China de Mao, China de Deng…

Por Isidro Estrada

Mao Zedong junto a Lin Biao, que a la sazón se convirtió en su “íntimo compañeros de armas,” según la jerga de la época. A Lin Biao, sucesor casi designado, correspondió la tarea de endiosar a Mao. Comenzó por compilar el Libro Rojo en 1966, pero en 1971 murió, cuando el avión en que intentaba escapar de China se estrelló en Mongolia. Había preparado un golpe de estado contra Mao.

HAVANA TIMES — El colega Pedro Campos acaba de publicar un artículo en este espacio, en el cual, según entiendo, enfila todas sus armas teóricas contra el modelo de desarrollo que prima hoy en China.

Quiero partir de aclarar que no intentaré una defensa a ultranza de los fundamentos de este modelo, ni mucho menos, pues Pedro lleva buena parte de razón en lo que afirma cuando ubica algunos de sus pecados originales.

Sólo que, al leer su apasionado alegato anti-capitalismo chino, noto que pasa por alto ciertos factores históricos, que no pueden perderse de vista si se procura una visión un tanto desprejuiciada del tema, a favor de un saludable equilibrio.

Luego de vivir más de quince años en esta tierra, creo que algo he aprendido al respecto.

Lo primero que quisiera señalarle es que, en su afán por demonizar al “socialismo de mercado” que hoy impera en estos lares, Pedro casi santifica el período maoísta, presentando los cambios que se gestaron bajo el liderazgo de Deng Xiaoping como una traición virtual y amañada contra lo que alguna vez los chinos denominaron Pensamiento Mao Zedong, que en ciertos momentos devino casi religión de Estado, al mejor estilo de los dictados de los ayatolas iraníes.

Tomar partido a favor de Mao en detrimento de Deng, no ayuda a dilucidar el cómo y por qué China ha recorrido un sendero de cambios de más tres décadas, el cual, como saldo más destacado y positivo – obviando por un momento los pecados a que ya hice referencia -, hoy la ubican en el segundo escaño económico mundial.

Mucho menos contribuye a una visión balanceada afirmar palmariamente que Deng fue “sancionado en vida de Mao Zedong por desviaciones pro-capitalistas”, pues en el fondo de la prolongada purga política maoísta – y de eso se trató en esencia el castigo – hubo mucho más que un mero rechazo al sistema “enemigo”.

Durante la Revolución Cultural, el culto a la personalidad del líder alcanzó extremos alucinantes.

Las represalias contra personas como Deng se inscribieron en una cacería de “desafectos”, que comienza con el Movimiento Antiderechista de 1957 y no culmina hasta 1976, con la muerte de Mao y, de forma coincidente en fecha, con el fin de la traumática  Revolución Cultural, que el propio Gran Timonel desencadenara en 1966.

Más que procurar la pureza del Socialismo (según se aparentaba en la superficie), Mao y sus acólitos de ocasión hicieron lo indecible durante casi dos décadas por sacar de circulación a cuanta persona con un poco de visión se opusiera a sus desastrosas políticas colectivistas y campañas tan hiper-ideologizantes como inútiles.

Y para ello Mao se servía sin empacho del culto a la personalidad, mediante el cual fue encumbrado como un emperador más (y no exagero), capaz de situarse por encima de cualquier otra autoridad, la Ley y el Partido incluidos, y de dispensar condenas y perdones según su particular arbitrio.

Para 1976, al fallecer el llamado Gran Líder, China se hallaba al borde de la total paralización económica. La “solución biológica” llegó oportuna, ofreciendo a la sección más moderada del Partido Comunista la posibilidad de deshacerse de los elementos maoístas más recalcitrantes, cuyos empeños – en especial durante la RC- habían colocado al país al borde la guerra civil, dinamitando de paso, y en buena medida, las bases sociales y culturales de la milenaria China, y poniendo en peligro la supervivencia misma del Partido que los grupos más extremistas afirmaban defender.

Es decir, que los reformistas (y otros que no lo eran tanto, pero al menos cohabitaban con el realismo), recibieron como herencia del Gran Líder un país semi-arruinado, hermanado con el atraso en casi todos los órdenes de la vida y marcado por un cisma ideológico.

Ser intelectual era poco menos que una maldición en tiempos de la Revolución Cultural. Los que no se suicidaron durante las sesiones de repudio, acabaron enviados a campos de labor a miles de kilómetros de sus lugares de origen.

A los comunistas de entonces se les planteaba la disyuntiva de mantenerse atados al carro del maoísmo sin Mao, lo que suponía llover sobre mojado, o emprender un nuevo camino, que sacara al país del marasmo económico, político, social y cultural en que el maoísmo lo había hundido.

Sin hoja de ruta precisa para comenzar a andar, las nuevas autoridades no tenían otra alternativa que echar mano al ancestral sentido del pragmatismo asiático, tanteando cuanto sendero les resultara factible, combinándolo con una buena dosis de los preceptos confucianos sobre los cuales se ha asentado la vida china por más de dos milenios.

A finales de los 70 todo era pura especulación sobre el rumbo que tomaría China en lo adelante. No había modo de saber, a ciencia cierta, cuál de los “ismos” rescataría al país de los brazos del desastre.

Pero, ojo. Renunciar a las funestas prácticas maoístas no implicó condenar a Mao. No al menos en su totalidad. De ahí el eufemismo oficial, que cita Pedro Campos, de resumir en un “70% de hechos positivos y un 30% negativos” la trayectoria del Gran Líder, relación que, a mi modesto juicio, funcionaría mejor a la inversa, pues solo pasando a “mejor vida” detuvo Mao su cadena de monumentales meteduras de pata.

A este tenor, las nuevas autoridades decidieron sacar experiencias de la “desestalinización” iniciada en la URSS en 1956, bajo el liderazgo de Nikita Jruschov, que a la larga desembocaría en el estancamiento brezhneviano, por lo cual los chinos optaron por no invalidar totalmente a Mao.

Hasta han conservado casi todas sus estatuas y el gigantesco retrato de la Tribuna de la Plaza de TianAnMen, pero con el obrar de cada día han ido refutando en la práctica casi todo su funesto legado.

No sólo la jerarquía

Hay un hecho de aquella época, que no por anecdótico deja de ser revelador, sobre cuáles eran los tiempos que se avecinaban en la nación asiática, donde a zancadas se desmoronaba el predominio de la palabra absoluta del líder a favor de una opinión más consensuada. Y esto no sólo ocurría entre los jerarcas del Partido y el Gobierno.

El Libro Rojo de Citas del Presidente Mao se convirtió en biblia de una generación, que adoptaba como mandamientos divinos las palabras del líder.

En 1978, en una rústica vivienda de adobe de la aldea de Xiaogang, en la oriental provincia china de Anhui, 18 campesinos se reunieron en tono de conciliábulo para cometer una herejía. Tras escribir sus nombres sobre un pliego de papel, estamparon con su propia sangre sus huellas dactilares al pie.

Aquel documento los comprometía a renunciar a la colectivización forzosa que el maoísmo había decretado sobre las tierras de todos los labriegos. Hastiados de pasar hambre (y de incluso morir de ella) en nombre de una utopía inalcanzable e impuesta, juraban dar la vida si era necesario a cambio de no cejar en administrar, a su cuenta y riesgo, las tierras que laboraban de sol a sol.

Cuando aquella iniciativa, que en vida de Mao habría conllevado una condena a muerte automática, llegó a oídos del Partido, hubo un revuelo. El propio Deng, empero, se encargó de calmar las aguas, cuando dijo que aquello era “un gran aporte de los campesinos chinos.”

Tomando muy en serio el “juramento de Xiaogang,” en 1982 el Gobierno daba carta blanca a lo que desde entonces sería refrendando como “sistema de responsabilidad familiar sobre la tierra”.

Así, a instancias del campesinado, del que Mao un día se había declarado abierto aliado y defensor, pero a los cuales dejó finalmente sin alimentos, comenzó la reforma china. Y lo hizo en dirección opuesta al discurso del Gran Líder.

De tal suerte, dejaban de existir las comunas campesinas, en la cuales Mao reagrupó las tierras repartidas durante la Reforma Agraria que siguió a la Revolución china en 1949.

Dichas comunas habían alcanzado su apogeo al calor del frustrado Gran Salto Adelante, que Mao decretó en 1958, con el fin declarado de hacer de China una potencia mundial. Con dicha campaña se produjo la definitiva colectivización de las tierras, junto a la tala de bosques y reconversión de parcelas productivas en improvisadas fundiciones de acero.

Al cabo, las condiciones de vida del campesinado chino se deterioraron hasta desembocar en una hambruna que, de 1960 a 1962, dejó como saldo de 35 a 40 millones de muertos, según diversas estadísticas cotejadas en China y en el extranjero.

Durante la Revolución Cultural, el culto a la personalidad del líder alcanzó extremos alucinantes.

Muchos comunistas estaban conscientes de la culpa de Mao en este desastre. Pero a los pocos que se le enfrentaron sólo les quedó la opción del ostracismo político y social, con frecuencia condenados como “perros capitalistas” o “revisionistas al servicio de Moscú”, pues en China siempre se temió más al “imperialismo” soviético que al estadounidense. Así funcionó en esencia la sociedad china hasta la muerte del Gran Timonel.

En respeto al espacio he tenido que obviar múltiples matices, datos, consideraciones y coyunturas. Tampoco me es posible asumir en pocas palabras las luces y sombras del actual proceso de reformas.

Sin embargo, lo esencial para comprender lo que hoy acontece en China estriba en admitir la inviabilidad de las propuestas maoístas. A la postre, ni fueron sinónimo de auténtico socialismo, ni produjeron verdadera prosperidad.

A Mao hay que reconocerle, eso sí, la creación de un poderoso partido, la derrota de las fuerzas imperialistas invasoras extranjeras y de las locales semi-feudales, así como la unidad de la nación en una república de nuevo contenido, que restituyó el sentido de orgullo nacional de millones de compatriotas.

Lástima que con el paso del tiempo, como decimos los cubanos, lo que hizo con la cabeza lo fue desbaratando con los pies.

4 thoughts on “China de Mao, China de Deng…

  • Gracias a ti, Cary, por la atención….(a ver cuándo llegas por Pekín para hacer un fotorreportaje)

  • muy interesante, Isidro, gracias.

  • Anonimo,

    Comparar Cuba con China es casi tan fantasioso como pretender comprarla con los Estados Unidos. La unica “similitud” es que en ambos paises rige el Partido Comunista. Fin del parecido.

    La historias, culturas, idisioncracias, recursos economicos y poblacion por solo mencionar unos pocos indicadores son extremadamente diferentes. Podria decirse que las reformas economicas que timidamente el gobierno cubano encabezado por Raul esta tratando de implementar despues de la salida de Fidel Castro del poder guardan alguna similitud con los cambios que impulso en su momento Den Xiaoping, una vez que Mao desaparecio. Yo no soy un experto en la materia, pero creo que los procesos son bien diferentes . Que yo sepa, la China de Mao no tenia una embargo economico por parte de ningun otro estado. Ademas, un potencial mercado de mil millones de consumidores con una mano de obra sumamente barata suena atractivo para cualquier inversor y cuando se abrieron las puertas al capital extranjero, muchas compañias occidentales se apresuraron a entrar. Resultado: decadas despues, China es la fabrica del Mundo, aunque no diria que es precisamente son lideres en innovacion y desarrollo tecnologico, mas bien en copiar hasta en los mas minimos detalles.
    Cuba, por otra parte, es un pais con pocos recursos naturales, un mercado de consumo bastante pequeño (aunque insatisfecho por penurias y decadas de bajo poder adquisitivo), una base industrial en gran medida obsoleta y con fuerte dependencia de las importaciones, principalmente de portadores energeticos, alimentos y materias primas, con un pesimo historial crediticio y un alto riesgo – pais y tambien afectado por un embargo por parte de Estados Unidos, que tambien juega su papel. Algunas de esas premisas tambien las tuvo China en su momento, otras no.
    De todas maneras, sera interesante lo que podria suceder en Cuba en las proximas decadas si los reformistas prevalecen sobre los ortodoxos, aunque tal vez, yo no viva para contarlo…

  • me parece que Pedro Campos no quiso tanto defender a Mao Zedong como criticar a Deng Xiaoping y la idea que le atribuye de querer implantar el capitalismo en China, el trabajo asalariado que tanto critica ect.

    a mí se me hace la boca agua de imaginar que Cuba pueda experimentar el mismo crecimiento económico que experimentó y experimenta China. se puede criticar todo lo que quiera pero nadie puede negar que hoy China es la segunda potencia del mundo. cosa que por ejemplo la India que sí es una democracia no ha podido hacer ni tampoco Rusia que hace tiempo se quitó el cartelito de comunista. además de que mientras el mundo entraba en recesión en el 2008 china siguió creciendo con cifras de 2 dígitos.

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