Información, no triunfalismo

Por Armando Chaguaceda

“Viste, Zelaya y el pueblo están entrando en Honduras. Se cayó la dictadura¡¡” me dice un amigo desde la Habana. Yo, que me encontraba siguiendo en vivo la crisis a través de CNN y Telesur, no podía entender los tintes optimistas del compatriota. Y me doy a la tarea de rastrear la cobertura nacional a los acontecimientos de la hermana nación.

Este 25 de julio, con el titular “Pueblo hondureño resiste frente a represión militar” el diario cubano Granma se hace eco de la milimétrica  e instantánea entrada del depuesto presidente Manuel Zelaya en tierra hondureñas. El rotativo describe la “fuerte represión militar contra los hondureños que respaldan el retorno del presidente constitucional Manuel Zelaya” lo que da la impresión de asistir a batallas campales, con decenas de heridos y muertos y un régimen sostenido por la mera fuerza de las armas. Con similares encabezamientos, toda la prensa cubana da cuenta de la demorada incursión del mandatario y las acciones en apoyo y represión de la misma.

La realidad en Honduras es más compleja de lo que los deseos o las consignas reflejan. El régimen golpista ha mantenido, frente a la presión internacional, la unidad de clase política e instituciones, cuenta con apoyo del ejército y el aval de amplios sectores poblacionales. Estos grupos, que reúnen a pobres despolitizados, atemorizados por efectos del bloqueo internacional (siempre los embargos se ceban en los humildes) o simplemente ciudadanos que apoyan al gobierno de Micheletti, realizaron el 24 una nutrida marcha en San Pedro Sula, bajo el lema Paz y Democracia, en rechazo al retorno de Mel. Una manifestación donde, por cierto, se mostraba la ralea de la derecha, acusando a CNN de ser la “Chávez News Network”; en curiosa coincidencia con quienes, desde la extrema izquierda, vociferan contra la agencia que ha ofrecido, a mi juicio, la cobertura más plural de la crisis.

Mientras esto sucedía, en la frontera hondureño-nicaraguense, Zelaya, a bordo de un jeep blanco, armado con celular y sombrero texano, expresaba frente a las decenas de seguidores que gritaban Zelaya, aguanta el pueblo se levanta “Podemos entrar por la frontera que tenemos con El Salvador y con Guatemala, en todos lados estamos organizados, o podemos aterrizar directamente en San Pedro Sula, tengo helicópteros listos, tengo aviones listos, tengo al pueblo acompañándome, que “estamos decididos a ir hasta máxima consecuencia para exigir nuestros derechos”. Para después decir que negociaba la entrada con los militares para “evadir la violencia”. Así, con cada paso revertido y cada declaración confusa, se debilita la resistencia popular y se fortalece la posición del régimen de facto.

En esta crisis destaca, al presente, un primer derrotado: el pueblo de la tierra de Morazán. El movimiento social hondureño, menos fogueado que sus vecinos centroamericanos, merece tanto nuestra  solidaridad progresista como avanzar a una mayor organización y reflexión de sus limitaciones. No ha arrastrado masivamente a todos sectores populares de forma análoga a la insurrección de Santiago de Cuba en 1956 o la marea humana de cerros caraqueños que repuso a Chávez en aquellas 72 horas de abril de 2002. Y si bien debe insistir hoy en el retorno de Zelaya, deberá poner similar empeño en fortalecer sus liderazgos ante la zigzagueante actitud del mandatario.

Pero hay otras víctimas, domesticas, de esta crisis: la información y cultura política ciudadanas, y la credibilidad de nuestra prensa. Una vez más esta, víctima del triunfalismo y la lógica de estado, ofrece imágenes distorsionadas de aquellos regímenes “aliados” a la Habana. Y construye paralelismos ofensivos al sentido común.

Digámoslo claro: la actitud del presidente hondureño no tiene nada que ver la heroica inmolación de Allende, la sabia postura de Chávez en 2002 o la voluntad indoblegable de Fidel tras el Moncada y el desembarco del Granma. Hoy Zelaya se convierte en objeto de cólera y mofa en los medios con su inestables declaraciones (ora pro ALBA, ora pro OEA), sus poses mediáticas, sus periplos interminables y los simultáneos llamados a una resistencia popular desarmada, que abandona por ratos, y a la negociación con los golpistas. ¿Porque se insiste en presentarlo como aquello que, por ideología y trayectoria, no és?

Cierto noviembre de 1989 los cubanos descubrimos, azorados, la caída del eterno Muro Berlín; poco después conocimos de los crímenes de Ceaucescu y la cobarde huida de Mengistu en Etiopía. En la primavera de 1990 lloramos en mi casa ante la “inesperada” derrota sandinista. Las actuales crisis internas de China e Irán, cuando son presentadas, se explican hoy como “maniobras del imperialismo” por periodistas que “ignoran” los serios conflictos étnicos y sociales, la corrupción y el autoritarismo que erosionan los cimientos de dichos regímenes.  La persistencia de esta situación, que tiene profundas y nocivas repercusiones en la forja de conciencia cívica y revolucionaria -sobre todo de los jóvenes- debía ser superada en los hechos, para trascender la crítica retórica y futurista repetida en los foros y congresos de la prensa cubana.

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