aparente hostilidad sin llegar a una agresión concreta, azuzando a sus huestes con argumentos más gástricos que cerebrales.

La persistencia en el sitio a la Isla es criminal, pero levantarlo sin ninguna negociación, aunque siempre sería mejor para la gente en Cuba, también sería una necedad.

Para que los beneficios lleguen directamente a la gente, no se queden trabados en la superestructura, hay que establecer mecanismos engrasados que permitan el desarrollo de autónomos, emprendedores, libertades de movimiento, sin descuidar, y como prioridad, la atención a los sectores más pobres y menos preparados para un nuevo modelo de sociedad.

Los más necesitados, si empieza un desarrollo vertiginoso, quedarán en la más absoluta miseria. Ahí se deben mantener férreamente los principios humanistas provenientes del socialismo, de protección al más débil, al menos adaptado.

Hoy parece haber cambiado algo. Como quiera que se analice a Fidel Castro, lo que siempre habrá que decir es que fue antimperialista estadounidense hasta el último día. Puso verde a su hermano por estar pasándola tan bien en compañía de Obama, en su editorial en Granma El hermano americano.

Pero el tiempo pasa incluso para los mamuts. Distintos sectores de la dirigencia nueva, aunque con los mismos lemas, no con iguales intereses, cada vez buscan más el acercamiento a los EE.UU. a como dé lugar.

Cuba se desangra entre una economía más sujeta a la inspiración del panteón santoral yoruba que a planes económicos concretos, a un bloqueo que ya es inexplicable en un mundo de libre movimiento de capitales, al Covid 19 y a una tozudez que ya se va enredando entre las algas del fondo.

Una solución habrá que encontrarle, sin violar la soberanía del país, ni tampoco la de su gente, cada vez más asfixiada.

Paradójicamente el bloqueo/embargo es lo más opuesto a una economía de mercado capitalista, es un Estado interviniendo el natural desarrollo de los negocios a cualquier escala. Su espíritu es más inherente y cercano al proteccionismo propiedad de los planes quinquenales comunistas, que al libre mercado.

Así es que ambas partes en pugna por el bloqueo/embargo de EE.UU. a Cuba, están reivindicando lo contrario a los principios que dicen defender.

El Gobierno cubano le pide a Estados Unidos que recuerde su esencia y naturaleza capitalista y liberal, e implora por la materia prima y la divisa del imperio del que, todo hay que decirlo, cada vez con menos convicción, reniega.

Mientras tanto, el GOP y la comunidad cubana en el Miami exige una mayor intervención del Estado contra el libre movimiento de los capitales y las personas, al mejor estilo de las más cerradas teorías estatales comunistas.

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