Brujas cubanas, caerle a palos a una mariposa

Caridad

Tatagua. Foto: giron.co.cu

Creo que el miedo está detrás de la mayoría de nuestras emociones. Por eso hay gente que dice que no son buenas las emociones. Detrás de ellas está lo peor que acompaña a las personas: el miedo.

La lista de miedos es interminable, son tantos que a veces ni conocemos de su existencia, ni alcanzaríamos a darles nombres.

Anoche estaba de visita en casa de unos compañeros de trabajo. Tomábamos café cortado con canela y de repente, como en las pelis de Hitchcock, escuchamos un grito. La dueña de la casa había descubierto una bruja en su cuarto.

En cualquier país del mundo decir Bruja hace que la mayoría de la gente piense en las aventuras de Harry Potter y esas infelices (o peligrosísimas) mujeres que solían quemar en la Edad Media.

Pero en Cuba casi todo el mundo sabe que una Bruja es una de esas mariposas nocturnas, sin otros colores que los de la tierra, muy grandes para ser miradas apaciblemente por quienes desconfían de los animalitos nocturnos.

Para quienes tienen cultura más cercana a la tierra africana, el nombre de estas mariposas es tatagua. ¿Quién les puso Brujas? Imagino que su nombre está relacionado a la historia de por qué para muchas personas – sobre todo de generaciones anteriores a la mía – esta mariposita es símbolo de mal augurio, de muerte.

Para mí resultó un poco difícil creer que en a estas alturas alguien se espante, al punto de encerrarse en otra habitación, por una mariposita nocturna con mala fama. Pero eso fue lo de menos, porque enseguida la histeria se desató para caerle a palos a la mariposa. La dueña de la casa gritaba desde el otro lado de la puerta: ¡Mátenla! ¡Mátenla!, mientras su esposo perseguía a la criatura alada y oscura.

No sé cómo se detuvo a escucharme cuando le pedí que se detuviera, que no la matara.

Le pedí la misma escoba con cuyo palo pretendía asesinar a la tatagua y apagando algunas luces y abriendo la puerta conseguí convencer a la mariposita que se posara sobre la escoba para sacarla a la calle.

¿Magia?, si, imagino que la pobre bruja se percató de la suerte que correría (para colmo el gato de la casa vigilaba su vuelo relamiéndose los bigotes) y decidió comprender el lenguaje humano. Se marchó a la noche y recé para que no fuera a parar a otro apartamento donde la gente aún tuviera tantos miedos como en la Edad Media.

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Caridad: Si tuviera la oportunidad de escoger cómo sería mi próxima vida, me gustaría ser agua. Si tuviera la oportunidad de eliminar algo de lo peor del mundo borraría el miedo y de todos los sentimientos humanos prefiero la amistad. Nací en el año del primer Congreso del PCC en Cuba, el día en que se celebra el orgullo gay en todo el mundo. Ya no vivo al este de la habana, intento hacerlo en Caracas y continúo defendido mi derecho a hacer lo que quiero y no lo que espera de mí la sociedad.

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2 thoughts on “Brujas cubanas, caerle a palos a una mariposa

  • Gracias por esta historia tan hermosa y desconocida para mi.

  • Saludos Caridad. Gracias por salvarle la vida. Te voy a contar otra historia de la Tatagua, que no es africana.

    EL ORIGEN DEL GUAO Y LA TATAGUA, o de cómo convirtieron a niños llorones en plantas venenosas y en mariposa nocturna a una madre cruel.

    Según cuenta Adrián del Valle, “es creencia bastante generalizada que las brujas o grandes mariposas de color obscuro tienen significación maléfica, anunciando, allí donde entran, alguna desgracia y aun la muerte de un familiar. Es una adulteración del significado verdadero que le atribuye la tradición a la tatagua (o bruja) cuando se introduce en una casa y revoloteando se posa dentro de ella”. Todavía hoy se tiene esa creencia. La historia que a continuación te narramos despierta compasión y amistad por la tatagua y, al mismo tiempo, te entera del maleficio que dio origen al guao. Este mito cubano lo recogió Pedro Modesto en la antigua zona de la Jagua india, quien, a través de una carta, se lo hizo llegar a Adrián del Valle para que lo hiciera publicar (La Habana, 1919).

    GLOSARIO
    Aipirí. Danzante convertida en mariposa. Según Vocabulario arawaco, ybbini es bailar.
    guanín. Oro. Esta palabra, con la extinción de la cultura de los indios antillanos, cayó en desuso.
    guao. Arbusto que produce un jugo lechoso maligno. Comocladia es su nombre científico.
    guateque. Fiesta bulliciosa en el campo cubano.
    mata. En Cuba, cualquier vegetal, sea árbol, arbusto o hierba.
    tatagua. Mariposa nocturna de Cuba, científicamente conocida por Erebus odorata.

    Desde que el mundo es mundo, coexisten los contrarios: el día y la noche, el frío y el calor… y la tan conocida lucha entre el bien y el mal. El mal muchas veces impone su voluntad, y la única forma de vencerlo es desafiándole con el bien. La historia que ahora te contamos es un ejemplo de cómo, una vez más, el espíritu del bien enfrentó al espíritu del mal.
    Ya son muchos los años que lleva la tatagua visitando los hogares alguna que otra noche. Muchos creen que esta mariposa de cuerpo grueso, alas cortas y color oscuro, también conocida por el nombre de mariposa bruja, se les presenta para anunciar una desgracia. Es por ello que, presas de pánico, la ahuyentan por temor a que les traiga la mala suerte. Sin embargo, la nocturna mariposa se introduce en las casas con el único objetivo de advertir, no una desventura, sino a las madres que cuiden de sus pequeños, para que estos no tengan que llorar por frío, a falta de calor materno. Porque… un día la tatagua fue una hermosa muchacha llamada Aipirí. Pero esto fue hace muchísimo tiempo, tanto, que tampoco existía la mata de guao.
    Fue Aipirí una india que vivió en el país de Jagua. Llamaba la atención por su belleza y gran alegría. Era esbelta, de negra cabellera, ojos rasgados y mirar insinuante. Gustaba engalanarse con prendas de vivos colores: piedras, conchas, colgantes, pulseras de guanín… Presumía de resaltar entre las demás mujeres, y para ello adornaba su oscuro cabello con flores del rojo más encendido. Pero estas no eran las únicas virtudes de que estaba dotada Aipirí, pues a menudo se decían frases como estas:
    ¡Ah, cuánta ligereza y alegría al danzar!… Sólo es comparable con el revoloteo colorido de las mariposas.
    Su canto es tan melodioso, como el silbar de una flauta.
    Era tanta su pasión por el canto y el baile, que no perdía ocasión para hacer gala de tales habilidades en cuanto guateque se celebraba.
    A una muchacha tan bella no faltaban pretendientes. Y decidió un día, para envidia de otras mujeres, unirse en amores a un gran cazador. La noche de su boda fue una noche de suspiros, en la que se escuchaba comentar a las muchachas casaderas:
    ¡Hum… qué hombre tan apuesto!
    ¡Cuánta suerte la de Aipirí!  y se referían a que ella había conquistado el amor de uno de los hombres más valientes de la tribu
    Pero no simpatizaba Mabuya, el espíritu del mal, con tanta felicidad y perfección. Y, una vez nacido el primer hijo de la pareja, comenzó a tentar a la joven madre para que se fuera de fiestas y dejara solo a su crío. Esto lo hacía con el fin de empañar las virtudes de Aipirí, y lograr uno de sus maleficios en la indefensa criatura. Contrariamente, el espíritu del bien inculcaba en Aipirí el amor, la buena conducta y los instintos maternos.
    Se desató entonces una tremenda lucha entre el bien y el mal por penetrar el alma de la muchacha. Muchas eran las tentaciones que le ofrecía, sin ella saberlo, el espíritu maléfico: diversiones, fiestas, y libertad sin obligaciones. La inexperta joven abrió su corazón a Mabuya, y cada tarde se ausentaba un ratito, mientras su pequeño niño lloraba a causa del hambre y la soledad a que injustamente lo condenaban.
    Poco antes de que llegara el marido de su diaria cacería por los montes en busca de sustento, regresaba Aipirí a la casa, por lo que éste no se enteraba de tan irresponsable comportamiento.
    Tras un hijo vino otro, y otro, y otro… hasta seis. Pero esto no era obstáculo para que la olvidadiza madre continuara sus ocultas y ya largas escapatorias. Hasta llegó el tiempo en que, dominada totalmente por Mabuya, permanecía más tiempo fuera de la casa que dentro.
    Mientras, los niños, sometidos al mayor desamparo y faltos de una buena alimentación, de la enseñanza de buenos hábitos y, sobre todo, del calor materno, se la pasaban llorando sin cesar, inundando todo el campo con su ruidoso ¡guaaao! ¡guaaao! ¡guaaao!…
    Llegado al clímax de su horrible maldad, decidió Mabuya consumar su maleficio. Convirtió entonces a los infantes llorones en arbustos con las fatales características que él había sembrado en ellos: plantas silvestres, de hojas tormentosas, nerviosas y puntiagudas, que expele un jugo lechoso y maligno que, al contacto con la piel, produce irritaciones, llagas y hasta algún quejido que recuerda el llanto de los niños: ¡guao! Dicen, también, que hasta hinchazón y fiebre causa la sombra de esta mata ya conocida por todos con el nombre de guao.
    Por su parte, el espíritu del bien, ante tanta crueldad, decidió hacer justicia y rompió el maleficio en que se encontraba atrapada la joven madre. Y, a sabiendas de la pasión que sentía Aipirí por la danza, decidió convertirla en la mariposa nocturna oscura y de alas cortas que hoy conocemos por el nombre de tatagua. Pero esta vez su revoloteo no estaría asociado a las fiestas y bailes, sino a llamar la atención de las madres, cuidarlas de Mabuya, y recordarles sus más sagrados deberes: proteger, educar y amar a sus hijos.
    Ya sabes, si alguna noche visita la tatagua tu casa, no te asustes, ella es Aipirí y nunca te haría daño.

    Tomado de: Marlene García Núñez y José Ramón Alonso Lorea, La Casimba de Mabuya y otros cuentos de indios cubanos, Editorial Voces de Hoy, Miami, 2015, pp. 31-35.

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