Entrevista al director de cine Eduardo del Llano

Por Lucía López Coll

HAVANA TIMES, 2 Julio (IPS) – Cada cierto tiempo, Eduardo del Llano se convierte en noticia. Aún sin proponérselo, varios de sus trabajos para el cine han tenido la suerte (y en algún caso la desgracia) de despertar la polémica, desde aquella controvertida y para algunos funcionarios “contrarrevolucionaria” Alicia en el pueblo de maravillas (1991), de la cual era coguionista, hasta Brainstorm, un corto de reciente realización.

Clasificarlo resulta difícil, porque desde muy joven se ha movido con soltura entre el cine, la literatura y el teatro, aunque siempre el humor y el absurdo han sido los instrumentos utilizados para acercarse a la realidad y reflexionar sobre algunos de los problemas de la Cuba de nuestros tiempos.

Una buena parte de su obra como guionista estuvo vinculada, desde sus inicios, con el Instituto del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), junto a nombres como Daniel Díaz Torres y Fernando Pérez, hasta que decidió probar suerte como director en un corto de ficción producido de forma independiente.

Aquel primer corto, Monte Rouge, nunca se exhibió en los cines ni en la televisión, pero quizá  superó las expectativas de sus realizadores al convertirse en todo un suceso que circuló de mano en mano, mientras se sucedían críticas, elogios y suspicacias acerca de una historia que narraba, en clave de humor, la extraña circunstancia en que se ve envuelto Nicanor O’Donell, el día en que dos agentes de la Seguridad del Estado llegan a su casa para instalar un micrófono que le ha sido asignado por esa entidad.

Cinco años y seis cortos después, Del Llano continúa haciendo cine independiente, aunque mantiene su colaboración con el ICAIC, donde se acaba de rodar Lisanka, una comedia escrita a tres manos junto a Daniel Díaz Torres y el novel Francisco García.

Su corto Brainstorm, que también realizó  de forma independiente, es ahora mismo uno de los materiales más vistos por los cubanos en copias piratas, ya que a pesar de los dos premios y una mención obtenidos en el pasado Festival de Cine Pobre, tampoco ha se ha exhibido de manera oficial.

¿Por qué escoges la vía independiente para empezar a dirigir, a pesar de tus vínculos con la industria cinematográfica?

En realidad no tenía una intención especial de que fueran trabajos independientes, ni buscaba esa especie de aura underground. Más bien asumo este camino por necesidad.

A veces tienes una lista de cosas que te gustaría hacer algún día y en esa lista estaba dirigir algo para el cine, pues cuando trabajas como guionista casi siempre se trata de historias que traen los directores o, en el mejor de los casos, que trabajamos juntos. Por eso pensé en llevar a la pantalla algunos de los cuentos que tenía escritos, que eran bastante cinematográficos.

Cuando me lancé, finalmente, no sabía mucho de dirección. Tenía la experiencia de haber dirigido en el teatro el grupo humorístico Nos y Otros, pero de ahí a enfrentarme al cine había un gran trecho. Hablé con Luis Alberto García y él se interesó en el proyecto. Escogí una historia que no tuviera mucha complicación técnica, con pocos personajes y que se pudiera filmar en un lugar cerrado (mi propia casa). Así fue que hicimos Monte Rouge, que de pronto tuvo un gran boom.

Después yo quería hacer otros cortos, pero el mecanismo que está previsto en el ICAIC, donde hay que entregar un guión, esperar la aprobación y después que te asignen un presupuesto, resulta muy engorroso, así que preferimos seguir trabajando por nuestra cuenta, porque a los 40 años te das cuenta de que te falta tiempo para hacer todo lo que quieres hacer.

Si el ICAIC me da 15.000 dólares para hacer el próximo corto, bienvenidos sean, porque no estoy programáticamente en contra de la institución, aunque no recibí su apoyo a raíz de todo lo que sucedió alrededor de Monte Rouge.

Lo más importante para mí es hacer los cortos, no tanto si se producen de manera independiente. Incluso me sentiría mucho más feliz si el Estado fuera capaz de asumir producciones como las mías. Por lo tanto, yo no quiero separarme, sino más bien, para decirlo con una frase muy popular, que me “coman con papas”, que acepten que yo estoy y que soy parte de la cultura cubana.

Además, no es un interés mío  únicamente. Los actores y el resto de las personas que han trabajado en mis cortos y pertenecen, sobre todo, a mi generación, se han involucrado en estos proyectos porque de alguna manera comparten los criterios que se manejan, no porque vayan a recibir un pago importante, y eso demuestra que hay un carácter más grupal.

Es que no siempre debemos esperar a que se hagan las críticas desde arriba, sino atreverse a decirlas y hacer un poco de ruido con eso. Yo voy a seguir haciendo los cortos “con” o “sin” el ICAIC, o cualquier otra institución, siempre que se respete mi libertad de creación.

No obstante, hace poco tuve algunas reuniones con los directivos del ICAIC, a partir de las cuales se puede abrir un camino de colaboración en el futuro, siempre y cuando yo mantenga la libertad creativa que tengo ahora para decidir sobre el guión. Eso no quiere decir que no atienda sugerencias de orden artístico, pero no aceptaría reparos de otro tipo.

Hay toda una corriente de cine independiente que trabaja en esa misma línea. Sí, una tendencia a decir cosas, aunque no siempre se circunscribe al cine independiente. A veces se ha escrito, de una manera simplista -sobre todo en el exterior-, que los jóvenes hacen un cine crítico porque los medios no lo hacen.

Eso tiene matices. Salvo honrosas excepciones, en Cuba la televisión es muy conservadora, como los medios masivos en general. Pero el ICAIC tiene una tradición de cine crítico y se han dicho cosas por esa vía que de otra manera resultarían impensables. Yo me adscribo a esa tradición, no por oportunismo, sino porque si vas a tener modelos, pues que sean los mejores.

Al mismo tiempo, el poder ve que se trata de un fenómeno masivo y busca la manera de encausar ese movimiento, y si fuera una persona aislada quien estuviera haciéndolo sería más fácil silenciarlo. Tampoco se trata de que yo pertenezca a una agrupación o movimiento que se haya planteado esos objetivos específicos, que en realidad son mucho más amplios.

Con respecto a ese movimiento independiente, tengo incluso algunas diferencias, pues a veces yo siento que muchos jóvenes tienen buen dominio de la parte técnica, han asimilado influencias del manga y del video clip, conocen los secretos de trabajar con la imagen y logran muy buenos efectos, pero no tienen tantas historias que contar y después de un primer trabajo se siente esa carencia.

A mí, al menos, me interesan las historias, las buenas historias, sin olvidar que la manera en que las cuentes es importante, pero no puede ser “lo importante”. No soy un “rompedor” desde el punto de vista técnico.

Confieso que me encantaría que mis cortos se unieran en un largometraje, en un DVD y lo distribuyera el ICAIC, aunque desde un principio sabía que no iban a tener una distribución normal. No obstante, deberían tener un sitio. Yo no sé si debería dedicarse un espacio en la televisión, o dedicar un cine a la proyección de cine independiente, porque ahora solo es posible acceder a esos trabajos en las Muestras de Jóvenes Realizadores, o en festivales como el de Cine Pobre. El criterio de exhibición debería ser estético y no porque no sea “el momento” adecuado.

¿Tienes en planes algún largometraje?

El corto, para mí, no es un paso o un escalón para llegar al largo de ficción. Al menos, por el momento, me interesan más los cortos y seguir escribiendo para otros directores como Daniel Díaz Torres o Fernando Pérez. No obstante, ahora acabo de terminar mi primer largometraje.

Se llama GNYO y es un documental de 97 minutos que también realicé de forma independiente. En alguna medida es un testimonio de lo que fue el movimiento humorístico de los años ochenta y noventa, a través del grupo Nos y Otros que yo dirigí.

Aspiro también a reflejar esa etapa de la vida en que somos estudiantes y piensas que te vas a comer el mundo, haciendo un arte renovador, y hasta piensas que vas a fundar un “ismo”. Después lo logras o no, pero ese tránsito del idealismo adolescente, a lo que realmente logras hacer 20 años después, es un tema que quizá tenga una lectura universal.

¿Qué es Producciones Sex Machine?

Es una especie de compañía independiente formada por un grupo de amigos, Luis

Alberto García, Néstor Jiménez, Frank Delgado y yo. Al principio hicimos un documento, una especie de pacto de caballeros que se aplicará cuando proceda, y en esencia establece los porcentajes de ganancia de cada uno, si finalmente se obtiene alguna ganancia con la venta de los cortos.

Hasta ahora, generalmente, yo pongo el dinero o he conseguido algunos patrocinadores. Otros ponen su trabajo, como ha sido el caso de los actores en los primeros cortos, y de los mismos técnicos, que no cobran los precios que se piden normalmente.

Luego decidí pagarles, aunque fuera una cantidad simbólica, porque tampoco se puede abusar demasiado de la amistad. La idea es completar un Decálogo de cortos, de los cuales hemos hecho seis y ya empezamos a preparar el séptimo, todos con el personaje de Nicanor.

Siempre partimos de mis cuentos, que de alguna manera abordan temas que atañen a nuestra sociedad, tratados de forma humorística y con un sentido crítico, ya sea sobre la burocracia, las imperfecciones de nuestra democracia, sobre la propia naturaleza del cubano, o actitudes negativas, como el machismo, que todavía lastran nuestra sociedad. O sea, se abordan problemas de la sociedad en su conjunto, y no solo se refieren a la política en particular.

Nicanor O’Donell es una especie de comodín en casi todos mis cuentos e, incluso, utilizo ese nombre en personajes de algunas de las películas escritas para el ICAIC. Es una conjunción de nombre y apellidos bastante improbable, lo que evita que alguien se sienta aludido. Lo principal es que se trata de un tipo corriente, de la multitud, aunque no siempre es el mismo, y puede ser un periodista o un chofer. Algo parecido ocurre con Rodríguez, que es su contrafigura.

Tus trabajos tocan temas “problemáticos”. ¿No temes a la interpretación o a la manipulación que se pueda hacer de ellos?

Me molesta la manipulación de los dos lados. Sobre Monte Rouge se llegó a decir en

Miami que había sido hecho a espaldas del “régimen”, o que los que habíamos trabajado estábamos en peligro. Es verdad que los actores estuvieron como tres o cuatro meses que no los sacaban por televisión, pero no nos llevaron presos, incluso viajamos en ese período y empezamos a planificar el próximo trabajo.

En Cuba la postura más bien es el silencio o la omisión porque no nos divulgan, aunque en los últimos trabajos se ha visto otra actitud, y hace poco fui invitado al programa “Secuencia”, del Canal Habana. Esa fue la primera vez que se puso en televisión un fragmento de mis cortos.

Yo no soy incurablemente optimista, pero me gustaría pensar que son pequeños pasos de avance, aunque haya también pasos de retroceso, pero siento que se están haciendo a la idea de que esto de hacer cine no fue una perreta pasajera.

Tampoco es nueva esa vocación crítica. Reírnos de nuestros defectos y fantasear sobre nuestra realidad es algo saludable en cualquier sociedad. Yo trabajé en esa línea con el grupo Nos y Otros y publicamos más de 300 cuentos en el DDT, muchos de ellos críticos y satíricos, y lo mismo ha ocurrido en el cine. Pero lo cierto es que estás expuesto a las interpretaciones más diversas y a que te malinterpreten de ambos lados.

¿Piensas que de alguna manera el cine y el arte en general puedan influir o cambiar la realidad?

Influir sí, cambiar no. Yo pienso que algunas obras de arte, o algunos movimientos artísticos, han sido particularmente afortunados y han logrado influir en la realidad. Aquí mismo te encuentras hitos importantes como la Nueva Trova, las películas Fresa y chocolate o Suite Habana.

De algún modo ellas influyen en las personas y en sus perspectivas de la realidad, ya sea la homosexualidad u otros fenómenos. Pensar que puedan cambiarla no solo es ambicioso, sino que es uno de los argumentos del poder -no solo en Cuba-, para censurar, relegar o posponer una obra de arte. Esto no es cierto y si lo logra es porque ya en ese orden social existían las condiciones objetivas para el cambio.

Yo viví un año en España y descubrí, por experiencia propia, que del otro lado también se manejan criterios sobre lo que resulta más conveniente publicar en un momento dado.

Lo cierto es que con todos los reparos y la censura que hay aquí, en cinco años yo he hecho siete cortos y un documental, no me han llevado preso, he viajado y he seguido haciendo cosas con el ICAIC, aunque también sigo pensando que nos hacen falta muchas más libertades, incluyendo las más elementales, como quitar el permiso de salida y dejar que la gente pueda vender y comprar un carro o una casa libremente.

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