Mi familia entre el recuerdo y la nostalgia

Aparecen mis abuelos, dos tías, mi tío, mi mamá, un primo, y yo, el más pequeño.

Por Pedro Pablo Morejón

HAVANA TIMES – Corría el año 1980. Habían transcurrido dos años de unos diálogos entre el gobierno y un grupo de exiliados cubanos.

El dictador había puesto como condición que solo dialogaría con emigrados que no pertenecieran a grupos opositores. Un diálogo controvertido en el que se permitió que muchos pudiesen regresar a Cuba para visitar a la familia. 

Porque sí, el régimen siempre se ha arrogado la facultad de permitir quién sale y quién entra de Cuba, en flagrante violación del artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Pues bien, yo tenía cinco años cuando en 1980 unos parientes de mi abuelo materno pudieron regresar de visita a Cuba. Supongo que después de estar en La Habana decidieron llegarse un día al campo para ver a su primo.

Conservo una fotografía bastante deteriorada de aquel momento, imagen que hoy constituye una de mis más sagradas posesiones.

Aparecen mis abuelos, dos tías, mi tío, mi mamá, un primo, y yo, el más pequeño. Hace unos días, mientras la observaba, se removieron los recuerdos.

A mi mente acudieron los relatos que hablaban de la década de los años 50, cuando mi familia vivía en Marianao, La Habana; cuando pertenecían a una clase media, en un país bajo dictadura, pero con esperanzas de un mañana, lejos de pensar que el futuro podría ser peor.

Desde la niñez vi muchas fotos de un caserón, de un hombre joven y apuesto con su esposa y unos niños pequeños.

Fotos de cumpleaños con el típico cake de varios pisos rodeado de botellas de Coca-Cola e invitados de traje o guayabera y las mujeres con vestidos, en una sala espaciosa de mosaicos, rodeada de muebles antiguos, en medio, no de lujos, pero sí de la elegancia que habla de una vida confortable.

Y lo perdieron todo en los años siguientes. Sobre todo, cuando decidieron emigrar hacia los Estados Unidos. Esos parientes les ayudarían, pero el clima social era severo, los actos represivos estaban a la orden del día y optaron por vivir los últimos meses en el campo, tranquilos, lejos de chivatos conocidos y cerca de unos familiares de mi abuela, hasta que se concretara la salida.

Estaban tan seguros…

Pero como en esta vida nada es seguro todo se frustró y no les quedó otra alternativa que adaptarse a la nueva realidad que les acababa de caer como un sismo, de esos que nadie espera.

Así fue como mi abuelo, tan citadino y hombre de mundo, se vio en una vivienda grande, pero de madera y tejas, en medio del campo.

Mi abuelo que era muy hábil y de carácter fuerte, después de limpiar un monte de matojos creó su edén, en un radio de 50 metros.

Construyó un pozo que nunca se secaba, sembró un platanal, un cafetal, malanga, aguacate, mango, canistel, matas de coco, guayaba, limones, chirimoyas, guanábanas, naranjas, hasta toronjas. Un paraíso en toda la regla.

Y cuando en el barrio casi nadie tenía televisor ni refrigerador, en mi casa existía todo eso y los vecinos más cercanos nos traían tártaras de agua para convertirlas en hielo y así tomaban agua fría. Y algunas vecinas noveleras nos visitaban por la noche a ver la telenovela de turno.

Mi abuelo era un hombre culto a pesar de no tener estudios superiores. De él aprendí muchas cosas y sobre todo el amor por los libros.

Lo recuerdo en sus rutinas: trabajo duro por la mañana, al mediodía tomaba un buen baño, almorzaba, siesta de media hora y después a leer.

Poseía casi todos los clásicos de la literatura universal en su pequeña biblioteca. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes, libros de Julio Verne, novelas de aventuras de Emilio Salgary, El Padrino de Mario Puso, hasta libros de Historia y ciencia, bueno…cientos de libros.

Y era un hombre muy seductor, las mujeres se enamoraban y los hombres terminaban siendo hipnotizados o resentidos con su personalidad. A pesar de ser un antiguo hombre de negocios devenido en agricultor irregular, vestía impecable, siempre pulcro, de verbo elegante y un lenguaje corporal que hacía gala de poder y masculinidad.

Pero también tenía su lado oscuro. Siempre tuvo un harem de mujeres rondando su vida y martirizando a mi abuela, una mujer joven y atractiva que después de los 30 envejeció prematuramente a causa de los nervios y los sinsabores de la vida.

Esa abuela que ha sido la persona que más he amado en este mundo hasta la llegada de mi hija.

Una esposa digna donde las haya que jamás se le conoció otro hombre que no fuera su esposo, ni ofreció el más mínimo detalle que pudiera convertirla en pasto para lenguas chismosas.

Hay una anécdota muy famosa en nuestra familia. Mi abuelo llevaba tres años viviendo con una amante, separado de mi abuela. Tres años en los que algunos hombres se atrevieron a piropearla o acercarse con pretensiones de conquista y esa muchacha, que entonces era una trigueña veinteañera de muy buen ver les decía “No me interesa, tengo esposo.”

Uno le dijo, “llevan tres años separados”, a lo que ella ripostó, “No importa, sigue siendo mi marido y el único hombre que me interesa”.

Muchos la censurarían hoy con o sin razón, sobre todo las mujeres, sin embargo, es un motivo de orgullo para su nieto, este escribidor.

Una mujer luchadora que en los años más duros del llamado “Período Especial” iba a La Habana, compraba artículos y después los cambiaba por arroz y otros alimentos en un poblado arrocero distante, porque el dinero no valía nada, menos que ahora y por eso en casa no se pasó hambre. 

Una mujer sociable y servicial pero introvertida para su dolor porque nunca se quejaba, entre ellos los golpes más notables fueron la invalidez de mi tío Dominguito por un accidente automovilístico en 1984, cuando solo tenía 24 años, y el haber perdido al mayor de los varones en el año 69.

Una abuela cariñosa y consentidora de sus nietos como cualquier abuela cubana.

En mi época del servicio militar obligatorio me fugué, porque siempre he sido desobediente. Obtuvo un despacho con el jefe de la unidad militar para implorarle que no me metiera preso.

Su vida éramos los tres nietos. Los dos que aparecemos en la fotografía y Danuski (Si, ya sé, a mi tía Marlén, se le fue la olla con ese nombre ruso) nacido en 1983, el mejor de nosotros, el más entrañable por su nobleza e inteligencia.

Como escribí, en esa foto aparecen mis abuelos, dos tías, un tío, mi mamá, un primo, y yo, el más pequeño, casi rubio, con mi uniforme del preescolar, cuyo flash me vino a captar en el momento en que me rascaba un ojo.

De los que aparecen solo viven la tía menor, mi primo y yo.

Y nadie emigró, todos murieron aquí. De aquello, hoy solo queda el recuerdo y la nostalgia.

Lea más del diario de Pedro Pablo Morejón aquí.



Pedro Morejón

Soy un hombre que lucha por sus metas, que asume las consecuencias de sus actos, que no se detiene ante los obstáculos. Podría decir que la adversidad siempre ha sido una compañera inseparable, nunca he tenido nada fácil, pero en algún sentido ha beneficiado mi carácter. Valoro aquello que está en desuso, como la honestidad, la justicia, el honor. Durante mucho tiempo estuve atado a ideas y falsos paradigmas que me sofocaban, pero poco a poco logré liberarme y crecer por mí mismo. Hoy soy el que dicta mi moral, y defiendo mi libertad contra viento y marea. Y esa libertad también la construyo escribiendo, porque ser escritor me define.

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2 thoughts on “Mi familia entre el recuerdo y la nostalgia

  • Pedro Pablo, todas estas historias debes escribirlas para que tu hija las tenga en el futuro. No es suficiente con escribirlas, los materiales digitales se pierde fácilmente, imprímelas y ve creándole una carpeta. Esa foto la conservas porque no fue hecha con un celular, a mis amistades les digo que ahora se hacen muchas fotos pero nuestros hijos y nietos tendrán muy pocas fotos porque los celulares se rompen, y las que se suben en servidores que nadie sabe dónde están, también se perderán.

  • Gracias amigo Tito y también por seguir mis escritos. Un abrazo.

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