Amelia Goyri “La Milagrosa” de Cuba

No está canonizada por la Iglesia Católica, no consta en ningún santoral, no es reconocida por ninguna institución religiosa, pero es lo que podría llamarse “una santa popular”, porque muchos cubanos –y extranjeros que visitaron su tumba- están convencidos de que Amelia Goyri es una hacedora de milagros, 117 años después de su muerte a principios del siglo XX

Por Richard Potts (Fotos del autor)

Se afirma que el rostro de la estatua es el de Amelia, reproducida por el escultor a partir de un retrato. Obsérvese la posición del niño junto al pecho de su madre, que lo sujeta con el brazo derecho, como la estampa misma de la maternidad.

HAVANA TIMES – “Yo trabajo aquí hace más de 30 años, y prácticamente no ha habido día que no venga alguna persona a rogarle a La Milagrosa –  afirma Antonio, viejo trabajador del cementerio de Colón, en la ciudad de La Habana.

El veterano empleado deja la carretilla en el suelo, se limpia el sudor de la frente y continúa: ¿Ve usted todas esas tarjas pequeñas? Hay decenas, cientos de ellas. La tumba está completamente rodeada y como ya no hay espacio las colocan en las áreas aledañas. Todas han sido traídas por personas agradecidas que le habían pedido cura para sus seres queridos, sobre todo, madres para sus hijos. He visto visitantes de muchos países, de América Latina, de Estados Unidos, de Europa y hasta de Australia.

Bajo un sol de justicia en pleno febrero, me inclino ante el sepulcro de Amelia y leo algunas frases de una gran tarja que han colocado en el lateral: “Fuiste Amelia bendecida/sin dudas, por el Señor/como pago a tanto amor/que sentiste estando en vida” – dicen las primeras estrofas de ese poema en mármol, titulado Eterna Gratitud.

Esa tarja  – explica Antonio – dicen que ha sido colocada por una historiadora y misionera llamada María Antonia Ruiz. Se dice que en 1994 estaba como un vegetal, con graves problemas de salud. Pues créalo o no, le pidieron a La Milagrosa, y esa señora se recuperó. Desde entonces, ella atiende el panteón y viene aquí a menudo.

En Mayo, en el Día de las Madres – continúa- es cuando viene más gente, casi todas mujeres, y el lugar se llena de flores y ramos. Hasta dejan ropas de bebé, biberones, juguetes y dinero. Luego son recogidos por una persona que las entrega a la congregación de Santa Teresa, para la beneficencia.

Tarja con el poema de María Antonia Ruiz, Eterna Gratitud.

¿Y puede usted creerme, periodista? ¡Nunca se ha perdido ninguna ofrenda! Nadie toca lo que le dejan a La Milagrosa – termina Antonio, casi con reverencioso temor.

Leo algunos de los mensajes: “Gracias Milagrosa por concederle a mi hija Yaima el don de ser madre, de parte su abuela argentina.” “Infinitas gracias desde Chile, nuestro hijo crece sano y feliz….” La lista sería interminable.

Reflexiono en que, efectivamente, gratitud es lo que se palpa en el ambiente que rodea la tumba, en los centenares de pequeñas tarjas que han ido colocando a su alrededor, con el transcurso de los años, agradecidos suplicantes de muy diversas nacionalidades, algunos de los cuales hicieron el viaje hasta La Habana, precisamente atraídos por la leyenda de Amelia, y urgidos de pedirle alivio para un pariente en difícil trance vivencial o de salud.  

¿Pero, quién era Amelia, y porqué tantas personas acuden a ella para confiarle sus cuitas y pedirle soluciones? La historia, cuyos detalles ya se confunden con la leyenda, comenzó a finales del siglo XIX, en una casa de esta Villa de San Cristóbal de La Habana.

La historia y la leyenda

La suya es una trágica historia de amor, que el tiempo y algunos sucesos extraordinarios han convertido en leyenda. Amelia Francisca de Sales Adelaida Ramona Goyri y de la Hoz nació el 29 de enero de 1877, en el seno de una familia pudiente de La Habana, de origen español, y fue bautizada el domingo 4 de Marzo de 1877, en la Parroquia del Santo Ángel Custodio. Transcurrió su infancia en el palacio de su tía, Marquesa de Balboa, en la calle Égido de La Habana Vieja, entonces intramuros.

Según su más fiel cronista, María Antonia Ruiz, Amelia se enamoró desde los 13 años de su primo segundo José Vicente Adott, pero la familia se opuso rotundamente, ya que el presunto novio no podía garantizarle un futuro de bienestar.

Años después, al iniciarse en 1895 la Guerra de Independencia, José Vicente marchó a la manigua a luchar por la libertad de Cuba. Regresó a los tres años, con grados de capitán del Ejército Libertador y decidido a pedir la mano de la joven a la que amó desde niño. Para entonces había fallecido la madre de Amelia, también su tío el Marqués de Balboa y su padre, muy enfermo, no tuvo más remedio que acceder.

Se casaron el 25 de Junio de 1900 y poco después Amelia quedó embarazada. El 3 de Mayo de 1901, sufrió un ataque de eclampsia (hipertensión) en el octavo mes de gestación. La ciencia médica de la época no pudo salvarla, y murió al igual que la criatura. Tenía 24 años.

Vista de uno de los laterales de la tumba.

Fue enterrada en una modesta bóveda del Cementerio de Colón, ya que el esposo se opuso a que fuera sepultada en el panteón de los Marqueses de Balboa. Sin embargo, la sepultaron en un lujoso féretro de bronce, con su hija colocada entre las piernas, como era entonces la costumbre española, según crónicas de la época.

Desde entonces, se cuenta que su esposo, loco de dolor, visitaba la tumba diariamente, vestido de riguroso luto, para “conversar” con ella.

Qué le decía en aquellas “platicas”, nadie lo sabe con exactitud, pero Antonio asegura que algunos viejos trabajadores, ya jubilados, le oyeron decir en alguna ocasión “Despierta, mi amor.”

La estatua y la cruz

La triste historia de José Vicente llega a oídos de su amigo el artista cubano José Vilalta Saavedra, uno de los más grandes escultores de su época, autor del monumento encima de la portada del cementerio, del realizado a José Martí  en el Parque Central, el de los ocho estudiantes de Medicina, el de Francisco Albear en la plaza de su nombre y de muchas otras obras.

Al enterarse del suceso, Vilalta se ofreció para crear una escultura de Amelia. El artista se encontraba en Italia, por lo que solicitó al esposo le enviara una fotografía y por ella cinceló los rasgos de la estatua en mármol de Carrara y la trajo a Cuba personalmente en 1909.

El resultado es la escultura que adorna hoy la tumba, en ella aparece una mujer joven cuya vista se dirige hacia lo alto con los atributos alusivos a la Fe y la Caridad, carga a un niño con un brazo y con el otro sostiene una cruz.

La cruz tiene un gran significado, porque Amelia murió el 3 de mayo, el Día de la Santísima Cruz, según los católicos. A partir de ese momento, José Vicente, que seguía acudiendo a diario a la tumba, incorporó un nuevo ritual, cuando se iba a marchar se retiraba lentamente sin darle la espalda. Es por eso que hasta el día de hoy los creyentes después de hacer una petición a Amelia, se retiran de esa misma forma.

Un suceso inexplicable

Se supone que son los retratos de Amelia y su esposo.

Pasaron los años, y en 1914, cuando Amelia llevaba 13 años de fallecida, muere el padre de José Vicente y este decide enterrarlo en la misma bóveda de su amada. Se afirma que entonces, con gran asombro de los presentes, incluido José Vicente, los dos cuerpos estaban intactos y ella estrechaba a la criatura entre sus brazos.

Después de eso se tapió nuevamente la bóveda y se conservó intocable hasta nuestros días, pero el suceso se propagó por todo el país. A partir de ahí, en esa historia de amor se conjugan el mito, la leyenda, la realidad, lo imaginario y lo espiritual. Tras el extraño acontecimiento, el rumor popular comenzó a otorgarle poderes sobrenaturales a la escultura, como la protectora de las mujeres embarazadas, de los niños y de las madres.

En 1928 Don Fernando Ortiz, el gran investigador del folklore cubano, escribe una crónica acerca de ” La Milagrosa del Cementerio de Colón ” y refiere cómo una mujer desfallecida parió entre la tumba de Amelia y la de su hermana.

Nadie sabe cuál fue la primera madre que fue a rogarle por la salud de su hijo, pero desde entonces, se convirtió en “La Milagrosa”, protectora de las futuras madres y niños, que van a rogarle por sus milagros. Día tras día fue formándose el culto popular que aún se mantiene, centuplicado.

Miles de personas la visitan anualmente en su morada eterna, en busca del tan ansiado milagro, como lo atestiguan las flores acumuladas alrededor del sepulcro, y las lápidas con mensajes de agradecimiento, e inclusive hay quienes se han dirigido a la Iglesia Católica pidiendo su canonización.

La leyenda continúa

Hoy la leyenda de La Milagrosa es venerada en Cuba y en otros varios países de América Latina, e inclusive vienen preguntando por su tumba personas de Europa y hasta de China, según custodios del Cementerio de Colón.

Tarjas por La Milagrosa

Cientos de visitantes acuden cada año a rendirle tributo, a pedirle que les conceda milagros o agradecerle los que presuntamente ya les haya otorgado. Su tumba es la más querida, popular y respetada del cementerio.

Ha alcanzado fama a lo largo de los años por conceder milagros a muchísimas personas, principalmente madres que como último recurso han acudido a ella en busca de protección o salud para sus hijos, o para rogarle la posibilidad de poder engendrarlos. Nunca faltan flores en esa sencilla y modesta bóveda, ni personas que van a hacer peticiones o respetuosamente a saludar a la famosa difunta.

El caso es que, canonizada o no, Amelia es una santa popular y precisamente ahí radica su encanto. No se rige por ninguna institución, ni política, ni religiosa. Dejemos pues, a los escépticos con su escepticismo y a los creyentes con sus creencias, pero Amelia seguirá allí, aferrada a su cruz y con su niño en brazos, recibiendo a los visitantes con su serena mirada de mármol. Como dice el poema de María Antonia Ruiz: “Que Dios te siga guiando con su luz por tu camino, para que en nuestro destino sigas la pena aliviando, que te siga equiparando con su bondad prodigiosa, a tu espíritu alimente y seas eternamente, Amelia la Milagrosa.”

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