Recordando a Celia Hart Santamaría

Dmitri Prieto

 Left to right: Dmitri Prieto, Pável Alemán, Celia Hart, Tato Quiñones, Hiram Hernández, Carlos Simón. Backs: León Ferrera and Andrés Mir.  (UNEAC, March 12, 2005, at the symposium “The Other Legacies of October.”)
En la foto (izquierda a derecha): Dmitri Prieto, Pável Alemán, Celia Hart, Tato Quiñones, Hiram Hernández, Carlos Simón. De espaldas: León Ferrera y Andrés Mir. (UNEAC, 12 de marzo del 2005, evento “Las otras herencias de Octubre,” organizado por la Cátedra Haydee Santamaría.)

Por estos días se conmemora el primer año de la muerte de Celia Hart Santamaría. Murió en uno de esos accidentes automovilísticos absurdos que asombran por su fatalidad.

Celia era hija de dos protagonistas legendarios de las luchas revolucionarias cubanas: Haydée Santamaría y Armando Hart.

Su nombre lo llevaba en homenaje a otra mujer revolucionaria: Celia Sánchez. La familia misma Hart – Santamaría se debía a la revolución. El primer novio de Haydée -el anarcosindicalista Boris Luis Santa Coloma- fue asesinado después del asalto al Cuartel Moncada, al igual que su hermano Abel Santamaría, segundo (después de Fidel Castro) jefe de la acción.

La familia Santamaría ha estado marcada para siempre por los hechos del 26 de julio de 1953. Esto era algo que sentía cuando conversaba con Celia, cuya madre se suicidó esa misma fecha de 1980.

Me hablaba como alguien que comulga en virtud de un llamado de sangre con una tradición de lucha; le gustaba mucho enfatizar la militancia libertaria del novio asesinado de su mamá, y también la similitud de los colores de la bandera del Movimiento 26 de Julio con los usados por los anarquistas.

Celia decía que era “trotskera”; de hecho, la conocí en una Feria del Libro de La Habana, en uno de esos stands de editoriales trotskistas a los cuales les dediqué ya un post en Havana Times.  Después, comenzó un vínculo de afecto y amistad, reforzado por mi condición de coordinador de un proyecto cultural que lleva el nombre de la mamá de Celia: el Colectivo Autogestionario Cátedra Haydée Santamaría.

Celia nunca fue miembro de la Cátedra, pero la invitamos a participar en un evento que organizamos en uno de los salones de la UNEAC.  Fue el primer evento que se hacía en Cuba dedicado enfáticamente al análisis de la crisis y la caída del “socialismo real”; de ahí su nombre: “Las otras herencias de [la Revolución rusa de] Octubre.” Celia Hart expuso en ese evento la visión trotskista del asunto.

Celia se consideraba “trotskera,” y no trotskista, porque el trotskismo como movimiento único ya no existe; para militar en él hay que afiliarse a una de las innumerables organizaciones internacionales que usualmente no se soportan unas a las otras; y Celia era orgánicamente opuesta a esa actitud.

Además, junto con Trotski era inevitable que Celia mencionara a José Martí, a Ernesto Che Guevara, y a otros revolucionarios más. Pero Celia siempre solía hacer el cuento de cómo su padre le hizo leer la biografía de Trotski por Isaac Deutscher, después de su retorno de una beca de estudios en la República Democrática Alemana, donde Celia había perdido la confianza en el socialismo al estilo eurosoviético.

Gracias a Deutscher y a Trotski, Celia descubrió la posibilidad de que existiesen modelos alternativos de socialismo. La biografía Hart la tenía -siempre según Celia- en una caja fuerte, pues en aquellos tiempos en Cuba no se podía mencionar en público el nombre de Trotski.

Hoy sí es posible -en determinados espacios- hablar en Cuba de los destinos del socialismo. Celia tenía una personalidad polémica, pero increíblemente no solíamos discutir acaloradamente, aún cuando era claro que yo no compartía muchas de sus ideas, opiniones y valoraciones.

Para mí, los problemas de Cuba tienen raíces más profundas de las que señalaba Celia. Pero era grato percatarse que aún más allá de las discrepancias ideológicas éramos capaces de sostener un diálogo, y además percibir claramente los huecos negros del tan acostumbrado discurso hipócrita y oportunista que tanto daño le hace a Cuba. En eso Celia y yo estábamos de acuerdo.

Ella decía jocosamente que era “la princesa de la Revolución Cubana,” y yo a veces la trataba de “vuestra alteza, camarada Celia Hart-y-Santa-María.”  Había algo cierto en eso; los encuentros en casa de Celia, el vino francés y su voz leyendo los mensajes por correo electrónico de Antonio Guerrero es algo que jamás se volverá a repetir.

Uno de sus textos que me enseñó en uno de nuestros últimos encuentros se llamaba “El último vuelo de los Santamaría.”  Le pregunté por qué tal tono apocalíptico en torno a su familia.  Ella respondió algo relacionado con la acción del 26 de Julio y con el suicidio de su mamá.  No entendí bien el punto. Probablemente esos puntos no son para entenderlos.

Cuando regresé de Londres y mientras me metía de lleno en vencer el retraso con mi disertación de Maestría sobre cómo una revolución puede convertirse en un nuevo sistema dominador (el estudio de caso era sobre Haití), aquel fatídico septiembre del año pasado, recibí una noche la llamada de Armando Chaguaceda quien me decía que Celia Hart Santamaría ya no estaba con nosotros.

Celia creía pertenecer a la Revolución Mundial.  Vivió en un momento duro para Cuba y para los revolucionarios.  Sus apellidos la protegían; pero fue capaz de obrar más allá de sus apellidos. O mejor: de hacerlos auténticos en una nueva generación.  Ahora es libre.



Un comentario sobre “Recordando a Celia Hart Santamaría

  • Dmitri Prieto,
    Estoy muy feliz. En diez dias seré aprendiendo español cinco días una semana. En tiempo aprenderá uno poco más.
    Mi esposo y yo visitamos St. Petersburg recientemente.
    “do svi doña.”

    Robert

    Respuesta

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