Maceo, atrapado entre cercas

Dmitri Prieto

Cuando estuve en Londres, uno de los detalles de la vida allá que más me impresionaron fue la existencia de parques privados.  En medio de la capital británica, era relativamente frecuente toparse con toda una cuadra llena de frondosos y florecientes árboles, pero que estaba perimetrada por una alta cerca con puertas cerradas con llave y dotadas de un cartel que lo ponía todo claro: “Private property.”

Una amiga alemana en aquel entonces comentaba que era un fenómeno prácticamente único en toda Europa.  El continente hacía casi siglos había socializado sus parques urbanos, mientras en las Islas Británicas aún existían parques cerrados al público por ser propiedad privada.

La Habana desde hace mucho es una ciudad republicana, que tuvo antes de la revolución clubes y playas privadas, pero donde los parques hasta donde recuerdo han sido públicos.  Y así es también ahora.

Que yo sepa, a nadie se le ha ocurrido la idea de privatizar los parques habaneros. Lo que describo aquí no es eso, y sin embargo no deja de recordarme mis experiencias londinenses. Es la práctica cada vez más generalizada de cercar grandes parques y plazas públicas, limitar el acceso y poner un horario; siempre con disímiles pretextos, relacionados usualmente con el ornato, la higiene y la “disciplina social.”

El parque dedicado a Antonio Maceo –Mayor General de nuestras guerras anticoloniales- es famoso desde hace mucho, hasta el punto de haber sido mencionado por Vladimir Mayakovski, poeta futurista soviético de los años ´20, en un poema dedicado a su visita a La Habana.

La estatua ecuestre de Maceo le da la espalda al Estrecho de la Florida y el frente a la ciudad, postura interpretada como signo del carácter popular de ese gran héroe.  El parque, bordeado por el Malecón y por la Avenida San Lázaro, es un lugar muy emblemático y visible: de hecho, constituye uno de los símbolos de La Habana, y fue siempre un lugar donde sentarse a descansar, donde los niños jugaban y las parejas se encontraban. También confluyen allí varias rutas del transporte urbano y se erige en el fondo el gran Hospital Hermanos Ameijeiras.  En fin, un lugar bien de pueblo.

Pues hace ya meses o quizás hasta años, el Parque Maceo está cercado por todo su perímetro, y hay un horario estricto de visitas, que me recuerda los horarios de visitas de los hospitales.

Parece que debemos irnos familiarizando con la nueva imagen del parque – imagen urbanística y psicológica.  Lo mismo sucede con otros varios parques habaneros, sobre todo con los ubicados en el Centro Histórico, donde ver árboles entre cercas con puertas cerradas se ha vuelto cada vez más común.

Reconozco que, a diferencia del Parque Maceo, los espacios verdes de la ciudad vieja han adquirido gracias a sus clausuras un cierto aire de misterio que no les va mal.  Sólo que a veces cuando el cansancio o el deseo de intimidad invitan a sentarse en un banco bajo un árbol, la cerca aparece como un impedimento.  Pero sospecho que ciertos funcionarios dirán que sin cercas no quedarían ni bancos ni árboles, como ha sucedido en otros parques más públicos.

A pesar de que las rejas del cercado del Parque Maceo están hechas con “estética,” al menos a mí la imagen actual del parque me provoca angustia.  No es fácil acostumbrarse a la idea de que a partir de ahora la estatua en bronce de Maceo sólo la podemos ver capturada entre cercas metálicas.

La angustia es aún mayor cuando al pasar en guagua por el sitio no me resulta posible evitar el recuerdo de que Maceo murió enfrentando a una columna del Ejército Español, a la que no logró evadir precisamente porque el terreno estaba atravesado por fatídicas cercas de contención.

Dimitri Prieto-Samsonov

Dmitri Prieto-Samsonov: Me defino por mi origen indistintamente como cubano-ruso o ruso-cubano. Nací en Moscú, en 1972, de madre rusa y padre cubano; viví en la URSS hasta los 13 años, aunque ya conocía Cuba, pues veníamos casi todos los años de vacaciones. Habito en un quinto piso de un edificio multifamiliar, en Santa Cruz del Norte, cerca del mar. Estudié Bioquímica, Derecho (ambas en La Habana) y Antropología (en Londres). He escrito sobre biología molecular, filosofía y anarquismo, aunque me gusta más leer que escribir. Imparto clases en la Universidad Agraria de La Habana. Creo en Dios y en la posibilidad de una sociedad donde seamos libres. Junto con otra gente, en eso estamos: deshaciendo muros y rutinas.

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