Breve diario de una crisis

Por Ariel Glaria Enríquez                                       

HAVANA TIMES – Tras la caída de la URSS, fui totalmente consiente de la crisis que comenzó en Cuba, una mañana de 1991. Tenía 21 años. Hacía solo unos días había terminado el Servicio Militar, y me dirigía a realizar la última gestión para formalizar mi regreso a la vida civil.

En el trayecto, a pocas cuadras de mi casa, más de cincuenta personas – concentradas a la entrada de un establecimiento-, tenían tomada la acera. Una anciana que caminaba en sentido contrario, al pasar por mi lado, señaló la multitud y, sin que le preguntara, me dijo que estaban vendiendo pan con puré de tomate, y agregó: “Esto está malo, mi hijo”. “Sí, señora, esto está malo”, dije sin detenerme. Aún puedo escucharme diciendo esas palabras. Ese es mi primer recuerdo vivo del Periodo Especial.

Casi todos mis amigos del Servicio Militar eligieron tomarse unas vacaciones. Yo quería trabajar lo más pronto posible. El único par de zapatos que tenía eran mis botas del ejército. El resto de la ropa, comenzando por la interior, era la misma de mi época de estudiante. En ese sentido mi situación no era una excepción, pero la escasez de vestimenta siempre me había acompañado como un estigma y consideraba que ya debía terminar con eso.

Mi primer trabajo fue un negocio. La cosa comenzó por un vecino que me dio a vender su bicicleta. La vendí tan rápido, que otros vecinos me trajeron la suya. En poco tiempo tuve dinero suficiente para pagar por las bicicletas que luego vendía. Mi casa se convirtió en un pequeño almacén donde llegué a tener hasta doce bicicletas distribuidas entre mi cuarto y el patio donde se ponían a secar las ropas. 

A pesar que con la venta de las bicis comenzamos a comer mejor, mi madre me pidió que terminara el negocio y me buscara un trabajo de verdad. La obedecí, pero comprendí que había una generación que no entendía y quizás no llegaría a entender nunca lo que pasaba.  

Mi segundo trabajo lo conseguí casi inmediatamente después de abandonar el negocio de las bicicletas. Aunque mi ropa interior seguía en estado lamentable, ya contaba en mi ropero con algunos pulóveres, camisas nuevas y un par de zapatos, además de mis viejas botas de soldado que no me atrevía a desechar. Con ellas comencé a trabajar en el almacén de la librería más grande de La Habana, La Moderna Poesía, en la Habana Vieja.

La edición de libros estaba ya muy deprimida en el país, pero el almacén era grande y en los espacios vacíos de los anaqueles podía uno imaginarse la buena época de la librería. La actividad fundamental que realizaba consistía en surtir la sala con los títulos que se iban agotando, así como recibir, clasificar y ubicar los nuevos títulos que llegaban. El salario era bajo, pero el trabajo me gustó.

Desde el primer día, el tema no resuelto de mi ropa interior me afectó de forma dramática. Sentía que de nada me servía estar presentable por fuera, mientras dentro de las botas las medias se corrían constantemente y debajo del pantalón el calzoncillo se me resbalaba. 

Mientras vendí bicicletas el asunto no me afectó mucho, pero en la librería casi todas eran mujeres y en su mayoría jóvenes. Esto agregó un dilema nuevo al tema de los calzoncillos, pues estos al correrse se retorcían provocándome incomodidad y, en ocasiones, involuntarias erecciones que me ponían a sudar.

El hecho de contar todavía con algo de dinero, me ayudó a no sentirme totalmente responsable de aquella situación. No dependía de mí, estábamos en Periodo Especial y, al parecer, la ropa interior no era una prioridad en el mercado negro, que ya exhibía sus dientes.

Otro asunto que me preocupó desde el comienzo fue que, si quería quedarme en la librería, no podía depender solo del salario y empecé a pensar en qué hacer. Entonces, un amigo me propuso que si yo me atrevía a vender croquetas por la calle, él las elaboraba. No lo pensé y al día siguiente, después de trabajar, salí a vender croquetas.

No conservo un recuerdo claro de aquel negocio. Me parece que duró poco y no dio mucho dinero. Sin embargo, me acuerdo muy bien del sitio donde mejor vendía las croquetas. Era un solar enorme, de tres pisos, en Centro Habana, frente a la compañía de teléfonos. Para acceder a su interior debía atravesar un pasillo muy estrecho por el que no cabían dos personas.

El pasillo era largo y terminaba en un patio central grandísimo. Yo me ubicaba en el centro del patio y pregonaba “arriba coge tu croqueta aquí” o “ven que llegó tu croqueta”. Los vecinos de la planta baja se acercaban a mí con platos y pozuelos, mientras de los pisos de arriba bajaban cordeles con jabas atadas. Recibí el apodo casi cariñoso de croquetero.

Cuando la venta de croquetas terminó, intenté con la artesanía. Visité a un amigo que diez años atrás había hecho fortuna como artesano en la catedral de La Habana, y le propuse, literalmente, hacer cualquier cosa que pudiera gustarle a los extranjeros. Mi amigo me aconsejó que meditara todas las mañanas antes de irme a trabajar. Me regaló unos folletos de meditación budista y, como si se tratara de una prescripción médica, me pidió que pasara a verlo cuando se cumplieran tres meses. 

El que no esperó los tres meses fue él, que a los quince días se apareció en la librería. Apenas me vio preguntó: “Sabes cómo conseguir güiras?”.  Yo me encogí de hombros y dije que no con la cabeza. Él me describió un montón de cosas que podían hacerse con la güira, incluida maracas, y me propuso que el fin de semana me fuera con él a Guines, donde abundaban las matas de güira. Antes de irse le pregunté por el budismo. “Es muy bonito, pero no sirve en Cuba”, respondió.

El domingo nos fuimos para Guines. Llegamos como al mediodía. A las once de la noche estábamos de regreso con las manos vacías. No encontramos una sola mata de güira.

Mi experiencia más personal del Periodo Especial la tuve el día siguiente del fracasado viaje a Guines.

Aquella noche, mientras trataba de dormirme, pronuncié en voz alta todos los nombres que conocía del demonio. Por la mañana, después de tomarme el agua con azúcar prieta y comerme un pan con aceite y sal como desayuno, volví a invocar al demonio con todos sus nombres y me fui para el trabajo.

En la librería, mientras ubicaba libros en el salón, alguien se acercó a mí, sin que yo lo notara, y me habló. No recuerdo por donde comenzó. Se llamaba Octavio, vivía en Barcelona y me pidió que lo ayudara a llevar las obras completas de Lenin hasta el hotel donde se hospedaba. Llenamos tres cajas. Yo cargué dos.

El hotel quedaba cerca. En el trayecto lo vi desaparecer y aparecer varias veces entre la marea de gentes que, en pleno día, aun en la peor crisis, llenaban la calle Obispo. Nada, ni su nombre, ni su voz, ni su aspecto, me hicieron recordar mis desesperadas invocaciones.  Eso sucedió un rato después cuando nos despedimos para siempre. 

En la entrada al ascensor del hotel alguien tomó mis cajas y yo me fui. Media hora más tarde, tal vez un poco más, él volvió a la librería. Me obsequió una jaba de nylon color oscuro. Me dio las gracias llamándome por mi nombre y se fue. Desde la calle, frente a la vidriera, me hizo un último saludo y no lo volví a ver.

En mi casa vacié la jaba sobre la cama. Solo entonces recordé mis plegarias.

La jaba contenía jabones, champú, varios tubos de pasta dental, un sobre con cincuenta dólares estadounidenses, una decena de calzoncillos nuevos y varios pares de medias sin estrenar.

Nunca tomé en serio la relación entre mis plegarias demoniacas y la ideología de aquel generoso turista Vasco. Pienso que aquello pasó porque tenía que pasar. Sin embargo, cada vez que veo imágenes con estatuas de Lenin cayendo o meciéndose en el vacío sostenido por una grúa, como por instinto, evoco la primera vez en la vida que sentí el olor a medias y calzoncillos nuevos. Algo que aún me hace sonreír.

Ariel Glaria

Ariel Glaría Enriquez: Nací en la Habana Cuba en el año 1969. Soy orgulloso portador de un concepto en peligro de extinción: habanero. No conozco otra ciudad, por eso la vida en ella, sus costumbres, dichas y dolor son el mayor motivo por el que escribo. Estudie la especialidad de Dibujo Mecánico, pero trabajo como restaurador. Sueño una habana con el esplendor y la importancia que tuvo.

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3 thoughts on “Breve diario de una crisis

  • Una amiga mucho mas joven que yo me contó que en ese periodo fue a la escuela con un par de botas muy masculinas que su madre le pudo conseguir. recortó un poco el cuero que sube para disimular el tipo de calzado que era. el remedio fue peor que la enfermedad porque lucían horribles en sus diminutos pies. lloraba a diario, antes de ir a la escuela.

  • Les confesaré que durante el período especial estaba becado, solo tenía un par de mocasines como zapatos que servían para salir y para estar en el Pré, y por ropa interior dos trusitas de tela que me cosió mi abuela. Ni que decir de ropa decente. En la fiesta de fin de curso de 12 grado no pude asistir por no tener ropa para la ocasión.

  • Período infernal, así lo llama una amiga. Yo tambien lo recuerdo con problemas, pero tambien con alegrías y aventuras. Lo viviste para contarlo. Creo que debes contar otras anécdotas tan interesantes como estas. En Cuba siempre ha sido un lio conseguir una ropa interior decente, eso nos pasa tambien a las mujeres. La buena es cara. En esa época yo desayunaba lo mismo, pero el pan solo, sin aceite. Ahora estamos acaso en un Segundo Periodo Infernal, sin comida, detergente, etc, y hasta el agua nos está faltando. Lo resistiremos?

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