Adiós a la inocencia

Por Amrit

Estudiantes cubanos. Foto: Caridad

HAVANA TIMES, 17 mayo — En un mes y medio mi hijo terminará la secundaria. Con su único uniforme, la camisa varias veces rota y zurcida por el diario lavado, lo veo entrar a esta escuela de paredes despintadas, donde está prohibido hacer fotos. Aquí se disolvieron al menos tres de sus sueños:

-Poder decir lo que piensa, (en esta o en cualquier escuela de este país)
-Hacerse respetar sin usar la violencia
-Encontrar otro maestro como el que tuvo en sexto grado, el único por el que llegó a sentir admiración y sincero cariño.

Hace tres años lo veía llorar en un pasillo de este mismo edificio, asustado por el cambio, tan brutal, de la primaria a la secundaria. La doble sesión que establecieron hace pocos años provoca hacinamiento y estrés, generando una atmósfera mucho más densa y agresiva.

Cuando le digo adiós con la mano me acuerdo del comentario que me hizo una amiga: ”Ya no tiene esa cara de niño feliz.”
“Es que no es feliz”, le respondí, pensando en la frase que se le escapa cada mañana, de lunes a viernes: “¡Qué ganas tengo de que sea sábado!” Si coge alguna fiebre hasta se alegra sólo porque eso lo libra de la escuela.

¡Qué diferente era el mundo que se esperaba cuando veía la escuela de lejos, a los cuatro años, y se asomaba a la reja para ver a los alumnos jugar en el patio! Durante aquella larga depresión, en séptimo grado, jamás encontró apoyo en su maestra, una jovencita venida del interior que no tenía (o no tiene) la más mínima noción de pedagogía. Sin embargo ahora es la metodóloga de esta misma escuela.

Uno de los incidentes que rompió la inocencia de sus propios alumnos (y la mía) me lo contó mi hijo y me lo confirmaron después otros compañeros de aula. Según ellos, un día, en un video clase pusieron la canción infantil “Estela, un granito de canela.” Al escuchar la melodía varios alumnos empezaron a entonar la letra, y como recién salían de la primaria y aún se sentían niños, una ola de nostalgia recorrió el grupo entero que coreaba con emoción:

Estela es un granito de canela
Que no quiere que no quiere
Caer en la cazuela

Y en ese mismo momento la maestra cogió el control remoto, apretó la tecla stop y les soltó: “¿Ustedes no se ven muy grandes para comer tanta mierda?”

Como una pompa que explota por un pinchazo, la nostalgia de esos niños desapareció, y así también la expectativa de una transición no violenta al confuso mundo de la adolescencia.

¿UN MUNDO MEJOR?

Ahora recuerdo que cuando conté este incidente a la mamá de un amigo de mi hijo, ella me dijo que eso no era nada comparado con lo que había vivido su hijo, cuando ella y su esposo decidieron irse para el campo a iniciar un proyecto de permacultura.

Estando su niño en una escuela primaria, en Pinar del Río, tuvo problemas con el profesor porque éste no entendía que él se hubiese negado a intervenir en un juego donde todos los varones del aula estaban dispuestos a participar. ¿En qué consistía el juego? Nada menos que en tocarle “la tota” (los genitales) a una chiva.

Para muchos nativos de los campos de Cuba, en una ignorancia reforzada por la desidia legal, los animales son mero objeto de consumo, y hasta de abuso sexual, así que la reacción de este niño capitalino les resultaba insólita. Y entiendo que en proporción el hecho es mucho más repugnante.

Pero insisto en que cualquier golpe contra la inocencia lo es. Si según Martí los hombres se dividen en: “los que construyen y los que destruyen.” es preciso delimitar en qué campo cada persona es capaz de construir, y dónde empieza su capacidad para destruir o su incapacidad para impedir la destrucción.

Es curioso que se hable tanto hoy en Cuba de procesos de cambio cuando se descuida tan profunda y brutalmente a los seres que sustentarán el futuro, ese “mundo mejor posible.”

Uno de los errores que más lastran a cualquier sociedad, corrompiendo su solidez lenta y silenciosamente, es ignorar ese indicador natural que se llama vocación. Por lo que yo misma viví como estudiante, en las escuelas de Cuba no sólo se omite, se desestimula.

Todavía en las reuniones a las que asisto cada mes, al tocar el tema de las carreras disponibles, se recalca: “Lo que más necesita ahora el país son obreros calificados, no profesionales. Las opciones siempre se ajustarán a estas demandas…”

¿Y acaso el país no necesita personas que ejerzan su profesión con sinceridad? ¿Qué trabajen en aquello para lo cual tienen una habilidad natural? Cuando leí el libro El Profeta, del poeta libanés Kahlil Gibrán, me impactó realmente la parte dedicada al trabajo, hasta pensé en la utilidad de imprimirlo y compartirlo, aunque fuera dándoselo a la gente en la calle.
He aquí una síntesis:

Siempre te han dicho que el trabajo es una maldición
Y la labor una desgracia
Mas yo digo que cuando trabajas
Cumples una parte del sueño más remoto de la tierra
Asignado a ti, cuando ese sueño nacía

Te han dicho también que la vida es oscuridad
Y en tu cansancio repites lo dicho

Mas, yo digo que la vida es en verdad oscuridad cuando no hay emoción
Y toda emoción es ciega excepto cuando no hay conocimiento
Y todo conocimiento es vano excepto cuando hay trabajo
Y todo trabajo es vano excepto cuando hay amor

El trabajo es el amor hecho visible.
Y si no podemos trabajar con amor
Es mejor que nos sentemos a pedir limosna de aquellos que trabajan con alegría.
Porque si el panadero hace el pan con indiferencia, hace un pan tan amargo
Que solo a medias saciará el hambre…

EL ARTE DE MARCHITAR

Un conocido que encontré hace unos días me dijo que su padre, que vino de EEUU después de muchos años de ausencia, le comentó con asombro: –”La gente en Cuba está marchita…”

No quiero hacer comparaciones capciosas, ni me interesa activar chovinismos. Puedo decir que yo, mirando a la gente en la calle y sin haber salido jamás de Cuba, he pensado lo mismo.

Una estadística a fondo demostraría enseguida que muy pocas personas desempeñan su trabajo con gusto. Y por supuesto que en las sociedades de consumo, en el desenfreno de la competencia y las necesidades artificiales, igual se inmola la vocación, y la identidad.

Pero en esta experiencia que he conocido personalmente y que llaman socialismo, uno de sus errores más fatales ha sido el ignorar al individuo. En la sublimidad de reivindicar al proletariado, éste se convierte en un mar sin rostros, sin otra identidad que esa misma meta social.

La sub directora de una de las escuelas de mi hijo, que me hizo firmar un papel donde yo me responsabilizaba porque él se negaba a cortarse el pelo, me preguntó con énfasis: “¿Usted está consciente de que tener el pelo largo lo hace diferente a los demás?”

Sí, ser diferente (tener una melena y ser vegetariano) le ha costado caro. Pero ya casi pasó. Lo que no acaba de pasar es esta sensación de carencia, esta apatía que le hace arrastrar los pies al ir para la escuela, que le quita la alegría y hasta el apetito. Esta simulación que consiste en memorizar, repetir, aprender a ignorar, especializarse en los subterfugios de la mentira, la delación, la coacción.

Con aquella maestra de séptimo grado no fructificó ningún intento de diálogo y su ineptitud, su insensibilidad y hasta su insolencia fueron justificadas una y otra vez por el guía base, la jefa de grado, el director… porque, ¡imagínense! Si se piden a gritos maestros cómo vamos a darnos el lujo de despedir a alguno.

La solución que conseguí con mucho esfuerzo fue que lo cambiaran de aula. Ya en octavo grado y con grandes esperanzas por el nuevo maestro, al que todavía aprecia, no sin dolor, descubrió muy pronto que es alcohólico.

Al paso de los meses el hábito que era un secreto a voces se ha vuelto tan visible que los alumnos lo ven darse sorbos de una caneca que mantiene a veces en su mesa, oculta dentro de una caja de leche. Algunos lo han visto en la calle, en absoluto estado de embriaguez. Su carácter se ha agriado y es por momentos grosero y hasta agresivo con los muchachos.

Mi hijo evita contrariarlo, me cuenta con disgusto, a veces con ira, algunos incidentes. Su maestro lo aprecia porque él es un buen alumno, y eso hace cualquier juicio mucho más difícil.

Yo le digo que falta poco, que sólo quedan dos meses… me escondo en la esperanza de una abstracción como el tiempo, en el hipnotismo de las cercanas vacaciones. Lo que sucederá en septiembre, en la próxima escuela, todavía está lejos…

4 thoughts on “Adiós a la inocencia

  • Senor articulo decir que es excelente es poco, lo que puedes hacer para ayudar a tu hijo es buscarle un buen psicologo infantil que lo ayude a salir de la depresion y la familia es muy importante en la vida de un adolescente
    Espero que en la nueva escuela le vaya mejor y que encuentre profesores con mejor calidad

  • no quisiera decir que, aunque lo es, el articulo es excelente… decirlo es aceptar todo el fantasmagorico mundo de la educacion cubana de la actualidad… pero es excelente y hay que aceptar esta realidad. siento decir que el nuevo nivel de ensenanza al que tu hijo se va a enfrentar sera tan o mas duro que el que esta por terminar, las experiencias en el nivel preuniversitario muchas veces se transforman en traumas sin recuperacion. la lucha contra la crisis educativa cubana es dura, solo el valor y la solidaridad de la ciudadania en conjunto puede superarla.

  • Este artículo me ha dejado sin respiración, solo puedo decir que es excelente.

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