Un turno en el Centro de Recursos para Migrantes

Por Emelina Rosa

Un Centro de Recursos para Migrantes

HAVANA TIMES – Me presento a las 11:00 de la mañana para mi turno en el Centro de Recursos para Migrantes en Agua Prieta, Sonora, México. El edificio es nuevo, tiene dos pisos de altura, está rodeado por un césped con algunos árboles jóvenes y una malla alta de alambre alrededor de todo eso. Nos encontramos al lado de la Aduana mexicana y de las instalaciones fronterizas.

Quito el seguro a la puerta, la cual se mantiene cerrada todo el tiempo, y entro en el edificio para saludar a mi compañera Lorelei, una exuberante joven procedente de Matamoros, que ha estado aquí por varios años. Nos ponemos nuestros chalecos rosas con las palabras Apoyo de migrantes en la espalda y nos dirigimos al campamento.

Cuando los migrantes llegan por primera vez a Agua Prieta en busca de asilo y nos encuentran en el Centro de Recursos para Migrantes y en el refugio C.A.M.E., tomamos copias de sus documentos y los ponemos en una lista, que compartimos con los agentes estadounidenses. Los Estados Unidos solo dejan entrar a unas pocas personas cada día, a veces a nadie, y a esto lo llaman control.

Ahora hay más de cuatrocientos nombres en nuestra lista, para las cuatrocientas personas que esperan cruzar a los Estados Unidos desde Agua Prieta y buscar asilo. De esos cuatrocientos, cuarenta y cinco pueden quedarse en el refugio, y de diez a quince en el campamento, el resto necesita encontrar su propio alojamiento lo mejor que puede, mientras trabajamos para encontrar más espacio para ellos.

Durante la última semana más o menos, las personas que siguen en la cola viven en un campamento hecho de lonas y mantas atadas al muro fronterizo. Los agentes estadounidenses pueden llamarlos en cualquier momento, de día o de noche, y deben estar preparados. Nuestro trabajo como voluntarios es acompañar a las personas del campamento al Centro, donde pueden estirarse, ducharse y ponerse de pie, y luego regresar al campamento.

El primer grupo de migrantes que escolté hacia y desde el Centro incluía cubanos, varios hombres jóvenes y un padre y una madre con dos niños de cuatro y cinco años. En el Centro conectaban sus teléfonos celulares a todos los tomacorrientes. El niño se sentó en el suelo y rápidamente armó todos los rompecabezas. La niña tenía lazos dorados en sus zapatos.

Los adultos nos preguntaron si habíamos oído hablar de Alicia Alonso, la bailarina cubana, quien curiosamente murió varios días después, a los noventa y ocho años. Dijeron que se dirigían a Miami, donde tenían parientes esperando por ellos.

Era un día cálido a finales de octubre y los niños corrían de un lado a otro, mientras su madre los instaba a no sudar. El pequeño señaló una corona en el fondo de mi boca y me mostró la suya, un molar revestido de metal. ¿Recibiría la misma atención dental en los Estados Unidos que en Cuba, si obtenía el asilo?

Uno de los jóvenes habló rápido y me dijo que tenía veintidós años, había estudiado Turismo y necesitaba irse, porque “en Cuba no tenemos futuro”. Mientras acompañaba al grupo y se suponía que yo fuera detrás de todos ellos en una sola línea, trató de caminar detrás de mí y a un lado de la calle, en señal de cortesía, y tuve que maniobrar para llegar detrás de él.

En el Centro se negó a ducharse con agua fría, ya que algo le sucedió a nuestro calentador de agua. Había un nuevo calentador de agua, en una caja, en la esquina, pero ninguno de los presentes tenía autoridad para desempacarlo y conectarlo. Le expliqué al grupo, que rechazó las duchas frías, que los voluntarios tenemos mucha responsabilidad, pero ninguna autoridad.

El resto del grupo era de Guerrero, en el sur de México, e incluía a cuatro hermanos, dos adolescentes y dos niños más pequeños, que solo hablaban el idioma indígena mixteco y algunas palabras en español. En el tablero de mensajes apareció una lista de términos en mixteco y español.

Una mujer con dos niños pequeños, procedente de Guerrero, actuó como intérprete. Ella esperaba que las autoridades estadounidenses permitieran que el grupo de siete personas permaneciera unido. Su hija se despertó con una infección en los ojos, tal vez por causa de los carros que estaban en cola en la frontera, y Lorelei la llevó a una farmacia cercana con sus dos hijos para conseguir gotas para los ojos. (Los farmacéuticos mexicanos generalmente brindan asesoramiento médico gratuito para enfermedades menores, aconsejando a los clientes qué comprar).

Una familia llegó a la puerta exterior: una mujer y tres niños, el mayor era una niña de once años, además dos niños, uno de siete y otro pequeño. Acababan de bajar del autobús desde Michoacán, en el centro-oeste de México, un estado con alta incidencia de violencia de carteles. Un taxista los trajo.

Tuvieron suerte, ya que los taxistas a veces llevan a los inmigrantes a los carteles. Lorelei explicó a las mujeres cómo registrarse en C.A.M.E. enviando un mensaje al director, a través de WhatsApp, con fotos de los documentos de la familia, pero le dijo además que necesitaría esperar aproximadamente cuatro meses para poder ingresar al refugio.

Hasta entonces, ella estará por su cuenta. Deberá encontrar un lugar para vivir, preferiblemente lejos del centro de la ciudad, utilizando autobuses y no taxis. Pero después de explicar cuán vulnerable ella era en las calles, con mochilas y niños, se nos prohíbe recomendar cualquier espacio para que ella vaya.

Si nosotros recomendáramos sitios para alquilar, eso nos haría vulnerables, pues seríamos responsables si las personas resultaran heridas. Pero deberíamos tener una manera de dirigir a las personas a algún lugar seguro, deberíamos hacerlo. La mujer mantiene la compostura, pero está exhausta, desanimada y a la deriva. La niña está ansiosa. Tiene la edad suficiente para ayudar y exigir cosas y darse cuenta de lo malo que es su situación. Me llaman desde otro lugar para traducir y no sé cómo terminó esta historia, pero hay más como esta.

Emelina Rosa

Emelina Rosa es residente desde hace mucho tiempo de la zona fronteriza entre Estados Unidos y México. Hasta hace poco fue voluntaria en el Centro de Recursos para Migrantes y en CAME, el refugio para migrantes, ambos en Agua Prieta, México, al otro lado de la frontera con Douglas, Arizona. Ahora está en casa, siguiendo los eventos lo mejor que pueda.

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3 thoughts on “Un turno en el Centro de Recursos para Migrantes

  • Es triste ver a nuestro pueblo emigrando en masa, arriesgando la vida y pasando vicisitudes en otros países. Por suerte los cubanos somos muy adaptables y rápido le cogemos el paso a todo. Es duro escuchar o leer estas vivencias. Espero que tengan suerte después de tantos sacrificios.

  • Uno de los jóvenes habló rápido y me dijo que tenía veintidós años, había estudiado Turismo y necesitaba irse, porque “en Cuba no tenemos futuro.

    Cómo refugiado, no le van a dar una buena atención dental. Pero si los cubanitos logran papeles en USA, sí pueden tener un futuro.

  • Tremenda ayuda que le das a estas personas, creo que eres alguien con un alma grande y responsable. Son situaciones difíciles de manejar y hay que estar preparados para asumirlas. La gente esta como perdida cuando llega a este lugar. Aunque no estoy de acuerdo con estas formas migratorias, pues suelen tener muchos peligro para los implicados, especialmente los niños. La inseguridad del immigrante es algo terrible.

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