¿Cómo interpretar la embestida de la dictadura?

Oficiales de la Policía orteguista sacan computadoras y otros equipos del estudio de grabación de Esta Semana y Esta Noche, allanados ilegalmente el 20 de mayo de 2021. // Foto: Nayira Valenzuela | Confidencial

¿El tercer allanamiento contra CONFIDENCIAL es un síntoma de fortaleza del régimen?

Por Enrique Sáenz (Confidencial)

HAVANA TIMES – Imponer el miedo ha sido uno de los recursos más utilizados por las tiranías a lo largo de la historia, y en las más diferentes latitudes. Daniel Ortega no hace más que seguir la misma fórmula que han aplicado sus congéneres de las más diversas ideologías: De Hitler a Putin; de Idi Amín a Stalin; de Pol Pot a Ferdinand Marcos; de Pinochet a Kim il Sung.

Torturas, matanzas, encarcelamientos masivos, confiscaciones, ejecuciones extrajudiciales, vejámenes de todo tipo. Dominar por el terror. Y la propaganda. Siempre la propaganda con el propósito de adormecer, engatusar o atemorizar.

Y este recurso de imponer el miedo se hace más visible cuando la dominación queda desvestida de todo ropaje y se exhibe la fuerza bruta como único recurso para someter voluntades.

En un tiempo Ortega pudo imponer su modelo de dominación apuntalado en varios pilares y ataviado con varios ropajes: acuerdo con las cúpulas económicas; acuerdo con un sector de la Iglesia Católica; abundancia de recursos externos; alianza con el PLC; adormecimiento de parte de la población con dádivas y los proyectos delirantes que durante buen tiempo encandilaron mentes y ambiciones; ciertos espacios institucionales y fintas con organizaciones opositoras para guardar las apariencias. Le ayudó que la comunidad internacional se la pasó viendo para otro lado.

De este modo pudo desmantelar impunemente la precaria institucionalidad democrática y se apoderó de la Asamblea, aparato electoral, aparato judicial, alcaldías. Ningún espacio público escapó a su control.

Una vez que se desinfló la chimbomba que había hinchado con el subsidio de la cooperación petrolera venezolana, el modelo de dominación comenzó a flaquear por todos los costados, menos en uno: el de las fuerzas represivas. Porque Ortega había puesto especial atención en seducir a los mandos de la Policía y del Ejército con prebendas abiertas y encubiertas.

A medida que se desinflaba la chimbomba, para preservar su capital y el de sus secuaces, descargó el peso de las vacas flacas en la población y también en una parte del sector empresarial. Recordemos que ya en 2014 impuso una primera reforma para contener la crisis del INSS. Una reforma que castigó a empresarios y cotizantes.

Precisamente, el descalabro del INSS es una de las evidencias emblemáticas del fracaso del modelo económico subsidiado: corrupción, despilfarro, incompetencia e incapacidad para generar empleos productivos. La imposición de nuevas reformas fue la chispa que encendió la pradera.

Después de la sorpresa inicial con las protestas que estallaron en abril del 2018, Ortega se despojó del ropaje que le había servido para disfrazar su dictadura. Y reaccionó con la única estrategia que conoce y prefiere: la estrategia de la guerra.

Es importante considerar que el miedo, como recurso represivo de las tiranías, se encuentra estrechamente asociado a su contracara: el miedo que agobia a los mismos tiranos. Mientras más miedo sienten a perder el poder, más recrudecen la represión.

Es con este marco que debemos interpretar la reciente embestida de la dictadura en los últimos días.

Ortega venía montando cuidadosamente su circo electoral. Pero el temor, sus delirios paranoicos y su propia naturaleza pendenciera lo están traicionando. Se están imponiendo más sus temores y humores que sus cálculos. Y hay que aprovechar esta circunstancia.

¿El tercer allanamiento a Confidencial es síntoma de fortaleza?

Evidentemente ese allanamiento obedece al temor a la libertad de información, a la libertad de prensa, a la libertad de opinión y al prestigio de ese medio de comunicación. ¿Espera la dictadura acallar o doblegar a Carlos Fernando? Obviamente sabe que no puede lograrlo. Además de la saña e intenciones de venganza, busca intimidar por la vía del “efecto demostración”: “Si lo hacemos con él, también lo podemos hacer con vos”.

De paso, con capturas y acosos, busca intimidar a periodistas y medios de comunicación independientes. Esfuerzo inútil. Ni materialmente, ni políticamente, ni moralmente, ni tecnológicamente puede acallar esas valientes y libertarias voces.

Por otro lado, la embestida en contra de Cristiana Chamorro, con un montaje burdo, insólito y descarado, es una muestra palpable y pública de que Ortega tiene terror a la posibilidad de enfrentarla en noviembre próximo. Mas todavía, tiene terror a abrir un solo resquicio a elecciones.

Después de las leyes represivas, incluidas las reformas a la ley electoral; después de imponer un Consejo Supremo Electoral integrado únicamente por leales sirvientes; después de imponer un tramposo calendario electoral; después de despojar de personalidad jurídica al PRD; y después de esta embestida, que incluye enclaustrar a precandidatos; el dictador está demostrando su determinación de aferrarse al poder, una vez más, cueste lo que cueste.

Los hechos recientes demuestran que ni siquiera está ya interesado en montar la apariencia de un respetable proceso electoral.

En estas condiciones resultan fuera de lugar las voces que, en el fragor de los atropellos, hacen apelación a elecciones. Y no es cuestión de olvidarnos de las elecciones, porque no puede abandonarse, por ahora, esa ruta. Es cuestión de momentos, de pertinencia y de oportunidades para discurso y acción. Y en este momento, de lo que se trata es de revertir la embestida brutal de la dictadura. Y aquí, de nuevo, la condición esencial es la unidad.

Unidad y solidaridad. Unidad para acordar y poner en marcha una estrategia de emergencia para enfrentar la embestida represiva de la dictadura. Solidaridad para la defensa colectiva. Los precandidatos tienen ante sí un relevante desafío.

Una nota final: el miedo es un recurso dictatorial eficaz para intimidar o paralizar. Pero el miedo tiene límites y no puede prolongarse indefinidamente. En determinado punto, cuando se desbordan esos límites, el miedo pierde eficacia y se revierte contra el opresor. Esos límites se rompieron con Somoza. Se rompieron con el gobierno sandinista de los ochenta. Se rompieron en abril del 2018.

Y se volverán a romper.

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