Reflexiones sobre el egoísmo

Osmel Almaguer

Fidel en el acuario nacional. foto: estudios revolución

El regreso de Fidel ante las cámaras de la televisión cubana generó casi tanto interés como el tema que traía al tintero: la inminencia de la guerra en Irán.

Tenía que ser muy grave el asunto para que interrumpiera su casi absoluto y prolongado retiro cuyas únicas discontinuidades habían sido las “reflexiones” que publicaba en nuestros medios.

Mi familia, fidelista por excelencia, lo esperaba ansiosamente frente al televisor. Tenía expectativas acerca de su salud, luego de aquella dolencia que casi le costara la vida.

Tenía buen aspecto, pero su voz era casi ininteligible y sus ideas, dispersas y divagantes. Aburridos, casi todos abandonaron la sala con distintas justificaciones.

Mi madre corrió a la cocina, su esposo a fregar la moto bajo tremendo aguacero, y yo quedé en solitario frente al televisor, aprovechando para conectar el DVD y ponerme a ver una de esas series cómicas españolas que tan de moda están.

A cada rato mi madre y su esposo abandonaban sus respectivas tareas y pasaban por la sala. Al verme, mi madre me preguntaba: “¿Pero como vas a quitar a Fidel?” Se escandalizaban porque había “quitado” a Fidel. No lo podía creer.

Aquella situación tan risible me remitió a ese antiquísimo problema filosófico que trata sobre la relación entre lo uno y lo múltiple. A lo largo de la historia estos opuestos han ido adquiriendo diferentes vestiduras: lo individual y lo colectivo, el egotismo y el altruismo, el socialismo y el capitalismo, pero al final, es lo mismo.

Esa relación es para mí todo un misterio. Mientras teóricamente solo sabemos ver las cosas en blanco y negro, la realidad nos ofrece unos límites bastante más confusos.

Cada persona tiene instintos egoístas que logra o no controlar en diversos grados, así como es portadora de ideales altruistas que cumple, persigue o rehuye en diversas medidas. Un mismo hecho puede llevar implícitas aristas tanto de un tipo como de otro.

Del retorno de Fidel podemos inferir amor a la humanidad, preocupación por el destino colectivo y una conciencia universal que le hace abandonar el reposo para arriesgar su endeble salud. Pero también podemos pensar en una estrategia gubernamental para enfrentar la crítica situación que está poniendo en riesgo no solo el destino de la humanidad, sino también la continuidad de la Revolución.

Sin embargo, el prisma más egoísta de su reaparición, lo revela abordando, una vez más, los problemas internacionales en detrimento de la precaria situación económica y moral del país, acerca de la cual no se ha pronunciado sino solo para exigir más “sacrificio,” “eficiencia,” “productividad,” sin trazarse estrategias concretas.

Mientras el país agoniza económica e institucionalmente, mientras el cubano pasa cada vez más estrés para conseguir algunos de los productos de la canasta básica, y pasa las horas de cada día en las paradas de ómnibus; el líder de la Revolución visita el Acuario Nacional y nuestros medios dedican largos minutos a cubrir su sola presencia.

Pero nosotros no estamos exentos del egosismo. La gente de a pié, los que no decidimos los destinos del mundo, también tenemos nuestra culpa, pues somos capaces de enajenarnos en nuestra cotidianidad sin importarnos este momento decisivo que podría ser el fin de la humanidad.

Somos culpables de haber perdido la fe en la justicia y en el orden, y de no luchar por ellos ni contra los hombres que nos gobiernan, los que, tanto en un bando como en el otro, nos utilizan para una guerra de la que somos los pobres, a la postre, las únicas víctimas y enemigos.

Pero el verdadero enemigo está en el poder, y en las personas que al obtenerlo, se corrompen y ven catalizarse ese egoísmo que nos es innato como especie. La disyuntiva no debe estar en si nos decidimos por la derecha o por la izquierda.

La lucha no es entre “buenos” y “malos,” ya que nadie nace con uno u otro papel y estos pueden ser intercambiables. Cada persona lucha por sus intereses. Unos dominan y otros son dominados. En ese conflicto radica el desarrollo de la humanidad, pero también su probable fin.

osmel

Osmel Almaguer: Hace poco solía identificarme como poeta, promotor cultural y estudiante universitario. Ahora que mis nociones sobre la poesía se han modificado un poco, que cambié de labor y que he culminado mis estudios ¿soy otra persona? Es usual acudir al status social en nuestras presentaciones, en lugar de buscar en nosotros mismos las características que nos hacen únicos y especiales. Que le temo a los arácnidos, que nunca he podido aprender a bailar, que me ponen nervioso las cosas más simples y me excitan los momentos cumbres, que soy perfeccionista, flemático pero impulsivo, infantil y anticuado, son pistas para llegar a quien verdaderamente soy.

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