Juanes en La Habana

Por Alfredo Prieto

Hace muy poco el conocido cantautor Juanes viajó a Cuba con la idea de negociar un concierto. La visita fue muy breve, pero pudo pasear por las calles de La Habana Vieja, donde fue saludado espontáneamente por los fans que encontró en su recorrido. La evidencia le dictaminó que la tesis del aislamiento cubano, tan difundida al sur de la Florida, tenía problemas de ajuste; de otro modo, nadie lo hubiera reconocido.

Por ese camino también han transitado, entre otros, músicos como Kevin Richardson y Howie Dorough, dos de los Back Street Boys cuando vinieron a Cuba y se hospedaron en el Hotel Nacional en condiciones de privacidad total,  por sólo mencionar un caso.

A su regreso a Miami, el lastre de la tradición empezó a coletear. El colombiano fue  de inmediato acusado de complicidad con el régimen, de “cambiar la camisa negra por la roja” –obviamente, otro exceso–, amén de las amenazas de boicotear y destruir su discografía, una experiencia por la que han pasado otros que en su momento se atrevieron a cruzar el círculo de ceniza.

Uno se queda con la impresión de que a esta gente le gusta emprenderla con los que viven en la aldea. Recientemente varios actores norteamericanos, a quienes la política miamense les resbala como mantequilla sobre plancha caliente, viajaron Cuba e intercambiaron con escritores y artistas en la sede de la UNEAC, pero no hubo mayores tsunamis verbales.

El dato de vivir en Miami y de ser un latino que se aparta de alguna manera del mantra y de la conducta “políticamente correcta”, implica la inclusión en el banquillo de los acusados, incluyendo en el expediente una entrevista de TV en el Canal 23 que parecía más un proceso inquisitivo que un servicio de información pública.

Dicho de otra manera, es obvio que lo que piensen los exiliados históricos sobre los intercambios culturales y las visitas a la Isla no suele interesar para nada a los artistas de Hollywood, quienes por su condición de liberales los ignoran olímpicamente, aun cuando ese peculiar maximalismo –que ya tiene el aspecto de un escaparate corroído por el comején– los catalogue de comunistas.

Pero Juanes no es ningún tonto de la colina, y tiene sólidas convicciones. No se precisa un diplomado de Sociología para percatarse de que su movida expresa tendencias de cambio en Miami-Dade que desafían las perspectivas de los históricos, como lo revelan inequívocamente las encuestas.

Además, antes de venir a Cuba se movió con la Secretaria de Estado Hillary Clinton y con funcionarios de la Casa Blanca y de la Sección de Intereses de Cuba en Washington DC. Para colmo de los duros, el Departamento de Estado le dio de hecho un espaldarazo a la idea de tocar en la Isla, sin apoyarlo oficialmente, pero a la larga manifestándose a favor de este tipo de intercambios culturales porque aumentaban el entendimiento entre los pueblos –una idea que, curiosamente, los gobiernos de ambas partes suscriben, aunque por razones distintas.

“Tenemos todo el respeto por Juanes y esperamos que tenga mucha suerte en su proyecto”, declaró el portavoz del Departamento. La reacción de Ninoska Pérez Castellón, del Consejo por la Libertad de Cuba (CLC), indica que el síndrome del exilio puede llegar a confundir la velocidad con el tocino o a mezclar en una gran licuadora problemas de diferente naturaleza con tal de torpedear los contactos culturales bilaterales, a los que por definición se oponen: “cuando el presidente Clinton pensó que podía lograr mejor entendimiento con pasos calibrados e intercambios culturales, el régimen de La Habana derribó dos avionetas”.

Del lado cubano, el empleo de la Plaza de la Revolución como escenario del concierto implica un cambio en la impopular práctica de poner en teatros a los músicos populares de los Estados Unidos (Havana Jam, 1979; Music Bridges, 1999) y con entrada por invitación –la excepción fue el concierto de los rockeros de Audioslave en la Tribuna Antimperialista, en el 2005.

Ello significará la afluencia de un público heterogéneo y diverso, como lo es la sociedad cubana, aunque las acusaciones de “acceso controlado” y de represión a los participantes sigan flotando con obstinada persistencia en el espacio mediático del sur de la Florida.

Mientras tanto, los cubanos de la Isla viven sus vidas en medio de innumerables problemas pero se aprestan a recibir, sin cortapisas, al icono del pop-rock latino que ha decidido lanzarse contra el peso muerto en busca de sus propias respuestas y traer su música a las personas de carne y hueso, como esas que encontró en su breve andar  La Habana.



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